Cine gore
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Algarabía 166 Arte

Cine gore

El género de cine que ha llevado a experimentar y alcanzar simulacros catárticos que aseguran el daño que los cuerpos pueden sufrir llenos de horror.

Si desde los primeros tiempos hemos contado historias sobre los males que acechan en la oscuridad, fue para experimentar «simulacros» catárticos que nos dejaran analizar, a distancia segura, el daño que nuestros frágiles cuerpos pueden sufrir. Ésta ha sido una de las funciones sociales del cine de horror, y es en el gore donde se han alcanzado los grados más reales de este violento simulacro.

Una historia de violencia al presenciar la representación de la muerte y el dolor en un ambiente seguro obtenemos lo que Aristóteles llamaba kátharsis —del griego κάθαρσις—:la purga de emociones y terrores a través del arte. Éste era el objetivo de las tragedias griegas; decía Albert Henrichs: «No son para los débiles de corazón. Hieden a sangre y están sembradas de cadáveres»; obras como Edipo Rey, Medea o La Orestíada son las raíces más antiguas del gore, si bien el enfoque escénico era opuesto: el teatro se consideraba sagrado y la violencia extrema se presentaba fuera de la vista de los espectadores sin que por ello se rompiera la empatía del horror.

Esto cambió con la llegada de los romanos, que vieron en las populares ejecuciones públicas una buena oportunidad para montar escenificaciones de relatos miológicos:
 aquel que impersonaba a Hércules era quemado vivo; el que ayudaba como Attis era obligado a autocastrarse; el desmembramiento de Orfeo era «actuado» con un criminal y un oso.

Desde 1502 ha a 1625, el teatro renacentista inglés presentaba una intensa crueldad corporal, particularmente en el isabelino, de sangrientas tragedias de venganza,
 y en el jacobeo, en el que la sexualidad femenina
 detonaba dramas de grotesca brutalidad. En 1897
 llegó el Théâtre du Grand Guignol; levantado en las 
ruinas de un antiguo convento en París, escenificaba 
los más sádicos asesinatos, mutilaciones y torturas
 tan sangrientas que la audiencia con frecuencia 
huía, vomitaba o se desmayaba antes de que cayera 
el telón. Gozó de enorme fama, pero después de la II Guerra Mundial y los horrores que ésta mostró al mundo, terminó por cerrar sus puertas en 1962.

La metamorfosis del cine de horror

Aunque Georges Méliès y sus aranñas gigantes y demonios habían cimentado el terror fantástico en la pantalla desde 1889, fueron la literatura goótica y el Guignol las influencias vales para el cine de horror. En 1912 Maurice Tourneur y André de Lorde —guioni a del Guignol— retomaron una de sus sádicas obras —adaptada de un cuento de Edgar Allan Poe— para el cortometraje Le Systeme du Docteur Goudron, iniciando una oleada de «préstamos estilísticos» del teatro al cine; para 1920 el expresionismo alemán, caracterizado por sus claroscuros de ángulos extremos que daban una atmósfera de pesadilla, daría origen a la primera película formal del horror, El gabinete del Doctor Caligari.

En 1930 comenzó la «Edad dorada» del cine de horror: su primera superestrella fue Lon Chaney con El fantasma de la ópera (1925) seguido por el «ciclo de monstruos» de la Universal Studios, inaugurado por Frankenstein, de James Whale, y Drácula, de Tod Browning, ambas de 1931. Fue una época de gran avance en maquillaje, efectos especiales y experimentación estética; Sin embargo, a la entrada del código Hays entre 1930 y 1934 —un método de restricción temática presionado por los conservadores— se prohibieron las escenas violentas, sexuales y los «temas groseros, repugnantes o desagradables».

Los grandes estudios estadounidenses tuvieron que volverse ingeniosos para «filtrar» el horror y otros temas «tabú»; Sin embargo, los «vigilantes morales» no parecían interesados en las pequeñas cintas de presupuestos mínimos. Así, las películas Serie B —aquellas con las que los cines rellenaban las horas muertas entre sus funciones estelares— se convirtieron en el refugio de las hordas de fanáticos, particularmente adolescentes, sedientos de sangre fílmica.

Los géneros corporales

Queda claro que el recurso del gore existía ya en cintas como Murders in the Zoo (1933), donde el sádico dueño
 de un zoológico cose la boca de su adversario; Il caso Valdemar (1936) con su legendaria escena de putrefacción; en películas de la Hammer Productions como The Curse of Frankenstein (1957) y Horror of Dracula (1958) ambas en
 un brillantísimo technicolor que acrecentaba el shock de la sangre ocasional, o en The Brain at Wouldn’t Die, producida en 1959 pero, debido a la censura, entrenada hasta 1962. Sin embargo, en el género gore la trama pasa a ser un pretexto para mostrar a detalle toda forma de violencia idealizada que pudiera imaginarse para de destruir un cuerpo.

La investigadora Linda Williams se refiere al melodrama, a la pornografía y el horror como «géneros corporales» debido a que la involuntaria respuesta física que provocan en el espectador mimetiza las que éste ve en pantalla. Tan importantes son las respuestas fisiológicas en estos géneros, que el grado en que la película logra producirlas es determinante para juzgar su calidad: una buena película de horror no es la que tiene una bella fotografía
 o actores prodigiosos: es la que logra, por cualquier recurso, asustarnos. En el caso del gore, su único cometido es el de causar las respuestas más viscerales: repulsión, desespero, horror o excitación.

Bienvenidos al festival de la sangre

En 1962, apenas un año después del cierre del Grand Guignol, el director Herschell Gordon Lewis, codicioso del éxito financiero que Hitchcock había logrado con Psicosis y sintiéndose engañado por su falta de violencia explícita, decidió crear un nicho lucrativo que hibridara la pornografía suave y el horror de bajo costo.

Con un exiguo presupuesto de 24 mil dólares, un «guión» de 14 páginas, efectos tan grotescos como risibles y un rodaje de seis días en un motel de Miami, creó Blood FeastFestín sangriento—, la historia de un proveedor de comida egipcio que destaza y cocina a mujeres bellas como parte de un antiguo ritual que resucitará a la diosa Ishtar. La película recaudó 7 millones de dólares, dando inicio al lucrativo género cinematográfico del horror gore. Siete años más tarde, el director George A. Romero reviviría el género —ya para entonces poblado de explotación barata y repetitiva— con La noche de los muertos vivientes (1969), madre del género zombi moderno. Hecha en nueve meses con 114 mil dólares y filmada en blanco y negro para ahorrar gastos, cuenta
 la historia de un grupo de extraños que, atrapados en una granja, son acechados por una horda de muertos caníbales. Sangrienta, autofóbica y crítica con la sociedad, reescribió las reglas del horror, mostrando
 al público, a los realizadores y a la crítica que una pequeña cinta splatter podía ser una obra maestra de la cinematografía

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