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Avances Algarabía | Alcohólicos anónimos: un culto que cura

por Francisco Masse La principal razón por la que la gente bebe es el deseo de comportarse de cierto modo y poder culpar al alcohol por ello. Mignon McLaughin   En el verano de 1938, en un lapso de aproximadamente treinta minutos, con la ayuda de un espíritu que contactó a través de una ouija, […]

por Francisco Masse

La principal razón por la que la gente bebe es el deseo de comportarse de cierto modo

y poder culpar al alcohol por ello.

Mignon McLaughin

 

En el verano de 1938, en un lapso de aproximadamente treinta minutos, con la ayuda de un espíritu que contactó a través de una ouija, Bill W. escribió los «Doce pasos» que conforman el nucleo del programa de Alcohólicos Anónimos y de muchas otras organizaciones de asistencia a la recuperación de adicciones. Tres años y medio antes, Bill W. había dejado la bebida amarrado a una cama en medio de una «cura» con belladona, por lo que es probable que su «revelación» haya sucedido en medio de las alucinaciones producidas por el tratamiento con este narcótico.

Alcohólicos Anónimos —AA— se fundó en 1935, basándose en el método establecido por el Oxford Group, una comunidad cristiana fundada por un misionero luterano, cuya filosofía se sintetizaba en frases como «Todos somos pecadores», «Los pecadores pueden cambiar» y «El cambio debe cambiar a otros». Bill W. había acudido al Oxford Group en busca de ayuda para recuperarse de su alcoholismo, y al poco tiempo adaptó sus enseñanzas a un nuevo método espiritual de recuperación.

La primera «junta» —como le llaman en AA a las reuniones del grupo— tuvo lugar en Akron, Ohio, entre Bill W. y Dr. Bob, quien había dejado de beber después de conocer a Bill, inspirado por su éxito. Determinados a ayudar a otros alcohólicos a partir de su propia experiencia, ambos fundaron su grupo de ayuda mutua, y publicaron un libro en el que sintetizaron la filosofía, los principios y los métodos de su asociación, incluyendo los famosos doce pasos. El título original de ese libro era Alcoholics Anonymous, que pronto se convirtió en el nombre de su asociación.

La recuperación

Bajo la premisa de que el alcoholismo es una enfermedad incurable, progresiva y mortal, los grupos de AA han establecido un programa, no de cura, sino de recuperación —o rehabilitación— sintetizado en cinco puntos. El alcohólico deberá... admitir su alcoholismo y aceptar su incapacidad para controlar su manera de beber; analizar su personalidad, esto es, realizar un examen de conciencia en el que se descubran las causas que lo llevaron a la bebida, seguido de una catarsis o saneamiento mental; reanudar —en la medida de lo posible— las relaciones interpersonales que por su conducta se estropearon, y reparar los daños que hizo a los demás; aceptar su dependencia de un poder superior o de algo más fuerte que él —un Dios, como cada quien lo entienda—, y trabajar con un grupo para reforzar su sobriedad y ayudar a otros de la misma manera que lo hicieron con él.

En AA, los miembros se reúnen para ayudarse unos a otros, y así lograr y mantener la abstinencia del alcohol —aunque en muchos grupos se admiten también a otro tipo de adictos, como los farmacodependientes o aquellos envueltos en relaciones destructivas—. Las juntas, que no tienen costo alguno y están abiertas a cualquiera que tenga la determinación de dejar de beber, incluye la lectura del «Libro Azul» —el de los Doce pasos—, compartir experiencias en la tribuna, celebrar la sobriedad de sus miembros y el estudio de los Doce pasos, cada uno de los cuales deberá ser integrado totalmente a la vida del alcohólico antes de que pueda pasar al siguiente.

El objetivo de AA no es sólo dejar de beber, sino que sus miembros corrijan todos sus defectos de carácter y adopten un nuevo estilo de vida, basado en los valores morales que se discuten en el grupo. Todo ello, sin ayuda de un psiquiatra, psicólogo o profesional médico.

Hola, soy Fulano y soy alcohólico

AA define al alcohólico como «una persona enferma; los alcohólicos no pueden controlar su manera de beber porque están enfermos en sus cuerpos y en sus mentes —o emociones—, y si no dejan de beber, su alcoholismo siempre empeorará». En folletos y otros medios, como el Internet, uno puede contestar un sencillo test de doce preguntas para ayudarle a tomar la decisión de ingresar al grupo. Estas preguntas son del tipo: «¿Ha intentado alguna vez dejar de beber durante una semana o más, sin haberlo conseguido?», «¿Le fastidian los consejos de otras personas respecto a su forma de beber?», «¿Ha tratado de controlar su forma de beber cambiando el tipo de licor, huyendo de sitios o haciendo promesas?» o «¿Sigue usted diciendo que puede dejar de beber en el momento que quiera, a pesar de que pierde el control de la bebida?». Según el propio examen, si se contesta con sinceridad afirmativamente a cuatro o más de las preguntas, uno califica como alcohólico.

En contraste, para algunos estudiosos, la sola etiqueta de «alcohólico» puede ser desastrosa para el bebedor compulsivo: puede servir como excusa para su comportamiento —«Soy alcohólico, así que no puedo evitarlo»—, puede interferir con la recuperación —«Tengo que cortar de tajo, porque soy alcohólico, un adicto»—, acarrea un estigma social —«Ese desgraciado no es bebedor: es un alcohólico»—, y crea en la mente del sujeto una profecía que se autorrealiza: «Como soy un alcohólico, un enfermo, mi vida siempre estará determinada por mi adicción al alcohol»; y cualquiera de estas ideas sería suficiente para echar por tierra una recuperación integral del individuo.

¿Funciona o no?

Aunque los resultados de los estudios científicos que han intentado evaluar la efectividad del método de AA, no son definitivos, mas sí establecen una relación entre el tiempo de participación en las juntas con la probabilidad de dejar el alcohol. Además, ha quedado más o menos claro que AA puede facilitar la transición de los adictos hacia la sobriedad: en un estudio con 900 individuos sometidos a tres terapias distintas para dejar la bebida, una de las cuales consistía en los Doce Pasos de AA y el resto se enfocaba en terapia cognitivo-conductual y motivacional —como brindar recursos para enfrentar las situaciones que detonan el deseo de beber—; al comparar los resultados ninguna de las tres terapias mostró ser mejor que las otras; sin embargo, en otro estudio se demostró que 67% de quienes asistieron a las juntas de AA durante un año se mantuvieron abstemias por un periodo de 16 años, contra 34% de quienes no contaban con esta ayuda.

Estos datos sugieren que AA puede ser de ayuda —especialmente si se combina con algún tipo de terapia psicológica— para muchos de los adictos al alcohol. Se sabe, sin embargo, que si un grupo es particularmente confrontativo, los alcohólicos pueden presentar una fuerte resistencia al cambio. Además, hay grupos e individuos que sostienen que AA opera como una secta o un culto, ya que la naturaleza de sus actividades o de las «experiencias» catárticas espirituales se mantienen celosamente en secreto, y que sus miembros se vuelven de algún modo dependientes a él. De cualquier modo, los números y la experiencia de la gente que reporta haber sufrido un cambio importante y positivo en sus vidas tras haber acudido a AA, además de que los grupos y las reuniones gratuitas están disponibles para cualquiera, hace que muchos expertos en salud la consideren una buena opción para superar una adicción.

Francisco Masse —editor de esta revista— se jacta de muy pocas cosas. Una de ellas es la sana y cordial relación que tiene con el alcohol, la cual ha aprendido a disfrutar enormemente sin abusar, perder la conciencia y el sentido del ridículo, o lastimar a los demás o a sí mismo. Para eso —dice— existen otros, y más efectivos, vicios.

 

Recuadro

Doce pasos a la sobriedad

Alcohólicos Anónimos se basa —para la rehabilitación de los enfermos de alcoholismo— en los «Doce pasos», el corazón del programa de recuperación de AA; muchos de los miembros se refieren a ellos como «los pasos que dimos y que nos condujeron a una nueva vida»:

1. Admitimos que somos impotentes ante el alcohol, que nuestras vidas se habían vuelto ingobernables.

2. Llegamos al convencimiento de que un Poder Superior podrá devolvernos el sano juicio.

3. Decidimos poner nuestras voluntades y nuestras vidas al cuidado de Dios, como nosotros lo concibamos.

4. Sin miedo, hicimos un minucioso inventario moral de nosotros mismos.

5. Admitimos ante Dios, ante nosotros mismos y ante otro ser humano, la naturaleza exacta de nuestros defectos.

6. Estuvimos enteramente dispuestos a dejar que Dios nos liberase de todos estos defectos de carácter.

7. Humildemente le pedimos que nos liberase de nuestros defectos.

8. Hicimos una lista de todas aquellas personas a quienes habíamos ofendido, y estuvimos dispuestos a resarcir el daño que les causamos.

9. Reparamos directamente a cuantos nos fue posible el daño causado, excepto cuando el hacerlo implicaba perjuicio para ellos o para otros.

10. Continuamos haciendo nuestro inventario personal y cuando nos equivocábamos lo admitíamos inmediatamente.

11. Buscamos, a través de la oración y la meditación, mejorar nuestro contacto consciente con Dios, como nosotros lo concebimos, pidiéndole solamente que nos dejase conocer su voluntad para con nosotros y nos diese la fortaleza para cumplirla.

12.  Habiendo obtenido un despertar espiritual como resultado de estos pasos, tratamos de llevar este mensaje a los alcohólicos y practicar estos principios en todos nuestros asuntos.

 

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