La Venus, Nefertiti y la mirada occidental
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La Venus, Nefertiti y la mirada occidental

La mujer es ídolo y objeto, diosa y prisionera.

La primera muestra de arte occidental es la llamada Venus de Willendorf, una pequeña estatuilla de once centímetros de la Edad de Piedra hallada en Austria. En ella vemos todas las extrañas leyes del culto telúrico primitivo. La mujer es ídolo y objeto, diosa y prisionera. Se halla enterrada en la masa abultada de su propio y fecundo cuerpo.

La Venus de Willendorf tiene un nombre cómico, pues no es bella bajo ningún estándar. Mas su belleza no había emergido aún como criterio para el arte. En la Edad de Piedra, el arte es magia, una recreación ritual de aquello que es deseado. Las pinturas rupestres no debían ser vistas. Su belleza, para nosotros, es incidental. Bisontes y renos atiborran los muros, siguiendo rocosas crestas y ranuras. El arte era invocación y llamado: ¡oh, Madre Naturaleza, haz que retornen las manadas para que el hombre pueda comer!

Las cuevas eran las entrañas de la diosa y el arte, un garabato sexual, una impregnación. Tenía ritmo y vitalidad, pero no estatus visual. La Venus de Willendorf, una imagen para el culto moldeada a medias de una burda piedra, no es bella porque el arte aún no había hallado su relación con el ojo. Su grasa es símbolo de abundancia en una era de hambruna. Ella es la demasía de la naturaleza a quien el hombre ansía dirigir su salvación.

La Venus de Willendorf trae su cueva a cuestas. Está ciega y enmascarada. Sus trenzas de pelo amaizado prevén la invención de la agricultura. Tiene el ceño fruncido. Su falta de rostro remite a lo impersonal de la religión y el sexo primitivos. No hay todavía psicología ni identidad, porque no hay sociedad ni cohesión. Los hombres se acobardan y se desperdigan ante el azote de los elementos. La Venus de Willendorf carece de ojos en tanto que la naturaleza puede ser vista, pero no conocida: es remota incluso mientras mata y crea. La estatuilla, tan rebosante y protuberante, es ritualmente invisible. Reprime al ojo. Es la sombra de la noche arcaica.

Abultada, bulbosa, burbujeante, la Venus de Willendorf se inclina sobre su propio vientre, atendiendo la olla hirviente de la naturaleza. Se halla eternamente preñada. Incuba en todos los sentidos; es gallina, nido y huevo. Los términos latinos mater y materia, ‘madre’ y ‘materia’, están interconectados etimológicamente. La Venus de Willendorf es la madre naturaleza como fango primigenio rezumando formas en sus comienzos. Es fémina, no femenina. Turgente como fuerza primigenia, hinchada de grandes expectativas. Sin pies, puesta de cabeza, se vendría abajo. Mujer inmóvil, lastrada por los montículos inflados de su pecho, vientre y trasero. Como la Venus de Milo, la Venus de Willendorf no tiene brazos: son aletas rayadas en la piedra, sin evolucionar, sin uso. Sin pulgares, no lleva herramientas. A diferencia del varón, no puede deambular ni construir. Es una montaña que se puede escalar, pero nunca moverse.

Mujer meteorito

Venus es una solipsista que se mira el ombligo. Su ser hembra es autorreferencial y autorreplicante. Delfos era llamada la ónfalos u ‘ombligo del mundo’, destacada por una roca sagrada e informe. Un meteorito negro, imagen primitiva de Cibeles, fue llevada de Frigia a Roma para salvar la ciudad durante la última guerra púnica. El Paladio, una imagen de Atenea enviada por Zeus y de la que dependía el destino de Troya, era probablemente uno de esos meteoritos. Hoy, la Kaaba, el santuario interior de la Gran Mezquita de La Meca, consagra un meteorito, la Roca Negra, como la reliquia más sagrada del Islam. La Venus de Willendorf es un tipo de meteorito, un objeto estrafalario y místico, con chichones y de fortuito hallazgo. El ónfalos délfico era un cono, matriz y colmena. La capucha tejida de la Venus es como una colmena, la cual prefigura las pelucas de la corte francesa o los altos peinados de laca de los promiscuos años sesenta. La Venus zumba para sí misma, reina todos los días, mujer de todas las estaciones. Duerme. Hiberna y cosecha, como la rueda del año que gira. La Venus de forma de huevo piensa en círculos y subsume la mente en la materia.

El sexo, he dicho, es un descenso al inframundo, un diario hundirse del culto al cielo en el culto a la tierra. Es abdominal, abominable y demoníaco. La Venus de Willendorf se hunde, desapareciendo en su propio laberinto. Es un tubérculo enraizado en un puñado de tierra. Kenneth Clark divide los desnudos femeninos en la Afrodita vegetal y la Afrodita cristalina. Inerte y comunicativa consigo misma, la Venus de Willendorf representa el obstáculo de la naturaleza sexual y vegetal. Es en su santuario donde, con sexo oral, rendimos culto. En las entrañas de la madre tierra, sentimos pero no pensamos ni vemos. La Venus se reduce a un delta púbico, con las rodillas abrazadas y apretadas en el agudo ángulo pélvico de la matrona de anchas caderas que no la deja correr a gusto. El meneo femenino es el andar de pato de nuestra Willendorf regodeante, que nada en el río subterráneo de una naturaleza líquida. El sexo es tanteos, plomería, secreciones, efusiones. La Venus dormita y hace radiestesia, rememorando estímulos en su bolsa de aguas.

Nefertiti

El segundo ejemplo de arte occidental es el busto de Nefertiti. Cuán familiar es y cuán extraño nos resulta. Es lo opuesto a la Venus de Willendorf. Es el triunfo de la imagen apolínea sobre el horror y la joroba de la madre tierra. Todo lo graso, flojo y somnoliento se ha esfumado. El ojo occidental está abierto y alerta. Ha forzado a los objetos dentro de un marco inmovilizado. Pero la liberación del ojo tiene un precio. Tensa, quieta y trunca, Nefertiti es el ego occidental en vitrina. El glamour radiante de esta persona sexual suprema nos llega de un palacio-prisión, de un cerebro hiperdesarollado. La cultura occidental, al remontarse hacia el sol apolíneo, se deshace de una carga sólo para echarse otro fardo encima.

El busto, encontrado por una expedición alemana en Amarna, en 1912, data del reinado de Akenatón —1353-36 a. C.—. La reina Nefertiti, esposa del faraón, viste una corona-peluca peculiar de la XVIII dinastía y que se observa sólo en la reina Tiy, la formidable madre de Akenatón.

El busto es de piedra caliza y estuco pintados; el ojo es un injerto de cuarzo. Las orejas y el ureo —la serpiente regia en la frente— están rotos. Los investigadores se han debatido sobre si la pieza es un modelo de estudio para
artistas de la corte.

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