Bodegón a la mexicana – Algarabía
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Bodegón a la mexicana

Y, si de pintar nuestra comida se trata, tenemos el bodegón.

Ciruela, chabacano, melón o sandía, naranja dulce, limón partido, colores y más colores te doy, mi niña, para que pintes el jugo de la toronja y la piña… Y, si de pintar nuestra comida se trata, tenemos el bodegón, señito, donde, además, le pusimos su pilón muy a la mexicana, con ingenuidad, con sus fruteros de talavera, su papel picado, con su mole en barro de Tlaquepaque, un jarro de chocolate y un buen vaso de pulque, pa’ que amarre. Así, lo que se denomina como Escuela Mexicana de Pintura se apropió de un género centenario para imprimirle un sello propio, desenfadado, rústico y sabroso.

La alacena

Antonio Pérez de Aguilar, Alacena, 1769.

Bodegón con piña

Hermenegildo Bustos, Bodegón con piña, 1877.

Bodegón con frutas

Hermenegildo Bustos, Bodegón con frutas (con alacrán y rana), 1874.

Cocina poblana

Anónimo, Cocina poblana, s/f, siglo XIX.

Naturaleza muerta con nochebuena

Saturnino Herrán, Naturaleza muerta con nochebuena, s/f.

El bodeguero…

La pintura, como cualquier otra manifestación artística, tiene diversos géneros, es decir, una manera de estructurar la obra y de categorizarla en relación con otras pinturas, independientemente del estilo, tendencia o corriente del momento o época. Por eso es que a las pinturas las clasificamos como «bodegón» o «naturaleza muerta», marina, paisaje, desnudo, pintura de género —es decir, de escenas de la vida cotidiana—, retrato, autorretrato y hasta selfies.

El bodegón o naturaleza muerta es un tipo de pintura donde se representan, retratan alimentos y objetos de cocina que normalmente se copian de la realidad. Nada más a la mano que la comida y los trastes para hacer los primeros ensayos de un artista plástico en ciernes. Casi todos cuantos nos hemos topado con un pincel y unas acuarelas, o bien, con unos tubitos de óleo, hemos ensayado este retrato, el cual, para haber llegado a la plana mayor del arte, necesitó de la maestría divina de Caravaggio, de la intimidad de Vermeer y de la luz de Cézanne. Prácticamente no hay pintor que no haya compuesto un bodegón; por ese motivo, durante mucho tiempo se le consideró un género menor, cuando no un «simple ensayo».

Naturaleza muerta con flores

Diego rivera, Naturaleza muerta con flores, escudilla de fruta, libro y tarro de jengibre, ca. 1907-1910.

Naturaleza muerta con Barco

Gabriel Fernández Ledesma, Naturaleza muerta con Barco, 1939.

Naturaleza muerta Bodegón

Francisco Gutiérrez, Naturaleza muerta [Bodegón], 1941.

Tres calabazas

David Alfaro Siqueiros, Tres calabazas, 1946.

Bodegón rojo

Olga Costa, Bodegón rojo. s/f.

Una peculiaridad del bodegón es que se trata del grupo de objetos y lo que éstos representan. No hay figuras humanas, no hay animales vivos y, en cambio, hay flores, papeles e instrumentos; es decir, es la instantánea de las huellas de la actividad humana: alguien anduvo por ahí o el tiempo pasó. Para ello, la luz resulta fundamental, y así lograr imprimir acentos expresivos de intimidad, gloria, olvido, descuido, vida, abandono o el final de un día.

Una mexicana que fruta vendía

A México el bodegón llegó sin fuerza, pues la pintura virreinal se centró en el retrato de personajes ilustres y adinerados o en los temas religiosos y clásicos. Por esta razón es difícil encontrar piezas como las de Antonio Pérez de Aguilar, quien, en 1769, pintó La alacena, que, por más influencia europea que tenga, el tenate de las tortillas y el molinillo del chocolate denota ya la cocina mexicana. Algunos trabajos anónimos muestran unas mesas cotidianas y regionales que dan fe de los hábitos y nivel de economía doméstica de aquellos tiempos.

Una de las piezas más bellas por su composición y técnica es el Bodegón con frutas (con alacrán y rana), pintado en 1874. En él, Hermenegildo Bustos, su autor, influido por la estampa botánica, muestra una gran variedad de frutas y verduras acomodada como un catálogo sobre fondo casi blanco, de una sobriedad elegantísima, al igual que El jilguero de Fabritius de pleno Siglo de Oro de los Países Bajos. Los bodegones de José Rosales son piezas técnicamente impecables, al estilo preciso y brillante de Caravaggio, totalmente anacrónicas, en los que evita aquello que se viera como nacionalismo decadente —color, color más textura, textura— de los años 70 y 80 del siglo pasado.

Viva la vida

Frida Kahlo, Viva la vida, 1954.

Calabazas con pan de muerto

María Izquierdo, Calabazas con pan de muerto, s/f.

Bodegón

Rufino Tamayo, Bodegón, s/f.

Manzanas

Jesús Reyes Ferreira, Manzanas, s/f.

Bodegón granadas y olla

José Rosales Arostegui, Bodegón, granadas y olla, s/f.

Naranjas y limas, limas y limones

Pero se nos vino la Revolución y, con ella, el nacionalismo, la necesidad de contar con una identidad visual propia, ajena a corrientes y estilos extranjerizantes que, además, pusieran de relieve nuestras costumbres, hábitos y cultura, que había por doquier en nuestra historia —que Diego Rivera inventaba en frisos y muros—, nuestras costumbres cotidianas, nuestras expresiones, fiestas, ferias, celebraciones y, evidentemente, nuestra comida. Y de ahí surgen lo mismo la multiplicación de temas que una explosión inacabable de color, como el de los grandes coloristas Chucho Reyes, María Izquierdo y el maestro finísimo Rufino Tamayo.

La escuela mexicana agrupó prácticamente a todos aquellos que tenían sus intereses en lo nuestro y buscaban una estética identitaria y original totalmente alejada de las vanguardias y movimientos estéticos del resto del mundo. Encabezados por Diego Rivera —que había tenido su periodo cubista y vuelto de Europa peleado con todos—, los artistas nacionales abren una brecha o un camino alterno que los separa de la evolución estilística internacional, como señala el crítico Sir Herbert Read: «La escuela mexicana […], como sus contemporáneos rusos, ha adoptado un programa propagandísitco», que a la postre derivó en un total folklorismo donde la idealización y el infantilismo superaron la influencia de la ingenuidad del exvoto y el poder del contenido social.

Máscara cora

Raúl Anguiano, Máscara cora, 1972.

Bodegón

Gustavo Montoya, Bodegón, 1982.

Naturaleza muerta con calabazas y chiles

Luis Nishizawa, Naturaleza muerta con calabazas y chiles, 1985.

Naturaleza muerta con embudo

Alfredo Zalce, Naturaleza muerta con embudo, s/f.

David Alfaro Siqueiros, Olga Costa, Frida Kahlo, Gustavo Montoya, Luis Nishisawa, Francisco Gutiérrez, Jorge González Camarena, Roberto Montenegro, Saturnino Herrán, Alfredo Zalce, Rina Lazo, Cordelia Urueta, Juan Soriano, Germán Gedovius, entre muchos otros, se formaron en la fila de la naturaleza muerta y, cada uno a su modo, plasmaron en color y dieron fe de nuestra inigualable riqueza gastronómica. Luego vino el Movimiento de Ruptura hacia mediados del siglo XX, de corte totalmente abstracto, y, entonces, el bodegón regresó a las clases de pintura de los sábados y no parece más que una antiguaya que ya no vale la pena pintar… a menos, claro, que el autor sea un Picasso reloaded.

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