Las desventajas de haber evolucionado —los sinsabores de ser Homo sapiens— – Algarabía
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Las desventajas de haber evolucionado —los sinsabores de ser Homo sapiens—

Dolor de espalda, hipo, atragantarnos y otras desventajas de la evolución del ser humano.

La evolución nunca ha sido miel sobre hojuelas. Si bien las transformaciones de adaptación al medio que han tenido nuestros organismos han sido graduales y nos han convertido en la especie dominante del planeta, a diario los humanos experimentamos pequeños —pero molestos, notables y a veces dolorosos— castigos a la soberbia de habernos erguido en dos patas. Aquí enlistamos diez de ellas.1 Esta información fue divulgada por Smithsonian Magazine en enero de 2011. [Trad. Francisco Masse].

La selección natural actúa «depurando» los organismos de los individuos de cada generación, cuyos genes y partes del cuerpo asumen otras funciones. Pero esta «depuración» nunca es del todo adecuada y, como resultado, todas las especies viven en cuerpos que resultan imperfectos para la vida.

Si nos detenemos a observar el hipo o las muelas del juicio, veremos que los humanos nos encontramos peor adaptados que muchos animales debido a las diferencias entre la vida salvaje en la que evolucionamos y el mundo moderno en que hoy vivimos.

1. Nuestras células son extrañas quimeras

Hace unos mil millones de años, los organismos unicelulares florecieron, se multiplicaron y, con el tiempo, dieron origen a todas las plantas y animales. Pero estos ancestros unicelulares eran resultado de una fusión: una célula que devoró —aunque no del todo— a otra; así, el depredador dotó a la nueva célula de su exterior, su núcleo y el resto de la «quimera»2 Monstruo engañoso e imposible, hecho de opuestos o deformaciones., y
 el devorado se convirtió en la mitocondria, el órgano celular que produce energía.

La mayor parte del tiempo esta simbiosis resulta amigable; sin embargo, a veces la mitocondria y el resto de la célula entran en conflicto, resultando en enfermedades como las miopatías mitocondriales o el Síndrome de Leigh, que afecta el sistema nervioso central.

2. Nos da hipo

Los primeros seres anfibios obtenían el oxígeno
 usando sus agallas en el agua o respirando aire con sus «protopulmones» si estaban en tierra. Para hacerlo, tuvieron que desarrollar la habilidad de cerrar la glotis —es decir, la entrada a los pulmones— y empujar el agua por sus agallas cuando se sumergían.

Nosotros, que somos descendientes de esos anfibios, conservamos vestigios como el hipo, que no es sino la contracción involuntaria de los músculos primitivos que solían cerrar la glotis. El hipo ya no cumple función alguna, aunque tampoco hace daño. Una de las razones por las que es imposible detenerlo a voluntad es porque lo controla una parte del cerebro que evolucionó mucho antes que la conciencia. Si no lo crees, intenta quitártelo.

3. Sufrimos dolores de espalda

Las espaldas de los vertebrados evolucionaron
 como una suerte de polea horizontal de la que colgaban los intestinos; era arqueada bajo el mismo principio mediante el cual los puentes forman arcos para soportar el peso. En algún momento, por razones que los antropólogos aún discuten, nuestros ancestros homínidos se irguieron, y esto fue el equivalente físico a poner un puente en posición vertical.

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Andar en dos patas tenía varias ventajas —como ver a larga distancia o tener las manos libres—, pero también cambió la forma de nuestras columnas vertebrales, de un puente arqueado, a la de la letra S. Esta letra, con todo lo bella que es, no está hecha para soportar nuestro peso, así que nuestras espaldas terminan por claudicar… consistente y dolorosamente.

4. Nuestros intestinos no tienen soporte

Desde que nos erguimos en dos patas, en lugar de ser soportadas por los músculos abdominales, nuestras entrañas cuelgan como cuando éramos cuadrúpedos. Los intestinos se ubican, entonces, sobre un montón de órganos internos, y sobre las cavidades de la pared abdominal por las cuales el escroto y sus nervios descienden durante el primer año de vida de los humanos.

Es por eso que, más a menudo de lo que quisiéramos, nuestros intestinos se abren camino por estas cavidades —como fideos escurriéndose en una coladera— y forman hernias inguinales.

El paso evolutivo de organismos unicelulares a Homo sapiens ha dejado en nuestros cuerpos lastimosas secuelas e imperfecciones congénitas.

5. Nos atragantamos

En la mayoría de los animales, la tráquea —que permite el paso del aire— y el esófago —que permite la entrada del alimento— están dispuestos uno sobre el otro, de modo que este último se encuentra bajo la tráquea;
 en algunos casos —en los gatos, por ejemplo—,
 estos conductos corren paralelos y horizontales 
antes de desembocar en los pulmones y el estómago, respectivamente.

No es el caso de los humanos, quienes hemos sufrido modificaciones para poder hablar, de modo que la tráquea y el esófago están muy abajo de la garganta; además, nuestra posición erguida hace que nuestros conductos sean casi verticales.

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Estos cambios provocan que lo que comemos o bebemos tenga 50 por ciento de probabilidad de caer en el conducto equivocado, de modo que cuando la epiglotis no alcanza a cubrir la tráquea, nos atragantamos. Es uno de los precios de nuestra llamada «supremacía», pues aunque los monos no cantan ni bailan, rara vez se atragantan. ¡Pero qué más da si uno tampoco canta ni baila!

6. Nos morimos de frío en invierno

Un pelaje —útil y casi siempre presente en los mamíferos— es como un tibio abrazo en un día helado. Pero los humanos, junto con otras especies, perdimos el pelo cuando empezamos a vivir en climas tropicales.

Aún existe un debate acerca de las causas de este cambio, pero
la explicación más plausible
 es que cuando los primeros hombres empezaron a vivir en grupos, sus pelajes se llenaban de garrapatas y piojos, así que los individuos más lampiños eran menos proclives a adquirir enfermedades asociadas a estos parásitos, y sobrevivían.

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Ser lampiño en África no era mala idea, pero en las regiones árticas tenía muchos inconvenientes. Así es la evolución: no anticipa hasta donde llegará el resultado de su trabajo.

7. La carne de gallina no sirve de nada

Cuando nuestros ancestros estaban cubiertos de pelo, ciertos músculos en la piel —llamados Arrector pili— se contraían y hacían que el pelaje se levantara. Cuando un gato está enojado o asustado, esos mismos músculos hacen que su pelo se erice, y también son los responsables de que las plumas de las aves o el pelo de otros mamíferos se esponjen para protegerlos del frío.

Ahora, a pesar de que carecemos de pelo, aún tenemos esos músculos erectores bajo la piel, y éstos hacen que se nos ponga «la carne de gallina» cuando nos asustamos o que nos den escalofríos cuando pasa un viento helado, fenómenos que, al final, no cumplen ninguna función.

8. Nuestros cerebros oprimen a los dientes

Una mutación genética en nuestros ancestros hizo que sus descendientes tuvieran cráneos amplios para resguardar cerebros más grandes. Esto podrá enorgullecernos, pero tal mutación se realizó robándole materia ósea a 
la quijada, dejándola más delgada y 
pequeña. Con nuestras quijadas no
 podemos comer alimentos tan duros
 como nuestros antecesores, pero con
 nuestros cerebros pudimos resolver 
el problema, usando el fuego y 
herramientas de piedra. De cualquier 
modo, nuestros dientes son más o
 menos del mismo tamaño que los de
 nuestros ancestros, y simplemente no 
tienen espacio suficiente en nuestras «nuevas» quijadas. En resumen: si tenemos que extraernos las muelas del juicio, es por culpa de nuestros «cerebrotes».

9. Engordamos

Muchas de las fallas de nuestro organismo se deben a cambios recientes: cambios en cómo usamos el cuerpo o estructuramos nuestras sociedades. El hambre fue 
un mecanismo evolutivo para hacernos salir a buscar comida; el gusto evolucionó para preferir los sabores de la comida que nos beneficiaba bajo esas condiciones —sal, azúcar, grasas— y evitar la que pudiera ser venenosa.

En las civilizaciones modernas tenemos más comida de la que necesitamos, pero los impulsos de hambre siguen siendo los mismos, y hay una «brújula interna» que nos lleva a donde ya no necesitamos ir: nuestro gusto pide sal, azúcar y grasas… y nosotros obedecemos.

10. La lista sigue…

No he mencionado los pezones de los hombres, el punto ciego de nuestros ojos o los músculos que algunos usan para mover sus orejas. Y es que estamos llenos de rescoldos de nuestra historia evolutiva, y nuestros cuerpos están formados por partes que alguna vez tuvieron una función distinta. Así que trata de sentarte en tu cóccix —el hueso que alguna vez fue cola— y flexiona tus tobillos —que antaño conectaron una pata a una garra—.

Todo esto no define quiénes somos, sino quiénes fuimos, ya que la evolución está hecha de pedazos. Y no estamos solos en eso: todas las plantas, animales y hongos cargan con las consecuencias del genio improvisado de la vida. Así que, ¡larga vida a las quimeras! Mientras tanto, te ruego que me disculpes: voy a poner a descansar mi espalda.

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