Desde la redacción

Tamara de Lempicka: sexo, drogas y art decó

¡Hijitos de mi alma! De paso por esta cosmopolita ciudad me he tropezado de frente con la mujer que es actualmente la comidilla de París: la niña bien y pintora art decó Tamara de Lempicka.

¡Hijitos de mi alma! De paso por esta cosmopolita ciudad me he tropezado de frente con la mujer que es actualmente la comidilla de París: la niña bien y pintora art decó Tamara de Lempicka.

Esto ocurrió en la fiesta que ofreció una amiga —a quien prometí guardar su identidad— y a la cual llegó la artista ya un poco colocadita, la verdad.

Tamara es una mujer de 30 años muy guapa, alta, delgada, rubia, con un cabello y una caída de pestañas un poco a lo Greta Garbo. Es tremendamente fiestera y sus cuadros han tenido tal éxito últimamente que todos, pero todos —nobles, intelectuales, empresarios y socialités— quieren que les haga sus retratos.

Además de ser el ajonjolí de todos los moles, en estos momentos hablan de Tamarita porque la chica se acaba de conseguir un amante… ¡a sólo unas cuantas semanas de su divorcio! Ella estuvo casada desde los 18 años con el ruso Tadeusz de Lempicki. Vivieron muchas aventuras juntos, pero la más peligrosa fue al ocurrir la Revolución Rusa, cuando él fue arrestado junto con otros miembros de la nobleza y Tamara lo salvó y logró sacarlo del revuelto país, se dice que otorgando ciertos favorcitos muy… íntimos, digamos, a quienes lo habían encarcelado.

Pues bien, el caso es que en aquella época —1917-1918—, los Lempicki pasaron por Dinamarca e Inglaterra antes de llegar a establecerse en París, donde tuvieron a su hijita Kizette y Tamara empezó a tomar clases de pintura. Se aplicó tanto que, en 1925, tuvo una exposición individual muy exitosa en Milán, Italia. Y bueno, su fama fue creciendo y se le subió un tanto a la cabeza.

De por sí, Tamara nunca ha sido, lo que digamos «sencillita». Nació en cuna de oro y hasta ahora ha vivido entre lujos y comodidades. Pero en estos últimos años gracias a la fortuna que ha hecho con su arte y a sus amistades influyentes, su estilo de vida ha pasado de liberal a licencioso, cosa que no le pareció nada agradable a su marido, quien cada vez se enojaba más cuando su mujer se pasaba noche tras noche de fiesta.

Aquí entre nos, chicos, me enteré de que Tamara es… ¡ninfómana! Con tal de sentirse satisfecha sexualmente —cosa que está difícil—, no sólo frecuenta los salones más in de París, —donde se emborracha, fuma hachís e inhala cocaína en compañía de sus cuates, como André Gide y la duquesa de La Salle—, sino que de vez en cuando visita los barrios bajos ¡en busca de prostitutas y marineros a fin de saciar sus ímpetus sexosos!

Ahí no acaba todo. La artista gusta de organizar fiestas que invariablemente acaban en orgías y en donde meseros com-ple-ta-men-te-des-nu-dos distribuyen cocteles a granel. Tadeusz consideró que Tamara no estaba siendo buen ejemplo para su hijita y se fue resintiendo cada vez más con ella, hasta que la relación, luego de numerosos pleitos y desacuerdos, simplemente se acabó.

Por supuesto, la Lempicka no se sentó en sus laureles, y sin pérdida de tiempo, empezó a hacer a amistad con uno de sus admiradores: el millonario —y casado— barón Kuffner, quien se ostenta como coleccionista de sus obras. Resulta que ya son amantes y presumen su relación por todo lo alto. Me parece un tanto desvergonzado, incluso para la sociedad open-minded parisina, pero en fin, no es ni la primera ni la última fechoría de la controvertida pintora. Me quedaré por aquí una temporadita, nada más para ver qué nuevos escandalitos nos obsequia Tamara. Au revoir!

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