Yves Klein. Mucho más que sólo azul
Algarabía 175 Arte

Yves Klein. Mucho más que sólo azul

Artista francés del movimiento neodadaísta y creador de un tono que no existía.

Acompáñeme al museo: imagine que hasta ahora el recorrido ha sido más o menos con la misma secuencia en que las vanguardias del siglo XX sucedieron. Nuestros ojos están llenos con el color, fuerza y estridencia de Pollock, Dubuffet y Kooning. La violencia de los trazos y la profusión cromática nos han provocado una pequeña tormenta en la cabeza, pero al entrar a la siguiente sala un enorme cuadro azul intenso llena nuestras pupilas, es tan grande y liso que sólo percibimos su color y su textura fina que, de alguna manera, nos abraza. Podría uno pensar, ¿y esto qué chiste?, pero la sutileza del ambiente nos hace sentir calma y nos da la impresión de que todo movimiento está suspendido. De inmediato recordamos que la naturaleza muchas veces nos ha inspirado esa misma sensación en días en los que el viento sopla y desnuda de nubes el cielo, dejándolo tan azul que, como dice Pellicer: «Se cae de morado».

Más o menos así, deslumbrado y azorado quedó Yves Klein en 1947, al ver uno de esos cielos despejados del Mediterráneo. Él y sus amigos, Claude Pascal y Armand Fernández, se «repartieron» el mundo aquella tarde; a Klein le correspondió el cielo y su infinito: «Yo elijo el azul, ése es mi universo». Entonces comprendió lo que era la experiencia de sentir sin la necesidad de ser provocado por un objeto, vislumbró la desmaterialización del arte, lo que, en resumen, marcó su obra. Podría decirse que aquella tarde vivió una epifanía, pero lo cierto es que desde muy joven contempló al arte de una manera peculiar y anduvo tras esos conceptos audaces y auténticos.

Sus padres, ambos artistas plásticos, fueron Fred Klein y Marie Raymond. En su casa se respiraba arte, se veía arte, se escuchaba de arte, de Postimpresionismo, de Informalismo, de vanguardias y de formas concretas. El niño de la casa, nacido en 1928, vivió sus años de infancia en un periodo que la historia del arte se considera de transición, pues los grandes maestros consolidaban lo que habían iniciado dos décadas antes y el siguiente paso estaba aún en gestación. Durante su adolescencia, Yves se inició tanto en el arte como en la práctica del judo; incluso llegó a ser cuarto Dan, el grado máximo al que un europeo puede aspirar.

Resultado de extensos viajes por Oriente y Europa, de la influencia del informalismo en el arte y del acopio de una gran cultura, en los siguientes tres años.

Klein se perfiló como un artista lleno de ideas y propuestas novedosas ejecutó en papel sus primeras monocromías y empezó a gestar el concepto «ilusión del arte», que no «pieza de arte».

Apenas unos meses antes de la edición de sus primeras colecciones de grabados monocromáticos, el artista se dio a la tarea de escribir Los fundamentos del judo, que publicó en 1954.

Durante su corta vida, la mente revolucionada y la visión de Klein dieron por resultado una obra incatalogable, pues para algunas tendencias llegaba tarde y para otras era un adelantado. Renato Barilli señala: «Es un caso retrasado de la recuperación literal del Dadaísmo […]; por otro lado, está ya proyectado hacia el futuro de tal manera que anticipa el arte conceptual, el Body Art de finales de los años sesenta —cuando Klein ya había muerto—. […] A él se le deben atribuir dos procedimientos fundamentales: la monocromía, de la cual surgió el sobrenombre de “Yves le monochrome”, y las huellas, el cuerpo estampado en la tela como una especie de “sudario” de sabor vagamente informalista».

La época monocromática conoció, además del azul, carmines, rosas, naranjas, verdes; sin embargo, ninguno de esos tonos lo acercaba a un sello específico y propio. Es por eso que se dio a la tarea, de trabajar al lado del químico Edouard Adam, quien lo ayudó a definir su color identitario.
El Azul Internacional Klein —IKB—fue patentado en 1955: Klein jamás cesó de utilizarlo.
Todo lo que vemos es profusión y simultaneidad de formas y colores; hacia donde miremos, por ejemplo al espejo, vemos el color de nuestra piel, del pelo, de los ojos, de los dientes, sean los que sean. El mundo es fabuloso Technicolor, pero Klein decidió que no había más que un solo color, el suyo; todo lo pintó de ese tono, en consecuencia, tenemos la impresión de nunca antes haber visto el azul. Es el señor color, es la monocromía, es lo que llamó la Sensibilidad Pictórica Inmaterial. El color nos hace sentir a través de su propia imagen, sin referirse a ningún objeto o narración, ni siquiera a la de Klein ni a su expresión autoral:
«Primero no hay nada, luego hay una nada profunda, después hay una profundidad azul»
Por eso vemos en sus obras la renuncia a la complejidad de la forma y la constancia en el empleo de soportes sumamente simples que subrayan el IKB.

Al enfrentarnos a su maravilloso vacío azul, Klein tenía por objeto despertarnos sensaciones y reacciones que, de otra forma, es probable que pasaríamos por alto. A pesar de que el azul es considerado un tono frío, el suyo es cálido, quizá provocado por las texturas resultantes de mezclar con el pigmento puro esponjas y tierras que crean diferencias de luz y sombra dentro del campo visual.

Durante una conferencia dictada en París, en 1958, explicó: «La técnica es un medio, la ciencia como el arte es un fin. En ningún caso la técnica puede convertirse en una entidad completa, autónoma, como lo es el hecho científico o la obra de arte. “¡Malhaya el cuadro que nada muestra más allá de lo finito! El mérito del cuadro es indefinible: es justamente lo que escapa a la precisión”, transcribe de Delacroix en su diario».

De esta idea fija de un solo tono, en 1948 había dado forma al proyecto de la Sinfonía monotonal- silencio, que consiste en la ejecución de una misma nota durante algunos minutos, seguida de un largo silencio. No fue sino ha a 1960 que la integró a Anthropométries de l’Époque Bleue, un performance ejecutado en la Galerie International d’Art Contemporain. Como todo un director de orquesta, Klein dio la indicación, a cerca de 30 músicos y un coro, del comienzo de la sinfonía y la prolongación de su única nota; unos instantes después señaló a un grupo de modelos los movimientos necesarios para que, luego de haber cubierto sus cuerpos con la pintura IKB se estamparan sobre lienzos blancos de acuerdo con posturas y movimientos ya previstos. Todo el acto, en el que buscaba capturar las huellas de los efímeros «estados de la carne», fue recogido en un filme corto que, de acuerdo con críticos y expertos de arte, es en el que se sientan las bases para lo que terminará siendo una práctica común dentro del arte conceptual y sus medios: happening y performance.

Lee el artículo completo en Algarabía 175.

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