Matola, violola y encostalola - Algarabía
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Matola, violola y encostalola

Es como una sirena… traicionera, casi imposible que pase desapercibida, esa es la prensa amarilla.

Nuestra chica mala de este número es neurótica, escandalosa, traicionera, chismosa, interesada, metiche, desaforada, superficial, histérica, pero eso sí, muuuy atractiva. De hecho, podría decirse que muy pocos han escapado a su influjo. Así es: cuando esta sirena se pasea coqueta frente a nosotros, en verdad es difícil quitarle la vista de encima, pues, además, uno de sus talentos más prominentes es la ubicuidad. Lo invitamos a conocerla más de cerca, bajo su propio riesgo…  

¿Qué es la prensa amarilla?

Usamos el término «prensa amarilla» —o amarillista— para referirnos a las publicaciones que informan, por interés económico, de una manera tendenciosa, exagerada e irresponsable con el fin de excitar el morbo de sus lectores.1 Sus temas favoritos son los chismes de la farándula, los escándalos políticos, los desastres de todas clases —incluidos terremotos, huracanes, inundaciones e incendios—, así como asesinatos, secuestros, asaltos y demás fechorías que tanto furor causan entre el público.

Por cierto, hay prensas de otros colores: la rosa y la roja, que son algo así como las hijas de aquélla. La primera también es conocida como «prensa del corazón», y balconea y mete en aprietos a las luminarias que tienen la desventura de llamar su atención; en cambio, la segunda a veces es sinónimo de lo que denominamos «nota roja», y gusta de narrar toda clase de historias salpicadas del color favorito de sus editores: el carmesí.

1 El término generalmente se aplica a la prensa escrita, pero también lo usamos para referirnos a cualquier otro medio de comunicación sensacionalista.

Los orígenes

De acuerdo con el escritor estadounidense Daniel Cohen, la prensa amarilla nació en Nueva York en 1835, cuando el New York Sun publicó un artículo que hablaba sobre la supuesta existencia de vida extraterrestre en la Luna.

Más tarde, dos célebres hombres la cultivaron y gracias a sus esfuerzos perdura entre nosotros. Por un lado estaba Joseph Pulitzer, un editor estadounidense de origen húngaro que en 1883 compró el New York World y en tan sólo dos años logró que fuese el diario más popular de Nueva York; por el otro estaba William Randolph Hearst, el hijo de un acaudalado empresario minero que en 1895 adquirió el New York Journal, un diario que, curiosamente, había estado en manos de Albert Pulitzer, el hermano de Joseph.

Como era de suponerse, ambos terminaron compitiendo entre sí. El enfrentamiento llegó a su clímax cuando Hearst contrató a varios de los miembros del personal que trabajaba para Pulitzer. Entre los que abandonaron el barco estaba Richard Outcault, un caricaturista que había dado vida a un niño calvo, de sonrisa sempiterna y amarilla túnica llamado «The Yellow Kid» —«El Niño Amarillo»—. En vista de que el personaje era inmensamente popular, Pulitzer pidió a un artista de nombre George Luks que continuara dibujando la tira cómica en su diario. Así, Nueva York terminó albergando a dos niños amarillos.

De acuerdo con W. Joseph Campbell, periodista estadounidense especializado en la prensa amarilla de su país, fue en esa época cuando se le llamó así por primera vez, pues el editor del New York Press, Ervin Wardman, buscaba denominar la nueva variante del oficio que Pulitzer y Hearst habían procurado y que él tanto detestaba. El 31 de enero de 1897, en su columna, Wardman acuñó el término yellow-kid journalism —«periodismo del niño amarillo»—, que derivó en el nombre con el que conocemos a este tipo de prensa en la actualidad.

¡Provoca la prensa amarilla una guerra!… O casi

La cultura popular afirma que Pulitzer y especialmente Hearst fueron responsables de llevar a EE. UU. a la guerra contra España en 1898, conflicto que se conoce como Guerra Hispanoestadounidense.2 Incluso, cuenta la leyenda que cuando Frederic Remington, famoso pintor e ilustrador que a la sazón era corresponsal del New York Journal en Cuba, le informó a Hearst que no habría guerra, éste le pidió que permaneciera en aquel país: «Por favor, quédate. Tú provee las imágenes que yo proveeré la guerra».

Sin embargo, debe saber que todo lo anterior es falso, al menos parcialmente. Los investigadores más serios indican que no sólo es mentira que Hearst haya pronunciado la frase que se le atribuye, sino que es exagerado decir que él y Pulitzer provocaron la guerra. Más bien sucedió que los excesos en los que Pulitzer y Hearst incurrieron fueron los mismos que alimentaron su leyenda negra.

Características de la prensa amarilla

Imaginemos por un momento que la prensa amarilla es una mujer. Ahora, para comprenderla mejor, enumeremos los rasgos de su personalidad, que serían los siguientes: afición por las fotografías de gran tamaño y a color —si predomina el rojo, mejor—; predilección por el uso de una redacción ampulosa y cargada de lugares comunes, con un ligero toque «legaloide», «abogadil»; fascinación por lo extraordinario, lo sobrenatural y lo oculto —los extraterrestres y sus ovnis son de sus temas preferidos—; tendencia a confiar en la información que le proporcionan fuentes desconocidas o poco confiables; proclividad a mentir o exagerar, sobre todo si esto le puede reportar una ganancia jugosa; tendencia a sostener romances efímeros con narcotraficantes, políticos en desgracia y actores con una vida caótica; insensibilidad ante el sufrimiento ajeno y propensión a ignorar los sucesos que las demás personas consideran trascendentes para la vida pública del país o del mundo. Con todo esto, me atrevo a decir que los especialistas dirían que se trata de una mujer con un grave trastorno psicopático de la personalidad.

Por otra parte, la prensa amarilla actual tiene una peculiar manera de presentar y organizar la información noticiosa. Basta con echar un ojo a cualquier tabloide 3 mexicano para notarlo. Grosso modo, ésta es su fórmula diaria: primera plana escandalosamente ilustrada con tremebundo titular; después, información metropolitana irrelevante, pero morbosa, seguida de una sección de seguridad todavía más morbosa; luego, información nacional e internacional casi siempre fútil y una discreta sección editorial; posteriormente, coloridas notas sobre deportes y espectáculos; cierra el ejemplar la sección de anuncios clasificados y la infaltable encueratriz, para deleite de los libidinosos caballeros.

Ahora que si analizamos publicaciones como Alarma! o El Semanario de lo Insólito, nos daremos cuenta de que éstas también tienen una estructura sui generis. La primera, verbigracia, adereza sus titulares con un solitario signo de exclamación al final y cuenta consecciones tan disímbolas como «Pajarera policiaca!», «Investigación paranormal!» y «El rincón cubano!» —donde algunas cubanas envían su foto y datos, acaso con la esperanza de conseguir un marido extranjero.

2 Conflicto bélico entre EE. UU. y España que se desató después del misterioso hundimiento en aguas cubanas del acorazado USS Maine y de que los cubanos que demandaban la independencia de España fueron reprimidos brutalmente.

Cabezas amarillas

La prensa amarilla ha hecho del oficio de cabecear 4 todo un arte y tiene en su haber verdaderas obras maestras. Quizá una de las más célebres sea la que acuñó Carlos Samayoa Lizárraga, periodista fundador de Alarma!:5 «Matola, violola y encostalola». He aquí algunas otras muestras de este arte: «¡Los “chochos” y el pomo lo mandaron a “calacas”!»; «Maldita hiena!»; «Como hongos en temporada de lluvias /Los homosexuales se reproducen sin temor al contagio del sida»; «Se tiró por una ventana y como no se hizo daño… se ahorcó»; «No dio para la caguama; hoy lo están velando»; «Bestial matanza!»; «Hunden a la ¡Matabellas! / Son ya 141 denuncias contra “cirujana” que les inyectó silicón y aceite para dejarlas “buenotas”»; y «Le dan palo», «Le meten… una calentada» y «Quería palo y le dieron paliza», cuando un famoso conductor de espectáculos fue golpeado con brutalidad en un hotel, porque, al parecer, se negó a pagarle a un sexoservidor.

3 A la prensa amarilla generalmente la asociamos con periódicos en formato tabloide —planas entre 430 o 380 mm x 300 o 280 mm— y no con el formato sábana —el más grande— o el Berliner —el intermedio.

4 En términos periodísticos, cabeza es el título que lleva una nota, crónica, artículo, columna, editorial o reportaje. Cabecear, por lo tanto, es poner un título a cualquiera de estos textos.

5 El más antiguo y, acaso, el más famoso semanario de nota roja de México. El grupo de rock Botellita de Jerez, incluso, le dedicó una canción: «Alármala de tos».

CONCLUSIÓN

A la prensa amarilla aún le quedan muchos años por delante. Si consideramos, por ejemplo, que La Prensa es el diario mexicano de mayor circulación 6 o que The Sun —tabloide sensacionalista inglés— es el de mayor tiraje entre los periódicos de habla inglesa, nos daremos cuenta de que esta chica mala está en el cénit de su gloria y que difícilmente alguno de nosotros acudirá a sus funerales. Así pues, no nos queda más que resistirnos a su hechizo —claro, si es que tenemos en buena estima nuestra salud emocional…

6 En México es difícil obtener información fiable acerca del número exacto de ejemplares que tiran los diarios mexicanos; sin embargo, las fuentes coinciden en que La Prensa es el periódico con mayor circulación.

Edgar Harrington, egresado de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García, procura no dejarse seducir por las prensas amarilla, rosa o roja, pero confiesa, ligeramente sonrojado, que éstas le han arrancado carcajadas con sus ocurrencias. Por lo demás, piensa que el único color con el que debería identificarse el periodismo es con el verde, pues, según sus pesquisas espirituales, cada virtud puede asociarse con un color y ése es el color de la verdad.

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