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Otro güisqui, por favor

Resulta que el español, como toda lengua que crece, evoluciona y se relaciona con las demás.

Lo invito a hacer el siguiente ejercicio, querido lector: diríjase a su estudio, encienda su laptop -por cierto, ¿tiene trackball, trackpad o mouse?-, arranque su aplicación browser de internet y acceda a la página web de su preferencia. Cierre todas las ventanas pop-up que aparezcan y un banner publicitario.

¡Oops! Se trata de un blog y, si no puede visualizarlo, tiene que activar los cookies de su browser o, bien, desactivar el firewall del servidor de su empresa… en fin, ¿es tan claro para usted este párrafo como lo es para mí?

Técnicamente, y según acota el DRAE, un anglicismo es «el giro o modo de hablar propio de la lengua inglesa o el vocablo o giro de esa lengua empleado en otra».

Así que si comienzo con un texto como el anterior, estoy utilizando toda una serie de anglicismos que, debido al tema que se trata, es difícil de sustituir por vocablos en español, y si le platico que estoy emocionada porque mi novio me invitó a un concierto de «rock», que, por cierto, se anunciaba en un «póster» padrísimo, y que a cambio yo lo invité a ir al próximo partido de «futbol», al que seguro llevaré «sándwiches» para comer y un «suéter» para taparme, entonces… ¡también los estoy usando!

Resulta que el español, como toda lengua que crece, evoluciona y se relaciona con las demás, debido al propio desarrollo social, influye y se ve influida por las otras lenguas, pero sobre todo por el inglés como caso particular —aunque no singular—, pues el imperialismo cultural de EE. UU., es decir, su predominio y aportaciones en diversas disciplinas, hace que este idioma esté en todos lados: ciencia, economía, medicina, informática, música… De esta manera, vamos adquiriendo, invariablemente, vocablos que tomamos literalmente —pues la traducción se queda corta para expresar su concepto: browser, laptop, mouse— y que poco a poco vamos castellanizando, como pasó con «suéter», «sándwich» o «futbol».

El asunto es qué hacer con estos vocablos cuando escribimos un texto. Bueno, pues no es tan complicado y la regla tiene que ver más con el sentido que marca su mismo uso. Así, si queremos hablar de beisbol, no tiene ningún sentido que lo escribamos «baseball»; pero si vamos a hablar de la cultura hippie, tampoco tiene sentido que escribamos «jipi» o ¿«jipy»? No se usa, precisamente porque nos puede parecer horrible.

Existen tres formas para incorporar anglicismos al español:

  • Adaptación de la regla ortográfica del español, como en récord, tráiler, futbol, sándwich, eslogan, estándar, chequeo, escáner, mitin, estrés, láser, bistec, gánster, jonrón, beisbol, búmeran… En este caso no es necesario que la palabra lleve ningún tipo de distinción tipográfica, como cursivas o comillas —aunque aquí la estemos usando para resaltarlas—, pues su lectura es fluida y el término ya está incorporado.
  • El calco o traducción de la palabra que se va a incorporar, como en microondas —«microwave»—, aire acondicionado —«airconditioning»—, entrevista —«interview»—, alta fidelidad —«high fidelity»—, desempleo —«unemployment»—, subempleo —«underemployment»—, tiempo completo —«full-time»—, base de datos —«database»—… Aquí tampoco es necesario ningún tipo de distinción tipográfica.
  • El adoptarla sin ningún cambio, como en pop, test, software, hardware, chat, chip, laptop, marketing, web, blog, lobby, flashback, spam, pad, punk, junkies, dumping… En este caso sí es muy importante hacer alguna distinción tipográfi ca —de preferencia letras cursivas, aunque también se pueden usar las comillas— para señalar que el término que estamos utilizando es un extranjerismo, a menos que el uso sea tal que las cursivas salgan sobrando, como en «club», «rock», «ok», «sexy», «jazz», etcétera; pero ésa es una cuestión de criterio editorial que, por cierto, siempre debe ser el mismo.

En fin que lo importante aquí, querido lector, es como diría Goethe: «La fuerza de una lengua no consiste en rechazar lo extranjero, sino en asimilarlo», lo que definitivamente hará que, siempre que pida whisky, lo haga con w y no con diéresis.

A Karla Bernal Aguilar no le gusta el whisky —en cursivas, porque se adopta—, pero sí, y mucho, el vodka —sin cursivas, porque se adapta—, aunque a estas alturas disfruta más del agua, en especial por todo el alipús que últimamente ha corrido por sus letras.

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