Estampas sobre la diabetes - Algarabía
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Estampas sobre la diabetes

Anecdotario de la historia de hombres y mujeres enfermos, hombres y mujeres que ayudan a los enfermos y que se ayudan unos a otros.

Éste es un anecdotario de la historia. Una historia de animales. Y —lo más importante— una historia de seres humanos. Hombres y mujeres enfermos, hombres y mujeres que ayudan a los enfermos y que se ayudan unos a otros en un esfuerzo colectivo para adquirir conocimiento.

La antigüedad, la edad media y el renacimiento

Dos de los síntomas cardinales del descontrol de la diabetes —la pérdida de peso y la poliuria, o sea, la micción abundante y frecuente— fueron descritos por los egipcios hacia el año 1500 a. C. Entre las recetas para esta afección, se sugería una curiosa mezcla de agua de charcos, leche fresca y cerveza, aderezada con un pulverizado de huesos de pájaro.

Luego, en el siglo II d. C., Galeno, en su descripción anatómica de las vísceras de cerdos, dio el nombre de «páncreas» —‘toda la carne’— a la glándula que produce la insulina —función que, sin embargo, no se describirá sino hasta bien entrado el siglo XIX—. El médico romano, con base en sus observaciones de pacientes, habla en sus textos de una diarrea urinaria con dypsa —‘sed’—, describiendo así estos dos síntomas como cardinales del descontrol de la diabetes.

Areteo de Capadocia, sin embargo, tuvo acceso a cadáveres humanos para su disección —probablemente en Alejandría, donde se permitían estos procedimientos—, y confrontó varias de las erradas observaciones anatómicas de Galeno, sin mucho eco, ya que no será sino hasta el siglo XIV cuando, con Mondino de Luzzi y sus contemporáneos, se vuelvan a realizar disecciones en humanos. Las descripciones de vísceras de Areteo son infinitamente más completas y exactas que las de Galeno, pero la devoción fálica a la obra de este último no será confrontada hasta la Baja Edad Media. La única victoria histórica que le quedó a nuestro Areteo fue el cuño de la palabra «diabetes», interpretada como «a través de» o «desaguarse».

Areteo de Capadocia

Durante la Edad Antigua y la Edad Media encontramos descripciones de la poliuria que parecen casi un catálogo de parafilias y zoofilia extravagante: Areteo, en el siglo II, dice que las hormigas se congregan en los charcos de orina de un enfermo diabético; Súsruta, en la India del siglo V, describe que las excretas de un diabético son atractivas para moscas y todo tipo de alimañas inmundas; y Avicena, en el XI, dice que los perros encuentran deliciosa la orina de sus pacientes, siempre y cuando haya colapsado su función sexual y se haya quedado ciego (¡!). El mismo Súsruta, el médico indio antiguo, describía ya dos variedades de esta enfermedad: una presente en niños, quienes fallecen jóvenes, y otra, en personas «rellenas y voraces».

Podemos deducir de estas descripciones tempranas de las complicaciones de la diabetes lo catastrófica y expedita que era esta enfermedad, en un momento de la historia en que la esperanza de vida en todo el planeta difícilmente superaba los 40 años de edad. Las teorías humorales que pretendían explicar el origen de la diabetes —como que la tierra no era capaz de retener el agua en el cuerpo de los afectados— y los remedios prescritos para su tratamiento parecen, por supuesto, parte de una cosmogonía remota e incomprensible para nuestros ojos modernos.

La aventuras diabéticas de Juan Valverde

Como el lector podrá suponer, si bien la descripción de la semiología de la enfermedad ya se encontraba más o menos completa a inicios del Renacimiento, los métodos diagnósticos y —especialmente— las medidas terapéuticas seguirán ancladas en la concepción de los antiguos de lo que era el hombre, como lo podremos imaginar si nos trasladamos a la Roma de Ser Giovanni Val’verde, en torno al año 1565.

Por entonces, éste, llamado originalmente Juan Valverde de Amusco, anatomista de origen toledano que pasó buena parte de su vida productiva como profesor de Anatomía en el Ospedale dal Santo Spirito de dicha ciudad, se levanta al oír las campanadas dando las 4 de la mañana y recita sus oraciones lo más apresuradamente que puede porque le urge vaciar la vejiga, lo que hace a oscuras después de buscar el orinal debajo de su cama, vaciándolo después por la ventana hacia el patio del pajar. Hubiera despertado con sus carcajadas al vecindario si se hubiera dado cuenta que sus discípulos —y criados— Piero y Paolo casi han sido bañados con sus aguas de la mañana cuando ellos se disponían a hacer lo mismo ventana abajo. Aquél nunca podía orinar sin antes rezar, según la estricta costumbre que le inculcó su amado y temido maestro Colombo, en Pisa, cuando apenas era un mozalbete recién llegado de Toledo.

Juan Valverde de Amusco: #Anatomia del #Cuerpo Humano (Roma1556)

Juan Valverde de Amusco, Anatomia del Cuerpo Humano, Roma 1556

Se lamenta de su reciente viudez de cuarentón —su esposa Amalia falleció de parto junto con su hijo apenas el verano pasado, a los 15 años—, por no tener quién le ayudase a vestirse y calzarse, y le dedica un devoto pensamiento. Baja a la planta baja y encuentra a sus dos alumnos masticando un pedazo de pan que la criada les había servido, y les advierte:

—Antes de la cátedra de anatomía en Santo Spirito, habremos de visitar a X, un notable romano, que se está desaguando y tiene ataque de gota.

Mientras Valverde se retira a hacer abluciones de nuevo en la planta alta, Piero y Paolo echan suertes para definir su participación en tres pendientes del maestro: ordenar las planchas de las ilustraciones de su Anatomía —el más deseable—, adelantarse a ayudar al disector con el cadáver de la lección en Santo Spirito y ayudar a la consulta del enfermo a quien deberán visitar a primeras horas de la mañana —lo más repulsivo.

Ser Giovanni regresa ataviándose, ayudado por la criada, con su capa corta de vivo color rojo, que le confería un aire cardenalicio, su orgullo, regalo del gran duque Cosme I de Medici, confeccionada a partir de las sobras de las ropas púrpuras que su hijo Francesco vistió en su primer consistorio como cardenal años atrás. Naturalmente, el resto del claustro de profesores del Ospedale dal Santo Spirito lo odiaban por tal extravagancia.

A pesar de estar en los primeros días de mayo, cruzan en un caluroso amanecer por delante de las obras en proceso de lo que será la basílica de San Pedro y llegan a la casa del recaudador de impuestos que ha enviado recado a Juan Valverde el día anterior de encontrarse postrado. La criada que los recibe les dice que su amo aún se encuentra dormido y Ser Giovanni se impacienta: el cadáver que ha recabado del cadalso el disector es de un preso que ha sido ahorcado la mañana anterior y, por el calor primaveral, su descomposición será más rápida —los frailes que asisten las prisiones siempre son negligentes para liberar los cuerpos de los condenados, después de las consabidas negociaciones con sus sobornos—, así que la primera lección de anatomía que él presidirá hoy necesariamente tendrá que abarcar más allá del sistema muscular, debiendo terminar con las vísceras del abdomen y del pecho a más tardar mañana. Para el tercer día, el hedor será insoportable y, para ilustrar la anatomía de la cabeza, deberá contentarse con usar un perro o un cerdo.

El médico y sus dos discípulos son llevados ante las pésimamente ventiladas habitaciones del enfermo, un individuo que hasta hace seis meses era un hombre erguido, obeso y orgulloso y a quien ahora su camisón le queda tristemente holgado. A pesar de ser más o menos de la misma edad que Juan de Valverde, su demacrada imagen es la de un anciano. Aunque ha tenido un apetito voraz la semana pasada —¿quizá la polifagia propia del descontrol glucémico?—, el hombre casi no ha probado bocado y sólo pide agua en grandes cantidades —polidipsia—. Valverde le toma el pulso, revisa sus mucosas orales y sale de su letargo y aúlla de dolor cuando el médico revisa el primer dedo del pie derecho, hinchado y rojo por el ataque de gota.

Historia composición del cerebro

Composición del Cerebro

El maestro y sus dos alumnos salen a la antecámara a deliberar y pregunta: «¿Quién ayudará al disector hoy?», y Paolo levanta la mano presuroso, recibiendo la venia para retirarse y correr al hospital para comenzar sus funciones. Valverde ordena a Piero que recite la lección pertinente y éste, sudando, escupe el fragmento solicitado de la traducción latina del Canon de Avicena sobre la incontinencia oral, la voracidad y la concupiscencia del enfermo diabético y sus funestas consecuencias. Seguramente el alumno se referirá a la entidad que aqueja al paciente como dypsakos, galenismo en griego que se ha colado en el texto de Avicena —el término diabetes mellitus no será acuñado sino hasta 1675 por Thomas Willis, por el sabor dulce de la orina de los pacientes diabéticos, ya reconocido desde la Antigüedad—. Ni una palabra aquí acerca del páncreas: la correlación con la diabetes fulminante y fatal en perros pancreatectomizados será descrita hasta 1889 por Josef von Mering. Y, aunque nos maraville ahora la enloquecida imaginación de los antiguos, éstos no podían suponer la organización en tejidos y células de los órganos que sólo podían observar macroscópicamente; así que tampoco nada en los latinajos que recita de memoria Piero de la descripción de los islotes pancreáticos que observó Langerhans ni la destrucción de éstos en necropsias de diabéticos que detalló Eugene Opie hasta finales del siglo XIX.

Thomas Willis

Thomas Willis

El maestro, perentoriamente, levanta la palma de su mano derecha para detener el discurso de Piero y hace un gesto de aprobación por lo que ha oído, y le promete hierático que esta semana ayudará a la organización de las láminas de su Anatomia. Pero este premio no puede compensar lo que sucederá a continuación: Valverde ordena a la criada traer el bacín del enfermo, sin vaciarlo. La mujer cumple y deja el recipiente en la mesa, enfrente del alumno, y, divertida y sin ninguna consideración a la autoridad del maestro, se recarga en el quicio de la puerta para observar la escena. Valverde atisba el contenido aún espumoso y caliente del bacín y ordena a Piero: «Prueba». Éste sólo cierra los ojos para no observar los detritos de las otras excretas del enfermo y, con manos temblorosas, apenas toma un sorbo del abyecto tazón. El maestro prohíbe escupir: «Aguanta»; espera unos instantes y suelta un lacónico «Ya» al muchacho, quien escupe el contenido con salivajos al bacín y tose. «¿Dulce?», pregunta Valverde. «Dulce», contesta Piero, con lágrimas en los ojos por aguantar las arcadas.

La terapéutica prescrita por Valverde a la ama tampoco estará a la altura del padecimiento del enfermo. Los clínicos franceses del siglo XIX recomendarán dietas bajas en carbohidratos, poniendo énfasis en la ingesta de proteínas animales y vegetales para el tratamiento de la diabetes, a la cual se reconoce ya como entidad fisiopatológica. Valverde sólo prescribe tisanas y su paciente fallecerá inexorablemente días o semanas después.

Maestro y alumno salen hacia el hospital donde los esperan Paolo, el disector y la audiencia del anfiteatro al aire libre en un patio, compuesta por alumnos, profesores y notables de la ciudad que han pagado por el espectáculo. Piero se queda vomitando en la cuneta de la calle y no podrá ayudar a su profesor con sus láminas anatómicas, ya que estará enfermo de disentería. Pero la descripción de la disentería amibiana y su causa microbiológica eran descritas hasta principios del siglo XX, así que el pobre Piero no culpará ni a su maestro ni al bacín del recaudador de impuestos.

Perros, cerdos, bueyes y ballenas

Hans Christian Hagedorn (1888-1971) es una de esas figuras dejadas atrás en los textos de historia de la medicina, salvo que se trate de literatura especializada para biólogos o endocrinólogos. En realidad, es un heredero, un continuador de los esfuerzos por aislar la insulina del páncreas endócrino. Su faz parece más la de un austero hombre negocios victoriano que la de un médico. Un hombre de su tiempo, era insoportablemente controlador con su esposa, quien seguramente disfrutaba desquitándose de sus abusos y exabruptos con el estricto régimen dietético que le imponía, ya que él mismo padecía diabetes. Él, a su vez, desquitaba su frustración por el espartano régimen alimenticio de su esposa en sus alumnos del Hospital Steno para pacientes diabéticos, del cual era director y fundador y que en nuestros días brinda atención ambulatoria de primer nivel en Dinamarca.

Hans Christian Hagedorn

Hans Christian Hagedorn

Hagedorn, excéntrico, megalómano y paranoico hasta el extremo, recorría las oficinas y pasillos del hospital seguido por un numerosos grupo de estudiantes, hablando y gritando para sí mismo, continuando sus peroratas al salir del edificio, siempre seguido por su abnegada horda, incluso con inclemencias de la lluvia o de la nieve, sin darles tiempo de ponerse sus abrigos, y despidiéndolos al dar por terminada la diaria lección de conferencia… a la puerta de su casa. Contaba con algunos méritos notables, como el desarrollo de un método de medición de glucemia —glucosa en sangre— a partir de muestras de décimas de mililitro y no las usuales de hasta 10 ml, gracias con un método de ferrocianuro que no fue suplantado sino hasta mediados de siglo por métodos enzimáticos.

Hagedorn era médico de cabecera de Marie, también diabética, esposa de Schack August Steenberg Krogh, premio Nobel por la descripción de la fisiología capilar vascular en el intercambio de gases. El matrimonio Krogh obtuvo, en 1922, los derechos sobre la producción de insulina —hasta entonces exclusiva en Canadá y Estados Unidos—, recientemente aislada por Macleod y Banting, ellos mismos galardonados con el premio Nobel; aquéllos, asociados con inversores, la industria química y la casa real danesa, fundaron el Nordisk Insulin Laboratorium.

El doctor Krogh contrató al ingeniero Harald Pedersen con el fin de desarrollar la tecnología necesaria para la producción en masa de cristales de insulina; el hermano de éste, el químico Thorvald Pedersen, fue, sin embargo, el Wunderkind de la compañía naciente y quizá el principal responsable de que, en 1923, se pudiera aplicar terapia con insulina al primer paciente diabético en Dinamarca. Para fines de ese mismo año, comercializaron el fármaco, pero a un costo mucho menor que los laboratorios Lilly en Estados Unidos.

«Producción en masa» es una expresión demasiado ambiciosa, ya que la insulina se tenía que aislar, purificar, liofilizar y conservar en viales a partir de glándulas pancreáticas de ganado vacuno, porcino y peces. Como resultado de ello, la principal limitante del procedimiento era la obtención de la materia prima. Todo el procedimiento resultaba, además de en pro de los pacientes, en las complicaciones de su administración como lipodistrofias —deformación por hipotrofia o hipertrofia del tejido graso subcutáneo en un sitio de repetida aplicación— o, peor aún, en abscesos.

Insulina Novo, Nordisk

Insulina, Nordisk

Si los residentes y alumnos de Hagedorn pensaban que era excesivo seguir al viejo hasta su casa escuchando sus conferencias didácticas a la mitad de las inclemencias del frío y húmedo clima danés, algunos de ellos no podían imaginar qué les esperaba cuando su maestro y mentor los seleccionó y coaccionó para acompañarlo en expediciones al Polo Sur para obtener páncreas de cetáceos de hasta 50 kg. Por supuesto, las limitaciones de la época en la tecnología para la preservación de este material biológico fueron una amarga decepción para Hagedorn y sus extenuados acompañantes, a pesar de la promesa en la obtención de tan abundante materia prima. Además, la administración de insulinas animales en humanos es altamente inmunogénica, causando desde alergias en los más serios de los casos o, en los más leves, una pérdida gradual en la efectividad con su uso a lo largo del tiempo. Este problema fue resuelto hacia 1970, cuando la insulina recombinante humana pudo producirse mediante técnicas de ingeniería genética a partir de su síntesis en bacterias y, posteriormente, levaduras, con los consiguientes beneficios en pureza, efectividad y costos.

Thorvald Pedersen, joven, apuesto, mujeriego y con un irresistible magnetismo para la prensa y los reflectores, acabó por chocar con la austera y señorial figura de Hagedorn, por lo que, después de una amarga ruptura, los hermanos Pedersen fundaron su propia compañía, Novo Terapeutisk Laboratorium. De esta forma, a principios de siglo, la pequeña nación danesa tenía en su territorio dos de los tres grandes productores de insulina en el mundo —el tercero era Lilly, en Estados Unidos—; por lo que, ya hacia 1925, pudieron comercializar su propia insulina y, mejor aún, modernas jeringas para su aplicación, antecesoras de las cómodas plumas desechables que actualmente se utilizan.

Sin embargo, los múltiples pinchazos necesarios para mantener el efecto de la insulina rápida —con una duración no mayor a seis horas— hacían necesaria toda una serie de recursos y expedientes para prolongar su acción, como la adición de adrenalina como vasoconstrictor cutáneo con el objeto de retrasar su diseminación. El efecto, sin embargo, fue una incidencia inaceptablemente alta de necrosis cutánea. El fracaso de los hermanos Pedersen a este respecto debió haber causado sentimientos mezclados en Hagedorn como rival de su enemigo y como médico. Hagedorn logró este esquivo objetivo con la adición de zinc o de protamina, una proteína obtenida del semen de trucha de río —otra vez los peces en nuestra historia—, para causar uniones débiles o no covalentes, en las moléculas de insulina, que se disolvían en el tejido celular subcutáneo en forma pausada. De ahí viene la denominación de la insulina NPH —o Neutral Protamine Hagedorn—, la cual, sin embargo, no pudo ser comercializada masivamente sino hasta la posguerra.

Insulina, Lilly

Insulina Lilly

Además, en estas décadas empiezan a surgir dos familias de medicamentos, las biguanidas y las sulfonilureas, que serán efectivas en el tratamiento de la diabetes tipo 2 —mucho más prevalente que la tipo 1 y que se trata casi exclusivamente con insulina—. La diabetes tipo 1 es un proceso autoinmune, con anticuerpos que atacan directamente elementos de los islotes pancreáticos o a la misma insulina y que aparece comúnmente en la niñez. La diabetes tipo 2 es más prevalente en adultos —aunque en nuestro siglo, por desgracia, la vemos también en población pediátrica— y está tradicionalmente asociada a sedentarismo, obesidad y herencia familiar. Aunque son dos entidades perfectamente diferenciadas desde cien años antes, el galimatías de las definiciones sólo obtuvo consenso general en 1979.

El final de esta historia de rivalidad tuvo lugar hasta después de la muerte de Hagedorn, cuando su propia compañía se fusionó con la de los hermanos Pedersen para formar el gigante Novo Nordisk en 1989. A saber lo que hubiera dicho el hombre…

María de los Ángeles

Ángeles, así prefiere que la llame. Nos tuteamos. Es educada y de pose tranquila, aunque evidentemente está inquieta. Ella es una mujer de 39 años de edad; tuvo diabetes gestacional en su segundo embarazo y este segundo hijo pesó al nacer 4.3 kg —para población latina, esto se llama macrosomía, y se da a partir de los 3.5 kg de peso—. Su madre, dos tías paternas y su hermana son también diabéticas. Es maestra de secundaria y madre de dos hijos preadolescentes.

Tiene un obvio problema de obesidad desde la adolescencia, que se agravó a partir de su matrimonio, a los 25 años de edad. Ahora refiere una pérdida de peso de 10 kg en lo que va del año. En sus exámenes de laboratorio, que es el motivo de su consulta, destaca una glucemia de 257 mg/dL y una hemoglobina glucosilada de 12%. La hemoglobina glucosilada es una cuantificación de cuánta hemoglobina en los eritrocitos está unida a glucosa. Tomando en cuenta que, a mayor glucemia, mayor será la hemoglobina glucosilada y que la vida media de un eritrocito es de 120 días, esto provee de un estimado de cómo ha sido el control glucémico en los últimos tres meses.

Ángeles no se sabía diabética. No tiene los síntomas clásicos de descontrol —poliuria, polidipsia, polifagia— o, al menos, no ha habido nada que la inquiete a ese respecto. «Pues sí: siempre estoy tomando agua y por eso orino mucho, ¿no es así?». No se siente mal, pero tampoco se ha sentido especialmente bien. Sólo acude conmigo porque está horrorizada por las cifras de los laboratorios a los que se sometió por una promoción de un chequeo patrocinada por uno de sus dos empleos.

Uno tiene que escoger sus batallas en esta primera sesión. Al terminar el interrogatorio de antecedentes y la exploración —también detecto hipertensión arterial en dos mediciones distintas—, le digo:
—Ángeles, a lo mejor no te va a gustar lo que vas a oír, pero en esta primera entrevista sólo vamos a hablar exclusivamente de técnica de aplicación de insulina.

Abre los ojos desmesuradamente y pregunta qué puede comer para ayudar a su control. Sus dos tías tuvieron amputación de extremidades e insuficiencia renal por la diabetes, y no quiere llegar a eso.
—Ángeles, créeme. Eso es lo que menos importa en este momento. Para que no te desbarates como polvorón tienes que empezar a usar insulina ya.

Le explico cómo conservar las plumas que contienen insulina en el refrigerador, cuándo puede dejarlas en un lugar fresco y oscuro. Cómo agitar la pluma, cómo montar la aguja desechable. Por qué tiene que aplicársela en el abdomen o en los muslos y no en el brazo —necesita manipular la piel con las dos manos—. Y repasamos nuevamente.

Ahora sigue el discurso de cómo se siente una hipoglucemia y qué hay que hacer si se da. Cada quien la siente distinto, eso es seguro. Sudoración fría, hambre, un hueco en el estómago, temblor… Lo que sí es constante es un matiz de ansiedad en el evento. Cómo debe manejar un glucómetro y qué mediciones necesitamos saber.

Glucómetro

Glucómetro

Ángeles está exhausta por tanta información, pero es lo mínimo indispensable que necesita saber para lograr un control expedito. La cito en dos semanas, acordando que se comunique conmigo al menos una vez antes de la siguiente consulta para modificar las dosis de insulina si es necesario.

A la siguiente consulta acude menos nerviosa. Confiesa que ya no está tan asustada y que es más fácil de lo que pensaba. Ha tenido dos hipoglucemias leves desde que nos comunicamos por última vez y hacemos ajuste de dosis; agrego dos medicamentos orales a la prescripción de insulina para el control de la glucosa: los requerimientos de insulina han empezado a disminuir. Su tensión arterial está ya controlada.

—Ángeles: a lo mejor no le podemos sacar la vuelta a un infarto al corazón o a una embolia cerebral, que es de lo que se mueren principalmente los pacientes diabéticos. Pero estarás de acuerdo en que es preferible que tengamos un primer evento así a los 70 u 80 años en lugar que tenerlo a los 50. Sin embargo, hay tres cosas que vienen engrapadas inevitablemente con la diabetes descontrolada: ceguera, amputaciones e insuficiencia renal. Ninguna de estas tres cosas tiene que pasarle a ningún diabético; son casi absolutamente prevenibles.

Ángeles me mira aliviada e incrédula, ya que se sentía condenada a estos desenlaces. Hacemos de cuenta que estamos metidos en su ojo. Con lo que ella realmente ve es con el tapiz de la oficina: eso es la retina. Y, si plantamos enredaderas que trepan por la pared, serían como las arterias que la irrigan y le dan oxígeno, pero la hiperglucemia —glucosa elevada en sangre— hace que las enredaderas crezcan desordenadamente y pueden desprender el tapiz. Por eso tiene que visitar a un oftalmólogo al menos una vez al año. También al menos una vez al año deberá realizarse análisis de laboratorio para medir albúmina, la principal proteína en sangre, pero en una recolección de orina de 24 horas, el marcador más temprano de daño renal por diabetes.

—Ángeles, pídele a tu oftalmólogo que te anote en un papel, en tres o cuatro palabras, qué te vio en el fondo del ojo. Él va a saber a qué me refiero con eso. No necesito todo un «resumen» de una cuartilla ni una carta de amor. Tráeme eso para la siguiente consulta, ¿va?

Entre la segunda y tercera consultas, hablamos de cambios de hábitos. Que puede empezar a hacer caminata vigorosa. Que el plan de alimentación que le prescribió la nutrióloga se reduce a algunos mensajes esenciales, como consumir más proteínas y vegetales y menos azúcares, lo que incluye frutas, harinas y no sólo azúcares refinados. Le digo que hasta en una fonda de comida corrida puede negociar eso y le ofrezco ejemplos: consomé en lugar de sopa de pasta, no tanto arroz, algún guiso con carne en lugar de las sempiternas tortas de papa…

Ángeles me mira, desconsolada. Ella sale a su primer trabajo en transporte público a las 4 AM, en el norte de la ciudad. Su marido es quien da de desayunar y alista a sus hijos para llevarlos a la escuela. A las 2 PM ella, simplemente, no puede tomarse 20 minutos para sentarse a comer tranquila en una fonda de comida corrida: pide algo para llevar en un puesto de fritangas al lado del sitio de microbuses que la llevará a su segundo trabajo, y comerá en el camino, si es que come. Su marido la recoge a las 9 PM a la salida de una estación de Metro y llegan a las 10 PM. Su madre ha dejado a los niños en su casa y Ángeles llega a revisarles la tarea y a convivir con ellos por unos 30 minutos. Todos se están cayendo de sueño a esa hora. Ni hablar de hacer ejercicio.

Ésa es la realidad que Ángeles me estampa en la cara, sin hablar del costo de los medicamentos que le prescribo.

El Dr. López Ponce

Hago una lista mental de los factores de riesgo para desarrollar diabetes mellitus tipo 2 en el futuro:

Historia familiar: Mis dos padres son diabéticos. Tengo también una hermana con prediabetes, aunque, para fines de riesgo cardiovascular, eso es como decir que una mujer está «preembarazada».

Etnia: No soy indio pima ni afrodescendiente, pero basta con que sea latino. Mal de muchos, pero al fin y al cabo consuelo. O sentimiento gregario con mi raza de bronce.

Obesidad: Después de una niñez con apariencia lombricienta, he de admitir que también tengo un pasado de ser un cojín mal enfundado, un tamal mal envuelto. Eso sí: el callo sensual de la andadera se quedará conmigo por toda la vida, así que he aprendido a quererlo y mimarlo.

Sedentarismo, dieta alta en carbohidratos y grasas, hábitos higiénico-dietéticos:
Al menos desde finales de mi residencia, hago ejercicio regularmente. Puedo presumir una frecuencia cardíaca en reposo menor a 50 latidos por minuto. No siempre fue así. Creo ser selectivo con lo que como; hago lo que puedo. Pero la vida sería miserable sin mi barbacoa de los fines de semana. Y las lombrices de goma son a-dic-ti-vas; por eso las mantengo alejadas de mí. Admito un pasado culpable de tabaquismo, que confiere riesgo de diabetes, al igual que la privación crónica de sueño. La ingesta de más de cuatra tazas de café está asociada a un menor riesgo —¡algo bueno debía traer mi personalidad obsesiva!—. Malditos años de residencia: casi me matan.

Antecedentes perinatales: Mi madre no padeció diabetes gestacional —que confiere riesgo futuro de diabetes en la progenie—, pero sí tuve bajo peso al nacer, fui prematuro y no pude ser alimentado con seno materno, sino con fórmulas lácteas —todos factores de riesgo bien reconocidos—.

En resumen: estoy jodido. Muchos lo estamos. Seremos diabéticos, inevitablemente, inexorablemente.

Mas me viene a la mente el caso de José Luis, un hombre de 30 años que acudió hace dos años con diagnóstico de diabetes tipo 2 y obesidad, con altísimos requerimientos de insulina. En la primera consulta le dije que no usaríamos el peso como marcador de mejoría de su salud en los primeros meses, ya que el mejor control glucémico, sobre todo si se obtiene con insulina, está asociado a la ganancia de varios kilos.

Control Glucémico

Dos años después, José Luis corre medios maratones, bajó 27 kg, dejó de usar insulina y cena tacos con su esposa, su hermano y su cuñada todos los viernes. A partir de la segunda orden, sólo pide bistec, sin tortillas. «Sí, ya sé, doc: ese bistec lleva friéndose en el mismo aceite desde la mañana. Pero por eso pido algo que sea carne magra. Y como toneladas de pastura en la semana. No se metan con mis tacos de viernes. Dejen en paz a mis tacos de viernes».

José Luis entendió muchas cosas de cómo lidiar con sus antecedentes, su pasado poco saludable y de cómo interactuar con su ambiente para tener mejores hábitos. Muy probablemente va a enterrar a personas diez años menores que él, aunque no lleguen a tener el diagnóstico de diabetes.

Un paciente no acude con su médico para hacer votos de castidad, sino para adquirir hábitos que lo hagan sentirse mejor. Hay esperanza.

Alfredo López Ponce estudió en la UNAM y es médico internista, endocrinólogo, diabetólogo y obesólogo en el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición «Salvador Zubirán», además de docente. Bach es su dios, tiene una risa malvada y su Twitter es @AlfredoLopPce.

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