Cocina y gastronomía molecular

Cocina y gastronomía molecular

¿En qué momento la cocina dejó de ser una actividad cotidiana para convertirse en un fenómeno social, artístico e incluso científico? He aquí una breve semblanza de esta revolución culinaria y en qué consisten sus aportes a la gastronomía.

La nueva cocina es constructivista. El cocinero contemporáneo ya no recrea recetas una y otra vez, sino que se dedica a construirlas; ésta es la revolución gastronómica: la cocina de hoy es una construcción intelectual basada en el análisis.

Cocinar es una técnica —algunas veces artística— que tiene como intención principal la preparación de alimentos. Por ello, la cocina molecular es una variante de la ciencia de los alimentos que recurre a nuevas herramientas, ingredientes y métodos de preparación. Sin embargo, es indispensable distinguirla de la gastronomía molecular, que se trata de una ciencia desarrollada en un laboratorio y que aporta conocimiento funcional de los fenómenos en los alimentos. La cocina molecular es aquello que los chefs pueden utilizar para cocinar basándose en los resultados de la experimentación teórica-predictiva.

De la industria al laboratorio

La aplicación de nociones científicas en alimentos era exclusiva del sector industrial hasta que, a mediados del siglo xx, el físico Édouard de Pomiane dedicó su curiosidad a estudiar y comprender los fenómenos que suceden en una cocina doméstica —o comercial— y así divulgar este conocimiento para perfeccionar la cocina —bajo el nombre de Gastrotechnie— en las emisiones radiofónicas Radio-Cuisine y en publicaciones como Cuisine en dix minutes y Cooking with Pomiane.

La contribución de Pomiane alentó al físico húngaro Nicholas Kurti a estudiar —como pasatiempo— los mecanismos de los fenómenos de los alimentos en la cocina, a partir del análisis de la temperatura en los mismos. En 1969, Kurti presentó los resultados de sus investigaciones en público bajo el nombre de The Physicist in the Kitchen.

Más allá de «revolucionar los alimentos», la cocina molecular nos ha revelado una nueva forma de vincularnos con los alimentos cotidianos: de no perder la capacidad de asombro.

Kurti experimentó cocciones a baja temperatura y cocciones mediante baterías de autos, y documentó los beneficios del alto vacío. Con la ayuda de su esposa Giana Kurti, publicaron sus ensayos en el libro But the Crackling is Superb.

Ferran Adriá fue el primero en ofrecer la cocina molecular al público en 1994, en su célebre restaurante elBulli, con el nombre de cocina técnico-conceptual, que tenía como pauta la creatividad. Esto permitió preparar —y consumir— alimentos con texturas y estados de la materia fuera de lo común.

A continuación, algunos ejemplos de los platillos preparados en la cocina molecular.

Esfera helada de nata, polvo de concha, galleta blanca y chocolate abuelita

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Es una interpretación del «sopear» una concha en chocolate caliente mientras se acompaña con nata. La nata se introduce a un globo de látex y se cierra; éste, a su vez, se sumerge en nitrógeno líquido —a -197.79° C— y se va girando en él, formando en el interior una esfera. Al llegar a la mesa, se sirve encima una salsa de chocolate a 45° C que, al entrar en contacto con la esfera helada, forma una densa nube, consecuencia de la tremenda y rápida condensación de vapor que se produce sobre el alimento por las temperaturas tan bajas.

Platillo del chef Pablo Salas, restaurante Amaranta —Toluca—.

Selva chiapaneca: café, taxcalate, plátano liofilizado, pinole, algodón, cacao y canela.

La «esponja» es una mezcla de huevo, azúcar, harina y café que se introduce en un sifón para formar una espuma y que consecuentemente se cuece en un horno de microondas, formando un pan ligero, de miga muy porosa. La liofilización del plátano se consigue sublimando —pasar de estado sólido a gaseoso, sin pasar por el líquido— el agua que contiene, a partir de un producto congelado introducido en una cámara de vacío, consiguiendo que su estructura molecular no se altere, pues no se someten a altas temperaturas.

Platillo del chef Daniel Ovadía, restaurante Paxia —Ciudad de México—.

Bizcocho de cacao con esferas de tamarindo, helado de nuez y espuma de chocolate y chipotle

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Las esferas de tamarindo se logran con la técnica «sferificación», inventada por Ferran Adrià en los años 90  y que consiste en la encapsulación de preparaciones líquidas con una película gelificada, formada por la reacción del alginato de sodio en contacto con cloruro de calcio. La espuma de chocolate se prepara con una emulsión introducida a un sifón, que presuriza el contenido y lo libera integrándole aire a su interior —como sucede con la crema Chantilly enlatada.

Platillo de los chefs Jordi Butrón y Xano Saguer del restaurante Espaisucre —Barcelona—  para el restaurant Raíz —Atizapán de Zaragoza—.

Escabeche de pulpo ahumado con pipicha fresca, con puré de chícharos, pimiento dulce y chile chilhuacle rojo

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El escabeche se encuentra cubierto por un «velo» de algas y tinta de calamar, que es en realidad una delgada lámina de gelatina flexible lograda gracias a las propiedades gelificantes del agar —heteropolisacárido formado por agarosa y agaropectina, extraído de algas rojas de los géneros Gelidium y Gracilaria—. Los «tentáculos» que se observan se logran con jugo extraído de papa morada, que se deshidrata lentamente obteniendo laminillas de apariencia y textura similar al plástico gracias a la fécula —polisacárido formado por amilosa y amilopectina, utilizado como espesante— que naturalmente poseen, pero que al hidratarse en la boca se diluyen.

Platillo del chef Daniel Ovadía, restaurante Paxia —Ciudad de México—.

Cerdo almendrado bañado con salsa de almendras y especias, acompañado aceitunas, alcaparras, papas salteadas y humo de madera de nogal, madera de manzano, canela y anís estrella.

El humo se consigue quemando los aceites esenciales de diversos productos a través de una pipa de motor eléctrico que succiona y empuja el humo a través de un tubo, depositándolo en el plato que se cierra herméticamente con una campana de vidrio y que al llegar a la mesa, se destapa para liberar su aroma placentero.

Platillo del chef Pablo Salas, restaurante Amaranta, Toluca.


Juan José Gerardo Saez de Ocariz Bejarano es amante de la fotografía y la buena cocina. Fue cocinero y se curtió en cocinas con tres estrellas Michelin en España; hoy su interés está en crear, proponer y resolver, ofreciendo servicios estratégicos para restaurantes. Twitter @Juanhol