El muralista mexicano que pretendió asesinar a Trotsky
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El muralista mexicano que pretendió asesinar a Trotsky

Marxista, revolucionario obrero, expulsado y perseguido, León Trotsky encontró en la calle Viena de la delegación Coyoacán, un lugar para

Atendiendo el sentido político stalinista, a León Trotsky —impelente revolucionario— se le despojó de su lugar en la URSS de 1929. Perseguido y errante en su paso por Turquía, Noruega y Francia, el comunista y su esposa —Natalia Sedova— peligraban gravemente, pues él era el principal objetivo de la policía secreta rusa. Una vez que se demostrara que su expulsión no lograría apartarlo de la actividad política y que, a pesar de no hacerlo presencialmente, continuaba sustentando intelectualmente el bloque de oposición al dirigente soviético, Iósif Stalin, su búsqueda se intensificó.

El teléfono del entonces militante trotskista, Diego Rivera, sonó con señal procedente desde Nueva York para cuestionarle sobre la posibilidad de que México recibiera a Trotsky. Inmediatamente el politburó mexicano se reunió para planificar la petición al presidente. Octavio Fernández y el mismo Rivera fueron los encargados de entrevistarse con el mandatario. Tras el apoyo oportuno del general izquierdista, Francisco J. Múgica, Lázaro Cárdenas —de quien además era íntimo amigo— le abriría las puertas sin mayores condiciones mas que la de la conducta correspondiente al de un asilado político.

El trámite de visa que comenzaron los delegados Rivera y Fernández, se vio desde el principio tropezado por el secretario de relaciones exteriores, Eduardo Hay, quien tenía algunos aliados stalinistas. Sería Múgica quien intervendría una vez más para que el proceso culminara satisfactoriamente para los delegados. Después de un largo y cansado proceso, el 9 de enero de 1937, un buque noruego de nombre «Ruth», desembarcó en Tampico. Unos minutos más tarde, descenderían de él León Trotsky y su esposa. Frida Kahlo, Max Schachtman, George Novack y el general Beltrán, representante del presidente de la república, y muchos otros personajes, lo esperaban en tierra.

Después de un recibimiento mediático en varias parte del país, se instalaron en la entonces calle Viena de la delegación Coyoacán. A pesar de ser acogidos de gran manera, el riesgo de infiltración de la policía secreta era inminente y ellos lo sabían. Se trataba del líder intelectual de los movimientos obreros, de los partidos comunistas y del aún defensor del marxismo. En algunos de sus escritos, Trotsky se expresaba consciente y a esperas de un ataque.

Durante las primeras horas del 24 de mayo de 1940, las paredes de su habitación —y de su casa entera— comenzaron a retumbar y a desmoronarse ante los estruendos de alto calibre proveniente de una grupo de individuos que vestían uniformes policiacos y militares. Cientos de disparos fallidos lo dejaron ileso a él como a su esposa. Algunos archivos apuntan a que el ataque fue posible por el paso que les dio un hombre de seguridad de Trotsky, que no era sino un agente encubierto de la policía secreta. Después se sabría que algunos de los disparos que pudieron matar al revolucionario, habían sido ejecutados con rigor por José de Jesús Alfaro Siqueiros, el destacado muralista mexicano.

Claramente los soviéticos estaban enfocados en cumplir su cometido, ya que se sentían con la susceptibilidad frente a nuevos movimientos de los trotskistas, pues la Segunda Guerra Mundial se avecinaba. El 21 de agosto del mismo año, León Trotsky fallecía trágicamente en manos del español Ramón mercader, quien se valió de un piolet para destrozar el cráneo del incansable luchador por la clase obrera.

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