¡Aunque usted así lo crea! – Algarabía
Ciencia

¡Aunque usted así lo crea!

Como ocurre en el caso de muchas otras disciplinas, antes del auge de la ciencia moderna sólo contábamos con nuestros propios instintos

En 1873, trece años después de la legendaria confrontación entre el obispo Samuel Wilberforce (1805-1873) —Sam «El Jabonoso»— y Thomas Henry Huxley (1825-1895) —«El bulldog de Darwin»— acerca de la teoría de la evolución, Wilberforce murió, al caerse de un caballo. Huxley se burló, entonces, con el físico John Tyndall (1820-1893): «Por una vez, la realidad y su cerebro entraron en contacto y el resultado fue fatal».

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Cuando se trata de fuerzas básicas como la gravedad, así como de fenómenos tan elementales como caerse, el sentido que intuye cómo funciona el mundo físico, es decir, nuestra física popular, es razonablemente sano. Así comprendemos el irónico comentario de Huxley y observamos que, incluso, los niños entienden el humor de la física de las caricaturas donde, por ejemplo, un personaje que pierde el contacto con el suelo se queda suspendido en el aire hasta que se percata de ello y, sólo entonces, cae.

Razones superadas

La inferencia causal en la ciencia popular es poco confiable. De manera correcta suponíamos que los objetos diseñados —como las herramientas de piedra— eran producto de un diseñador inteligente y, por tanto, asumíamos que todos los objetos funcionales —como los ojos— también debieron ser diseñados de manera inteligente.

Al carecer de una teoría coherente acerca
 de la forma en que la actividad neurológica da origen
 a la conciencia, imaginábamos que los espíritus mentales flotaban dentro de nuestras cabezas. Vivíamos en pequeñas bandas de cazadores y recolectores errantes que acumulaban poca riqueza y carecían de experiencia en los mercados libres y en el crecimiento económico.

La ciencia popular —que es la interpretación y divulgación, sin fundamento académico, del conocimiento científico— se equivoca frecuentemente.

Gran parte de la física es contraria a la intuición. Por ejemplo, la astronomía popular nos decía que la Tierra era plana, que los cuerpos celestes giraban en torno a la Tierra y que los planetas eran dioses errantes que determinaban nuestro futuro.1 De ahí el surgimiento y la consulta de la astrología, los signos zodiacales y la cartomancia. N. del E.

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La biología popular intuía que una energía vital fluía en todas las cosas vivientes, cuyo diseño funcional se suponía creado a partir de la nada por un diseñador inteligente. La psicología popular nos impelía a buscar los homúnculos2 Del latín homuncúlus, «hombrecillo», se refiere a una entidad incognoscible en el cerebro, es decir, «el espíritu en la maquinaria», una «mente» que se encuentra fuera, de alguna manera, de dicho cerebro. La economía popular nos hacía desdeñar la riqueza excesiva, considerar la usura un pecado y desconfiar de la invisible mano del mercado.

La ciencia popular se equivoca frecuentemente porque evolucionamos en un entorno radicalmente diferente a aquel en el que vivimos. Nuestros sentidos están organizados para percibir el tamaño mediano, es decir, entre hormigas y montañas; no así las bacterias, las moléculas y los átomos, en un extremo de la escala, 
ni las estrellas y galaxias, en el otro.

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Perdiendo la fe

La ciencia popular nos hace confiar en anécdotas como si fueran datos fidedignos, como que las enfermedades se curan con panaceas diversas, con base, exclusivamente, en ejemplos de casos individuales.

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Tienen el
 mismo poder las anécdotas que 
hablan de seres preternaturales3 Seres que se encuentran entre el orden natural —acciones humanas— y el orden sobrenatural —acciones divinas— y que realizan actos que no son del orden común, por ejemplo, curar a distancia, 
las cuales nos llevan a inferir
 causas que relacionan estas 
entidades inmateriales con todo 
tipo de eventos naturales. Por 
ejemplo, debido a que con frecuencia las personas 
se recuperan naturalmente de las enfermedades, lo que se haya hecho justo antes de la recuperación, generalmente la oración, recibe el crédito.

Vivimos apenas 
70 años, un tiempo sumamente breve para ser testigos de la evolución, el alejamiento continental o los cambios de largo plazo en el ambiente.

De hecho, existe un análisis científico que estudia la ciencia popular y que fue elaborado recientemente por
la revista American Heart Journal. Se basa en los efectos que la oración tiene en la salud y recuperación de los pacientes que sufrieron una cirugía de bypass coronario.

Los resultados demostraron que 
la oración no tuvo un efecto estadístico significativo sobre la recuperación. Caso cerrado.

Para ello, se dividió a mil 802 pacientes en tres grupos y tres congregaciones religiosas rezaron por la recuperación de dos de éstos. Las oraciones comenzaron la noche anterior a la cirugía y continuaron de manera diaria durante las dos semanas posteriores. La mitad de los beneficiarios de las plegarias sabía que se estaba rezando por su salud, en tanto que a 
la otra mitad se le dijo que se podría o no orar por ellos.

Por supuesto, las personas seguirán rezando por la salud
 de sus seres queridos —es probable que algunos de
 ellos se recuperen— y nuestros cerebros, basados en la ciencia popular, encontrarán significado en estos patrones aleatorios; pero, para poder discriminar las inferencias causales verdaderas de las falsas, la ciencia real suele triunfar sobre la popular.

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