Cates y trompadas

Una décima de segundo fue suficiente para desatar el caos.

Al principio, la sala estaba en completa calma. Todo mundo en su asiento, en silencio. Algunos dormían mientras otros —los menos— escuchábamos las palabras del hombre con traje azul que hablaba al frente.

Llevaba casi ocho minutos de discurso, interrumpido sólo en un par de ocasiones por aplausos y uno que otro chiflido. De pronto, como si su mente hubiera hecho corto circuito, gritó ante el micrófono «¡Ustedes son unos miserables!». Cual declaración de guerra, los asistentes se levantaron de sus asientos para «echársele encima». En unos cuantos segundos, un señor logró acercársele y, en medio de insultos, le propinó un cate —creo yo, para reacomodarle las ideas— al que el hombre del traje azul respondió con una trompada en la mandíbula de su contrincante, quien cayó—medio mareado— de espaldas.

Según el Diccionario del Español de MéxicoDEM—,cate se refiere a «cada uno de los puñetazos a mano limpia que se dan los que intervienen en una pelea», mientras que trompada la define como «el golpe dado con el puño». Profundizando, en su Breve diccionario etimológico de la lengua castellana, Joan Corominas explica que cate proviene del gitano caté —o casté—, ‘bastón’ y significa «bofetada o golpe». Por fortuna, nadie llevaba consigo un bastón aquel día. De lo contrario, más de uno hubiese tenido que salir en ambulancia.

Por otro lado, trompada es una palabra que data del siglo XVIII—del año 1739, para ser precisos— y refiere al «encontrón que de narices se dan dos personas». La Real Academia Española también la ha definido como «puñetazo».

Con el paso del tiempo hemos dejado de utilizar ambos vocablos. Uno podría pensar que este desuso se debe a que resulta más emocionante decir chingadazo, pero no es así. La similitud entre ambas palabras es —quizá— lo que ha provocado que ya no formen parte de nuestro vocabulario cotidiano.

En la sala gritaban todos, pero nadie escuchaba a nadie. Al cabo de unos instantes, el combate protagonizado por el hombre de traje azul ya no era el único. Todos habían encontrado con quién agarrarse a cates y trompadas.

Fue necesaria la ayuda del cuerpo de seguridad para escoltar a los más revoltosos hacia la salida. Luego de que se «calmaran las aguas», el recinto fue desalojado para evitar un nuevo conflicto.

Si alguna vez vuelvo a sentir la curiosidad de ir a la Cámara de Diputados, me daré un cate a mí mismo para recordarme que aquel lugar puede ser un espacio de diálogo, pero también una retahíla de trompadas.

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