La ciencia como acto de fe – Algarabía
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La ciencia como acto de fe

Durante mucho tiempo se pensó que las leyes de la física era incuestionables, lo cual supone un acto de fe ciega, pues no se cree en ellas

Decimos reiteradamente que la ciencia es la forma más fiable que tenemos para conocer el mundo, porque está basada en la comprobación de hipótesis. La religión, por el contrario, se basa en la fe. La expresión: «Como Santo Tomás: hasta no ver no creer» ilustra bien la diferencia. En la ciencia, un sano escepticismo es una necesidad profesional, mientras que en la religión, la creencia sin pruebas es considerada una virtud.1 Este artículo se publicó originalmente el 24 de noviembre de 2007 en The New York Times, bajo el título «Taking Science on Faith». [Traducido por Sonia García Gómez y Francisco Masse.]

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El problema con una separación tan clara entre ciencia y religión —que Stephen Jay Gould describe como non-overlapping magisteria2 Magisteria es el plural de magisterium, que es «un ámbito en el que una línea de enseñanza cuenta con las herramientas adecuadas para su adecuado discurso y resolución. Esta posición supone que la ciencia y la religión no se «fruncen el ceño», ya que la ciencia se ocupa de un «reino empírico» —cómo está hecho el Universo y por qué funciona así—, mientras que la religión tiene que ver con las cuestiones del significado último y los valores morales. [Todas las notas son de la Edición.]— es que la ciencia tiene su propio sistema de creencias basado en la fe: todos sus beneficios surgen del supuesto de que la naturaleza está ordenada de forma racional e inteligible. No puedes ser un científico si piensas que el Universo es una mera acumulación de casualidades sin sentido, que terminan yuxtapuestas por puro azar. Cuando los físicos investigan a un nivel más profundo la estructura subatómica, o los astrónomos amplían el alcance de sus instrumentos, esperan encontrar un elegante orden matemático. Y, hasta hoy, esa fe ha sido justificada.

La expresión más refinada de la inteligibilidad racional del cosmos se encuentra en las leyes de la física, las reglas fundamentales sobre las que la naturaleza funciona. Las leyes de la gravitación y el electromagnetismo, las que regulan el mundo dentro del átomo y las leyes del movimiento, todas se expresan en ordenadas relaciones matemáticas. Pero, ¿de dónde vienen y por qué son como son?

Cuestionar las leyes

Cuando yo era estudiante, las leyes de la física eran totalmente incuestionables. El trabajo del científico —se nos dijo— era descubrir las leyes y aplicarlas, sin investigar su procedencia. Las leyes fueron tratadas como «algo ya dado» —imbuido en el Universo como una marca de fábrica en el momento del nacimiento cósmico— y fijo para siempre.

Por lo tanto, para ser científico había que tener fe en que el Universo se rige por leyes matemáticas confiables, inmutables, absolutas, y con un origen no especificado. Se debía creer que estas leyes no fallan, que no se va a despertar mañana encontrando que el calor fluye de frío a caliente, o que la velocidad de la luz va a cambiar.
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A lo largo de los años he preguntado a mis colegas físicos por qué las leyes de la física son como son. Las respuestas van desde el «nadie sabe» hasta «eso no es un asunto científico»; pero su respuesta favorita es: «no hay razón para que sean como son: simplemente son». La idea de que las leyes existen sin razón es profundamente antirracional. Después de todo, la esencia de una explicación científica de cualquier fenómeno es que el mundo está ordenado lógicamente y que hay razones por las que las cosas son como son. Si uno sigue estas razones hasta la raíz de la realidad —las leyes de la física—, sólo para descubrir que la razón nos abandona, es como si la ciencia fuera una burla.

¿Puede la poderosa construcción del orden físico que nos rodea y que percibimos, basarse en lo absurdo irracional? Si es así, entonces la naturaleza es un engaño astuto y diabólico: el absurdo y el sinsentido de alguna manera haciéndose pasar por orden y racionalidad.

Aunque los científicos han tenido por mucho tiempo la tendencia de desechar los cuestionamientos sobre el origen de las leyes físicas, el ánimo ha cambiado considerablemente. Esto se debe, en parte, a que cada vez es más aceptado el hecho de que la aparición de la vida en el universo —y de observadores como nosotros— depende en gran medida de la forma de las leyes físicas. Si las leyes de la física fueran sólo un costal de reglas, es muy probable que no existiera vida.

El multiverso: varios universos en uno

Una segunda razón por la que las leyes de la física han sido puestas en tela de juicio, es que recientemente nos hemos dado cuenta de que las leyes que durante mucho tiempo se han considerado absolutas y universales, podrían no ser fundamentales, sino más bien «estatutos locales», que pueden variar de un lugar a otro en una escala mega cósmica.

El ojo de Dios podría observar una gran labor hecha de retazos de universos, cada uno con su propio conjunto distintivo de estatutos. En este multiverso,3 Un multiverso —palabra acuñada en 1895 por el filósofo William James— es una conjunto hipotético de varios universos, que a veces son llamados «realidades paralelas». la vida se presentaría sólo en los retazos con leyes amigables para la vida, por lo que no es ninguna sorpresa que nos encontremos en un universo de Ricitos de Oro,4 El principio de Ricitos de Oro —Goldilocks Principle— se basa en el cuento en el que la protagonista probaba un plato y lo hallaba demasiado frío, y luego otro demasiado caliente, y sólo el tercero era óptimo. En astronomía, economía y otras disciplinas, este principio del «trío dialéctico» estipula que algo debe estar dentro de ciertos límites y no en los extremos. Así, un Goldilocks planet debe estar lo suficientemente cerca del Sol para recibir su calor, y lo suficientemente lejos para no ser calcinado, y sólo así podría albergar vida. que es óptimo para la vida y que hemos seleccionado para nuestra misma existencia.

La teoría del multiverso es cada vez más popular, pero no explica las leyes de la física, y más bien sólo esquiva el asunto. Debe de haber un mecanismo físico que ordene todos los universos y sus leyes, y este proceso exigirá sus propias leyes —o «metaleyes»—. ¿De dónde vienen éstas? La respuesta simplemente se ha desplazado hacia arriba, de las leyes del universo hasta las metaleyes del multiverso.

Un orden superior

Queda claro, entonces, que la religión y la ciencia se basan en la fe; es decir, en la creencia de la existencia de algo fuera del universo, como un Dios inexplicable o una serie de leyes físicas inexplicables o, incluso, un enorme conjunto de universos invisibles. Por esa razón, tanto la religión monoteísta como la ciencia ortodoxa carecen de una explicación total de la existencia física.

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Esta carencia no es una sorpresa, porque la misma noción de ley física es teológica, en primer lugar —un hecho que hace retorcerse a muchos científicos—: Isaac Newton concibió leyes absolutas, universales, perfectas e inmutables, partiendo de la creencia cristiana de que Dios creó el mundo y lo ordenó de manera racional. Los cristianos conciben a Dios como el máximo conservador del orden natural, más allá del universo, mientras que los físicos piensan sus leyes como habitantes de un reino abstracto y trascendente de las relaciones matemáticas perfectas.

Y así como los cristianos afirman que la existencia del mundo depende totalmente de Dios, y no al revés, los físicos declaran una asimetría similar: el Universo se rige por leyes eternas —o metaleyes—, pero las leyes permanecen impasibles a lo que en él sucede.

Parece que no hay esperanza de explicar por qué el universo físico es como es, mientras sigamos obsesionados con las metaleyes o leyes inmutables que existen más allá de la razón o que son impuestas por la Divina Providencia. La alternativa consiste en considerar las leyes de la física y el Universo que gobiernan, como parte integrante de un sistema unitario, y que se incorporan dentro de un esquema explicativo común.

En otras palabras, las leyes deben tener una explicación desde dentro del Universo, y no a partir de una instancia externa. Los detalles de esta explicación son objeto de futuras investigaciones. Pero hasta que a la ciencia se le ocurra una teoría comprobable de las leyes del Universo, su pretensión de ser libre de la fe es totalmente falsa.

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