Desde la redacción

Llorándole al aire

¡Ay, queriditos, échenme aire, por favor! Acabo de leer una noticia que me ha dejado tan asombrada como perpleja.

Ciudad de México, 10 de agosto de 1870

¡Ay, queriditos, échenme aire, por favor! Acabo de leer una noticia que me ha dejado tan asombrada como perpleja. Estaba leyendo plácidamente uno de los periódicos de más prestigio en esta noble ciudad, El Siglo Diez y Nueve, cuando de repente, en una esquinita, me encuentro la siguiente noticia —y la copio tal cual la acabo de ver—:

Ayer, a las seis de la tarde, acompañado sólo de varios amigos y con el mayor silencio, ha sido sepultado en el panteón de San Fernando el cadáver del antiguo redactor en jefe de El Siglo. Habían permanecido los restos del señor Zarco depositados en la casa del señor licenciado Sánchez Solís, donde el doctor Montaño emprendió embalsamar el cuerpo de una manera perfecta y con todas las reglas más modernas de la ciencia. El resultado ha sido satisfactorio, según nos han informado las personas que asistieron ayer al entierro; y concluida la operación, para la que se han necesitado muchos meses, los restos de aquel distinguido escritor descansan ya en paz en su última morada.

Si bien entiendo, esta noticia indica que el periodista, cronista, poeta, crítico literario y político muy querido en México fue enterrado ayer, por lo que me entra una tremenda duda. Hace ocho meses, justamente en 23 de diciembre de 1869... ¡yo misma fui al entierro de Francisco Zarco! Esto tengo que investigarlo...

* * *

Chicos, fui a visitar a unos amigos de toda mi confianza y ya me contaron el chisme completo, de una vez lo transcribo aquí antes de que se me pase algún detalle.

Todo empezó el 22 de diciembre de 1869, cuando a los 42 años —de tuberculosis o algo relacionado con las vías respiratorias—, dejó de existir nuestro apreciable diputado y director de El Siglo Diez y Nueve. El pobre don Francisco ya estaba malito desde hacía varios meses y se veía tan flaco y pálido que parecía su propio fantasma. Por fin murió el hombre, dejando en la tristeza a su viuda y en la orfandad a sus tres pequeños.

La verdad, don Francisco era bastante amiguero y famoso en esta ciudad, así que la noticia causó conmoción. Se organizó un cortejo fúnebre digno de la fama del muertito. En un ataúd sencillo —pero elegante— fue llevado el «cuerpo» desde su domicilio —y redacción de El Siglo Diez y Nueve—, ubicado en la Calle de los Rebeldes número 2.

La procesión hasta el panteón de San Fernando fue multitudinaria. La formaban alumnos de varias escuelas, masones, políticos liberales, escritores famosos, gente de postín —como yo— y unas mil personas más que sintieron su muerte —y otras por pura ociosidad—. Le dimos vuelta y media al Centro Histórico al «cuerpo» antes de llegar al cementerio. Ya ahí, hubo una larguísima —yo la verdad me eché una pestañita durante el cuarto discurso— ceremonia con varios panegíricos de gente importante: Justo Sierra, Ignacio Manuel Altamirano, y demás.

Además de este sensacional sepelio, Zarco recibió múltiples homenajes: fue declarado «Bien de la Patria» y su viuda e hijos recibieron una lanita para manutención y estudios. Pero casi todos los que estuvimos presentes en las honras fúnebres ingnorábamos un pormenor de esta sentida ceremonia: resulta que... ¡no había cuerpo! En el sencillo —pero elegante— ataúd no estaban los restos de Francisco Zarco, sino un montón de piedras para simular su mínimo peso.

Hijitos, nada más me acuerdo y me quiero desmayar. Los más de mil que presenciamos el entierro le lloramos al aire, porque el cadáver de don Francisco estaba en otro sitio: el hogar de su amigo, el también periodista y político Felipe Sánchez Solís, a quien su amor por la ciencia le hizo obtener el cuerpo de Zarco —no sabemos a ciencia cierta cómo se lo «secuestró» a la viuda— y experimentar con él a lo largo de varios meses.

Sí, queriditos, el señor Sánchez Solís contrató al mejor médico para que embalsamara a su cuate con las técnicas más avanzadas. El doctor Montaño lo hizo divinamente y el cadáver quedó tan bien hecho y flexible que parecía que don Francisco estaba vivo. Tanto así, que el artero de Sánchez Solís lo sentó —así, como lo oyen— ante una mesa y le colocó una pluma en la mano, para que pareciera que estaba escribiendo. Y hay varios testimonios de que lo presumía con sus íntimos. Imagínense, entra uno en esa habitación de la casa de Sánchez Solís y ve a un hombre escribiendo, que en realidad es un muerto... ¡ah, traición!

Pero bueno, finalmente alguien logró convencer a Sánchez Solís de que no estaba bien tener «de huésped» al cadáver de su amigo, por muy bien embalsamado que hubiera quedado, así que justo ayer el cuerpo fue depositado donde debió de estar desde hace ocho meses: en su nichito del panteón de San Fernando. Y por ahora termino este relato, y digo «por ahora» porque presiento que la historia de don Francisco Zarco muerto va a estar más larga que su vida y aún no llega a su final.

Au revoir!

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