Los niños ferales
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Los niños ferales

En la literatura, dos personajes descuellan como los niños salvajes por excelencia: Mowgli y Tarzan.

Todos los epígrafes de este artículo están tomados de «La historia de Mowgli», en El libro de la selva, de Rudyard Kipling (1894).

¿Ha habido jamás un lobo que pudiera jactarse de tener un cachorro humano entre sus hijos?

Hubo una vez, siglos antes de la era cristiana, una vestal llamada Rea Silvia, de quien se enamoró el dios Marte. Aunque ella estaba obligada a mantenerse virgen por 30 años, Marte la violó, engendrando en ella a unos gemelos, que, por ser fruto del crimen y el pecado, fueron puestos en una cesta y dejados a la deriva en el río Tíber. Así fue como la loba Luperca halló la cesta y crió a Rómulo y Remo, que años más tarde fundarían la ciudad de Roma.

No se sabe si Rómulo y Remo existieron o si se trata de un mito, lo cierto es que el haber sido amamantados por una loba los convierte en los humanos salvajes más célebres de la mitología, aunque no son los únicos: la cabra Amaltea fue nodriza de Zeus, mientras que el mejor amigo del héroe Gilgamesh es Enkidu, un muchacho criado por y con bestias.

De los libros

Ahora le estoy enseñando las palabras clave de la selva,
que lo protegerán contra los pájaros, el pueblo de las
serpientes y cuanto cuadrúpedo combativo haya.

Pasando a la literatura, dos personajes descuellan como los niños salvajes por excelencia: Mowgli —‘la Rana’—, criado por lobos y protagonista de uno de los relatos reunidos en The Jungle Book —El libro de la selva—, escrito por el británico Rudyard Kipling y publicado por vez primera en 1894; y Tarzán —‘Piel Blanca’—, «Rey de los monos», personaje principal de la serie de novelas del estadounidense Edgar Rice Burroughs, que comienza con Tarzan of the Apes —Tarzán de los monos— (1912).

Ambas historias nos hablan de humanos protegidos y fortalecidos por la vida salvaje: Mowgli es un niño feliz, algo arañado por jugar con sus hermanos lobos, pero sano y sabio por las enseñanzas del bonachón oso Baloo y de la sigilosa pantera Bagheera. Por su parte, Tarzán se convierte en un muchacho de 10 años con la fuerza de un hombre de 30, puede saltar más de siete metros de un árbol a otro y tiene un abdomen —véase la película más reciente sobre este hombre-mono— más estructurado que el que se pueda crear en el mejor de los gimnasios.

De la vida real

Mowgli creció al lado de los lobatos, aunque ellos,
naturalmente, se hicieron lobos adultos mucho antes de
que él llegara a ser muchacho. Papá Lobo le enseñó el
significado de las cosas de la selva, hasta que cada crujido
de la hierba, cada nota de los búhos ocultos en el ramaje
de los árboles y cada rumor de los pececillos al saltar en las
aguas, significaron tanto para él como lo que el trabajo de
oficina representa para el hombre de negocios.

Los niños salvajes o niños ferales son aquellos que han permanecido los primeros años de su vida en aislamiento, es decir, sin contacto con otros seres humanos. Éstas son algunas historias, por cierto, no tan idealizadas como las de Mowgli y Tarzán.

El niño de Hamelin. En julio de 1724 un campesino de la localidad alemana de Hamelin encontró un joven moreno e hirsuto vagando por el campo. Lo atrajo con dos manzanas y lo capturó. Al muchacho, de unos 12 o 13 años, le pusieron el nombre de Peter e intentaron educarlo. Sólo comía hierbas y carne cruda con las manos y en cuclillas; no hablaba, creían que por una anormalidad en la lengua, y una y otra vez intentaba escapar. Peter fue obsequiado como curiosidad animal al rey Jorge I de Inglaterra, y después pasó a ser el protegido de la princesa Carolina de Gales. Fue observado y estudiado por el doctor John Arbuthnot y sus amigos Alexander Pope y Jonathan Swift, pero no lograron integrarlo a la civilización. Finalmente fue llevado a Hertfordshire, donde un campesino lo cuidó hasta su muerte. Nunca aprendió a decir más de dos o tres palabras y jamás se le vio sonreír.

El hijo del bosque. Las ideas ilustradas de Rousseau y otros acerca del buen salvaje —el hombre es naturalmente bueno y es la sociedad la que lo corrompe— tuvieron oportunidad de ser demostradas cuando en 1799 un niño feral fue capturado vagando por la región de Aveyron. Aparentaba unos 12 años y se le había visto antes en un bosque cercano a los Pirineos, al sur de Francia. Dos veces había sido capturado y dos veces había escapado, pero en la tercera, fue nombrado Víctor y llevado a una institución para sordomudos en París, donde el profesor Jean Marc Gaspard Itard se dedicó a cuidarlo, enseñarlo y estudiar su caso. Durante cinco años trabajó con él e hizo algunos progresos gracias a las técnicas de imitación y condicionamiento, pero al final Itard se dio por vencido. El pequeño no era peligroso para la sociedad, pero era incapaz de asimilarse a ella o de ser independiente. Víctor se quedó con la señora Guérin, ama de llaves de Itard, quien lo cuidó durante 20 años hasta la muerte de este buen salvaje. Su caso está documentado en un libro de Itard y en la película L’enfant sauvage —El pequeño salvaje— (1970), de François Truffaut.

Fotografía de la película El pequeño salvaje, de FranÇois Truffaut, 1970.

Continua leyendo el artículo completo en nuestra edición 146 y descubre más casos de niños ferales.

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