La Cruzada de los Ñoños —memorias de la Ruta Hidalgo— – Algarabía
Sin categoría

La Cruzada de los Ñoños —memorias de la Ruta Hidalgo—

Como una forma de «premiar» a los alumnos más aplicados, las autoridades de nuestro país organizaban un viaje con los alumnos más destacados.

Se dice que, en el siglo xiii, cientos de niños europeos, guiados por una visión en la que la pureza e inocencia de sus almas harían caer la ciudad de Jerusalén en manos cristianas, emprendieron un peregrinaje hacia Tierra Santa que se conoció como «La Cruzada de los Niños».1 v. Algarabía 59, agosto 2009, Urbi et Orbi: «La Cruzada de los Niños»; p. 20. En el siglo xx, un grupo menos nutrido —pero no por ello menos loable— de niños mexicanos emprendía cada año una jornada por los estados de México, Querétaro, Guanajuato, Michoacán, y hasta Chihuahua, guiado por la visión de que la inteligencia, el patriotismo y el encomiable esfuerzo de cada niño serían la base de un futuro brillante y promisorio para nuestro país. Esta jornada bien podría conocerse como «La Cruzada de los Ñoños».

Todo empezó en 1961, cuando el insigne Jaime Torres Bodet era secretario de Educación Pública y, con la finalidad de fomentar el estudio de la historia nacional y reconocer a los alumnos de sexto grado de primaria con mejor «aprovechamiento» —un eufemismo para referirse a «los aplicados»— de todo
 el país, puso en marcha un concurso para seleccionar a quienes combinaran el mejor comportamiento, el promedio más sobresaliente y el conocimiento histórico más amplio.

s27-curiosidades-de-la-madrid

Henchidos de un ferviente nacionalismo —hablamos 
de los días en que la Madre Patria pintada por González Camarena protagonizaba la portada de los libros de texto gratuito—, los ganadores serían distinguidos por distintas autoridades, y premiados con un viaje en el que recorrerían la ruta que trazó el cura Hidalgo durante 
la Guerra de Independencia. Este viaje —así se nos exhortaba— sería «como un peregrinaje a las raíces más profundas de nuestra historia, a la cuna de la nación mexicana. Y del patriotismo nacido de este recorrido, habría de nacer el México del mañana…».

Selecionado nacional

Ya lo habrá adivinado el lector: el que estas líneas escribe fue un niño «Ruta Hidalgo», y aunque en mis tiempos ya no se llamaba así, sino «Viaje Cultural» —hoy «Olimpiada del Conocimiento»—, la gente
 en general sigue usando ese marbete —a veces con admiración, otras con envidia y, muchas más, con burla— para referirse tanto al destino que yo y otros niños aplicados compartimos, como a nosotros mismos.

Hablaré, primero, del concurso de selección: en él no sólo intervenía un excelente promedio —los nueves 
en las boletas eran como cicatrices de acné—, sino también un coctel de inteligencias aritmética y verbal, buena memoria —nunca faltaron ni faltarán las y los «macheteros» sin mucho raciocinio— y una serie de habilidades sociales —algunas de ellas totalmente fuera del fair play— que aprendí sobre la marcha, ya que en el proceso intervenían los favoritismos, la simpatía o antipatía que generaba el escolapio, la influencia que podían ejercer sus padres, y los movimientos «por debajo del agua» a favor y en contra de los candidatos. Igual que sucede en la vida adulta, pues.

s27-curiosidades_pipilita

Mi mejor amigo, mi compañero de banca, con quien competía en calificaciones y con quien tuve mis primeras discusiones teológicas —él era protestante y yo, católico devoto—, se convirtió a la vuelta de un día en mi acérrimo enemigo, porque los dos disputábamos el mismo sitio. Mi promedio era inferior, así que técnicamente a él le correspondía ese honor y yo no estaría escribiendo este memorial, pero él carecía de otras habilidades y de mi «imagen pública»: un apellido sin nobleza, pero recordable; un camino allanado por dos hermanos mayores; una mamá expresidenta de la Asociación de Padres de Familia, y una personalidad extrovertida. Al final, un examen sorpresa en el que salí mejor librado, inclinó la balanza a mi favor.

Luego de la guerra intestina, representantes de seis escuelas y turnos competimos en la inspección de la zona escolar. Un año antes, yo había participado en
 un concurso de ensayo y oratoria, así que el inspector —que era como un diputado dibujado por Abel Quezada— recordó gratamente mi soltura y entusiasmo de aquella ocasión. Su sonrisa, una palmada en el hombro y la frase: «Aquí el joven Masse ya es un “viejo lobo de mar”» dejaron claro quién era «su gallo». El gallo resultó vencedor y fue enviado a competir con los «gallones» del sector escolar.

La enorme e imponente escuela Guadalupe Núñez y Parra —ubicada en la calzada de Los Misterios, al norte de la ciudad de México—, donde un año antes había pasado más pena que gloria, fue el escenario de la prueba final. En esta ocasión, no iba a declamar líneas de mi autoría, sino a enfrentarme, solo y sin más recursos que mi cerebro y mi lápiz, a la frialdad del papel impreso. Contesté con confianza —al final, las tablas de «viejo lobo de mar» sí pesaban—, pero sin demasiadas esperanzas: pensé que los niños mimados de esas escuelotas me vencerían otra vez. Varios días después, recibí la noticia de «mi triunfo»: mis cinco minutos de gloria…

De gira por la Ciudad de México

s27-curiosidades_estuataLa primera reunión que convocó a niños y padres fue en la Escuela Normal de Maestros. Ese día «los sobresalientes» tuvimos nuestro primer encuentro, al tenor de las llamadas «actividades de integración». Los Ruta Hidalgo no sólo éramos niños sobresalientes, sobreestimulados y «sobreinteligentes», sino a 
menudo también sobrepagados, sobreinadaptados y sobrecompetitivos.

Las conversaciones no iban de los últimos juguetes, de la ropa más cool o de los grupos musicales de moda, sino algo así como: «¿Fuiste abanderado?», «¿Cuántas veces has estado en el Cuadro de Honor?», «Y tú, ¿con qué promedio saliste?», «¿Y cuántos nueves tienes en tu certificado?», «¿Ya sabes sacar la raíz cuadrada? ¿En papel o mentalmente?». 
La sensación de no ser más «el cerebrito» me causaba alivio, pero también me enfrentaba al hecho de que había muchos niños tan o mucho más inteligentes que yo. Era «otro más», para bien y para mal.

En el D. F. tuvimos cuatro eventos: una reunión con el secretario de Educación; un evento con el regente del Distrito Federal, con un espectáculo de Cri-Cri para «deleitarnos»; un arrío de bandera en el Zócalo, un paseo por Reino Aventura —hoy Six Flags— y el tan esperado encuentro con el presidente en el Palacio Nacional. Siendo el tiempo del Primer Mandatario tan precioso y escaso como el platino, después del discurso en el que oímos por enésima ocasión «son el futuro de México», el presidente hizo un rápido recorrido para tomarse las fotos con nosotros y con los contingentes de los estados de la República. Una compañera mía cuyo nombre me elude, pero no su afán protagónico, le dijo: «Señor presidente, confiamos en usted para sacar al país adelante», a lo que él contestó: «Entre todos lo vamos a sacar…», con la misma monotonía que repetía «caiga quien caiga, y pésele a quien le pese».

Un viaje iniciático

Lunes, 6 am: ¡Al fin, el viaje! Con una flamante maleta, partí con mis nuevos amigos. El primer destino: Querétaro, el estado de La Corregidora, donde se fraguó la gesta heroica. Bajamos del airoso Cerro de las Campanas y partimos a la ciudad de Guanajuato, a donde llegamos al caer la tarde y fuimos hospedados en un campamento a las afueras de la ciudad.

Martes, 10 am: desayuno de café con leche, huevos con jamón y frijoles, como todos los días. Hoy me doy cuenta de que mi abuela, mis dos tías y mi hermano habían viajado hasta Guanajuato para «vigilarme», y hacerla de custodios, niñeros y hasta paparazzi, porque esperaban cualquier descuido para tomarme fotos. Como yo era apenas un aspirante a adolescente a quien no dejaban salir ni a la esquina sin compañía, y ya me sentía hombrecito por viajar sin nanas, éste fue un serio revés para mi incipiente independencia.

Miércoles: me siento en un tour a Tierra Santa; ebrios de patriotismo recorrimos los «santos lugares» de la historia de México, en la que los héroes y los mártires ofrendaron su sangre para darnos Patria. El monumento del Pípila, la Alhóndiga —¡aquí estuvo el Pípila!, ¡aquí están las huellas de los balazos!, ¡aquí colgaron las cabezas de Hidalgo y de Allende!—, o Corralejo, donde vio la luz Hidalgo, el Padre de la Patria. Fetichismo histórico al cien.

Jueves: nos dedicamos —¡al fin!— a divertirnos en el campamento. Ya sin uniforme, pudimos escalar, trepar árboles, jugar una cascarita y aprender a hacer fogatas. ¡Los ñoños también nos divertimos! Al final de la extenuante jornada, en el bosque se organizó una fogata en torno a la cual contamos chistes e historias de horror, y rematamos con la cursilísima e infaltable cantaleta: «no es más que un hasta luego / no es más que un breve adiós…», que en la penumbra de la medianoche provocó sentidísimas despedidas, abrazos, lágrimas y uno que otro beso precoz.

Si quieres saber cómo termina esta historia, consulta Algarabía 72.

6 thoughts on “La Cruzada de los Ñoños —memorias de la Ruta Hidalgo—

  1. Su servidor Pedro Carrillo Toral tuve el honor de realizar ese viaje en el año 1970 y estuvimos en el Palacio Nacional con el Presidente Gustavo Díaz Ordaz…. Alguien tendrá información al respecto…?

  2. Yo tuve el gusto de estar en el Viaje Cultural 84 junto con mis compañeros del Estado de Hidalgo, antes de ese viaje había escuchado de la «Ruta Hidalgo» y creí que estaríamos de visita en distintas ciudades, pero al final no salimos del área metropolitana de la Ciudad de México, visitamos lugares como Chapultepec, Reino Aventura, Los Pinos, Teotihuacán, el Teatro de la Ciudad, el Zócalo, el Colegio Militar, los Televiteatros en donde vimos la obra de Vaselina con los timbiriches originales, la Alberca Olímpica, el museo del Templo Mayor. Una semana inolvidable con sede en el INDE de Popotla.

  3. Buenas tardes a todos,
    Me gustaría saber si alguno de ustedes «niños Ruta Hidalgo» conserva su fotografía con el presidente C. Luis Echeverria Alvarez en la ruta del año 1973. Me gustaría que me pudieran proporcionar una copia. Se los agradeceré mucho.
    Reyna E Enríquez

  4. Mi hermana estuvo de visita en el DF en la ‘Ruta Hidalgo’, dos años después yo también en el ‘Viaje Cultural’; ella muy estudiosa y dedicada, yo todo lo contrario ;p

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Publicidad

Hot Sale

PUROS NÚMEROS

Revista del mes

Libro del mes

Visita Algarabía niños

Crea y personaliza

¡Curiosidades!

Suscríbete a algarabía niños

Visita Algarabía para recordar