La asepsia – Algarabía
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La asepsia

En el ámbito de la medicina, especialmente en las cirugías, no siempre se tuvo la higiene y los cuidados que actualmente se procuran. Louis

Quizá para nosotros, seres humanos de la época del sida, es imposible pensar en una cirugía o en el tratamiento de una herida, por pequeña que ésta sea, que no sea aséptica; es decir, que no sea desinfectada y lavada previamente.1 Tomado del libro Historia de la medicina, México: Breviarios; Fondo de Cultura Económica, 1956. Traducción de Carlos M. Torres.

Pero antes de la era aséptica no se tenía noción de lo que esto era ni de lo que significaba. Los cirujanos no se lavaban las manos para practicar una operación y para operar usaban una chaqueta vieja y deshilachada, cubierta de manchas, que con frecuencia tenían reservada para este propósito en una alacena del anfiteatro de operaciones y que nunca lavaban. Si la gente se cortaba o quemaba no se lavaba la herida, simplemente la tapaba. Esto daba por resultado una gran mortandad. ¿Por qué? Simplemente porque no sabían que existían los microbios.

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El descubrimiento de los microbios ha cambiado nuestro concepto sobre las causas y la naturaleza de la mayoría de las enfermedades y también sobre su tratamiento, y esto se debe, sobre todo, a los trabajos de Pasteur y Lister.

Aparte de todos los notables descubrimientos de Louis Pasteur —desechó la teoría de la generación espontánea, descubrió los microbios que causan la fermentación de la cerveza y el vino, creó la vacuna contra el ántrax y la rabia—, en 1877 tuvo a bien identificar y cultivar uno de los más mortíferos gérmenes, el que causa la septicemia, es decir el envenenamiento agudo de la sangre en los animales y el hombre2 Antes de la era aséptica, la mortalidad por fiebre puerperal —la infección de la placenta en las mujeres que acaban que acaban de dar a luz— era altísima. Muchas personas quedaban huérfanas al nacer., pero muy pocos médicos concedieron crédito al descubrimiento de un químico que se había salido de su rama y «no sabía nada de medicina».

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Pasteur, en 1878, durante una sesión de la Academia de Medicina, sustentó, sin ningún temor, una conferencia sobre «La teoría microbiana y sus aplicaciones a la medicina y a la cirugía» en la que terminó con una advertencia notable y profética:

«El agua, la esponja y las hilas con que ustedes limpian y curan la herida dejan gérmenes que en muy corto tiempo causarán la muerte de los operados. Si yo fuera cirujano, convencido del peligro que constituyen los microbios, los cuales se encuentran en la superficie de todos los objetos, especialmente dentro de los hospitales, no solamente usaría instrumental perfectamente limpio, sino que, después de haberme lavado las manos con el mayor cuidado y después de haberlas pasado rápidamente por encima de la llama, emplearía exclusivamente hilas, vendas y esponjas previamente sometidas a una temperatura de 110° a 120°C. Todo esto es muy sencillo de practicar».3 L. Descour, Pasteur and His Work, EU: Fisher Unwin, 1922.

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Por otro lado, Joseph Lister, profesor de cirugía en Glasgow, se había ya adelantado a Pasteur en este respecto, al comprender en 1865 el proceso de putrefacción en sus aplicaciones al tratamiento quirúrgico de las heridas, y había empezado a introducir el sistema antiséptico. El trabajo de Lister y sus felices resultados confirmaron la teoría microbiana de Pasteur y dieron un enorme impulso a las investigaciones sobre los gérmenes.

Lister, desde el principio de su carrera, se interesó por el proceso de cicatrización de las heridas y por las diferentes formas que asume la inflamación, y estudió a nivel microscópico las diversas secreciones y modificaciones que sobrevienen en los tejidos después de accidentes y operaciones. El material era abundante, puesto que la supuración en las heridas era de rigor y la infección generalizada, mientras que la terrible gangrena de hospital era un acontecimiento diario.

Cuando obtuvo el cargo de cirujano en jefe del hospital Glasgow Infirmary, se quedó horrorizado del estado en que estaban las salas de enfermos; apestaban a infección, a supuración y a gangrena; la mortalidad que provocaban las amputaciones o las fracturas múltiples era de casi 30% y era inútil tratar de efectuar operaciones en las articulaciones o en los órganos abdominales, o la restauración de delicadas estructuras, como nervios o tendones, donde la cicatrización «de primera intención» era esencial. Así, modificó la aglomeración, la ventilación y el meticuloso aseo durante las operaciones, e hizo subir las cuentas del jabón. Se observó algo de mejoría en las condiciones, pero la infección de las heridas siguió presentándose.

Continuó sus observaciones microscópicas, y cada día estaba más convencido de que estas diferentes infecciones se originaban localmente en las heridas y no eran debidas a ningún estado constitucional, puesto que los organismos sanos y vigorosos las sufrían igualmente que los débiles y enfermos.

En 1865, cayó en sus manos un trabajo de Pasteur sobre «investigaciones acerca de la putrefacción» y se encendió una luz en su cerebro. ¿Si los gérmenes de Pasteur causaban la putrefacción de la carne muerta, no podrían ser la causa de fenómenos similares en tejidos vivos dañados por accidentes, o por la mano del cirujano, o impregnados en sangre? Los gérmenes, según Pasteur, podían ser excluidos a través de algodón, o muertos por la acción del calor o de substancias químicas. Valdría la pena ensayar.

Lister eligió un líquido suficientemente activo para matar los gérmenes: el ácido fénico, que se usaba para desodorizar los desagües. Sus primeros casos quirúrgicos fueron tratados con ácido fénico diluido y el efecto casi inmediato fue la disminución de los casos de infección y del índice de mortalidad y la cicatrización de muchas heridas por primera intención sin supuración.

Si quieres conocer más sobre la asepsia y la manera en que ésta se ha mejorado con el paso del tiempo, consulta Algarabía 10.

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