A cada uno su síndrome – Algarabía
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A cada uno su síndrome

Los síndromes son un trastorno pluripatológico, es decir, un conjunto de síntomas que pueden afectar diversos aspectos de la vida de un

De seguro usted ha oído alguna vez sobre uno o varios síndromes, pero lo que no sé es si algún día se ha preguntado qué es exactamente un síndrome o a qué nos referimos cuando hablamos de ellos.

La palabra síndrome proviene del griego συνδρομη /sindromé/, ‘concurso, sistema, confluencia’, y se refiere a un cuadro clínico o conjunto de signos o síntomas con cierto significado que, por sus características, posee una identidad. O sea, mucho y nada a la vez; no obstante, podríamos decir que se trata de un grupo significativo de signos —datos semiológicos1 La semiología es la ciencia que estudia los sistemas de signos, sean éstos lingüísticos o semióticos. Ferdinand de Saussure la concibió como «la ciencia que estudia la vida de los signos en el seno de la vida social». En medicina, es la rama que se ocupa de la identificación de las diversas manifestaciones de enfermedad o inadaptación.— que concurren en tiempo y forma y con variadas causas o etiologías.

Un ejemplo es el Síndrome de Down, en el que hay un conjunto de características dadas en el individuo que posee tres cromosomas en el par 21; o el Síndrome Dismetabólico, caracterizado por un conjunto de padecimientos, como hipertensión, diabetes y obesidad.

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Los síndromes no sólo se aplican a elementos humanos, sino también a fenómenos culturales, como el caso del Síndrome de Escasez o el Síndrome de Vietnam, por ejemplo. Pero, sobre todo, y a últimas fechas, se suelen aplicar a características psicosociales, algo así como trastornos2 v. Algarabía 42, febrero 2008, Ideas: «Trastornos de la personalidad»; pp. 68-72. o parafilias3 v. Algarabía 15, septiembre-octubre 2004, Ideas: «La perversión o parafilia»; pp. 80-84. , complejos o rasgos de carácter y personalidad que, por tener signos que se repiten en varios individuos, se nombra y, por nombrarse, se repiten.

Concurso de locos

En mi círculo de amigos hay una chava divorciada con una vida amorosa catastrófica, estresante y llena de dificultades. Lo que ella tiene, según otro de mis amigos, es el Síndrome de Bovary, que consiste en «una insatisfacción afectiva que la lleva a la búsqueda continua de un amor romántico ideal, un ideal inalcanzable que la lleva al sufrimiento y la frustración».

Mi amiga sería usualmente «una loca de cascos ligeros» —por no decir otra cosa—, pero cuando alguien le mencionó su síndrome se mostró encantada al verse caracterizada con el nombre de la heroína de Flaubert,4 Gustave Flaubert, Madame Bovary; Madrid: Alianza, 1974. y yo me quedé pensando en qué distintas suenan las cosas cuando se adornan con un nombre elegante.

El Síndrome de Bovary es una insatisfacción afectiva que lleva a la búsqueda de un amor inalcanzable.

Existen muchos papás que dicen que su hijo tiene el Síndrome del Emperador, cada vez que el insoportable chamaco les avienta un huevo a la cara. Éste es el síndrome de los niños o jóvenes que no aceptan un no por respuesta ni una mínima contradicción; y yo les digo a esos papás que sus hijos no son más que lo que mi abuela llamaba «escuincles malcriados, jijos del mais».

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Algunos alardean de sufrir el Síndrome Posvacacional, en lugar de reconocer sencillamente que eso de volver al trabajo no siempre es grato. Y si somos mujeres y vivimos enganchadas con un novio que nos trata mal, tenemos el Síndrome de Cumbres Borrascosas. A los hombres inmaduros que vivían con su mami y la familia llamaba señoritos o «solterones empedernidos» ahora hay que compadecerlos porque en realidad sufren el Síndrome de Peter Pan —y por supuesto siempre hay alguien detrás de ellos con el Síndrome de Wendy queriendo rescatarlos—.

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Como, de acuerdo con los médicos, un síndrome es plurietiológico —sus manifestaciones semiológicas pueden ser producidas por diversas causas—, nunca hay a quién culpar. Así, ahora los empleados que faltan a trabajar pueden manifestar que padecen del Síndrome de Burn Out, o sea, de un estado de vacío interior, de desgaste espiritual de tanto trabajar, por lo que se sienten siempre cansados, sin pilas y sin esperanza de recargarlas:

—¿Por qué faltó, Godínez?

—Debido al fuerte sentimiento de impotencia que me invade por el trabajo, ya que, desde que me levanto ya me siento cansado. Siempre estoy estresado, no puedo más, el corazón se me va a parar, tengo el Síndrome del «Quemado» y estoy a punto de internarme en un hospital.

—Ni hablar, ni cómo descontarle la semana.

¡Ah, caray!

Pero no todos los síndromes son tan banales; es decir, algunos hacen dudar profundamente de la cordura del sufriente. Éste es el caso del
 Síndrome de Cotard, también llamado
«delirio de negación» o «delirio nihilista», en el que el afectado cree a pie juntillas haber fallecido, tener putrefactos los órganos o simplemente no existir.

Cuando una persona sufre Síndrome de Cotard, está convencido de haber fallecido o de tener putrefactos los órganos.

Quien lo padece llega a creer que sus órganos internos han 
detenido toda actividad, que sus 
intestinos no funcionan, que su
 corazón no late e, incluso, que se 
están pudriendo; hasta tiene algunas 
alucinaciones olfativas que confirman su delirio
—olores tan desagradables, como el de carne 
podrida—.

En cuanto a síndromes sobre la corporeidad, hay más y
 más raros todavía. Por ejemplo, a las personas que les han amputado una extremidad o cualquier parte del cuerpo les puede atacar el Síndrome de la Extremidad Fantasma, por el cual siguen experimentando dolor o permanencia del miembro amputado en cuestión. ¿La causa? Pues hay varias: depresión, ansiedad, estrés… Quienes lo sufren se quejan de dolores extremos y hasta agonizantes.

Y del otro lado de esta cuerda encontramos el Síndrome de Identidad de la Integridad Corporal —biid, Body Identity Integrity Disorder—; quien lo padece desea tener amputadas una o más de sus extremidades o, en muchos casos, volverse inválido. Este tipo de síndrome, además, se enreda por ahí con la acrotomofilia, que es el deseo sexual por alguien que ya tiene algún miembro amputado; y hay individuos que padecen ambos. Muchos pacientes actuarán como si fueran verdaderos amputados: usarán prótesis y otras herramientas que ayuden a calmar
 sus ansias de invalidez, en tanto que otros más llegarán a amputarse algún miembro.

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Un síndrome como
 éste podría considerarse una variante del Síndrome de Münchhausen, que se caracteriza por inventar y fingir dolencias —o, incluso, provocárselas a sí mismo mediante la ingesta de medicamentos o autolesiones— para llamar la atención de los médicos y ser tratado como enfermo. Acuérdense de Freud y su ganancia primaria y secundaria.5 v. Algarabía, marzo-abril 2004, Ideas: «El nacimiento del psicoanálisis»; pp. 64-69.

El Sínrome de Münchhausen se caracteriza por inventar o fingir dolencias para llamar la atención de los médicos y enfermeras.

Vivimos en un mundo de males mal reconocidos, de caídas irreversibles, de renovados males añejos, porque les hemos puesto nombre y los hemos etiquetado, tal como en el Síndrome de Capgras, una enfermedad mental apenas difundida que produce en quienes la padecen la convicción de que un familiar o un allegado suyo no es tal, sino un doble que le imita a la perfección. Quien lo padece sufre de un desorden cerebral en el que el sistema de reconocimiento visual y la memoria fisonómica no funcionan.

Síndromes para rato

Los síndromes abundan y cada día se genera uno nuevo. Si usted conoce a gente pelada, majadera, impropia o escatológica, tal vez padezca el «síndrome de Tourette», o sea, un trastorno neurológico heredado que provoca que quien lo padece profiera palabras y frases inapropiadas de manera involuntaria y repetida.

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El paciente también sufre tics nerviosos y le gusta hablar de heces, excremento, etcétera. Y aunque este síndrome puede padecer vulgar, no lo es, ya que también lo padecieron genios como Mozart y James Joyce.6 Si no lo cree, puede leer Cartas a Nora Barnacle, de James Joyce.

Si desea conocer más sobre síndromes, consulte Algarabía 51 y 52.

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