#95 Algarabía Del mes

El sueño de la velocidad

El rugido del motor al arrancar, la presión en los riñones cuando el acelerador se pisa a fondo, el uso preciso de los músculos al costado de la pierna izquierda para sacar el embrague mientras la gasolina empieza a inundar los inyectores…

Los pilotos somos, para la gente, más un sueño que una realidad.

Ayrton Senna da Silva

Las primeras carreras de autos

El rugido del motor al arrancar, la presión en los riñones cuando el acelerador se pisa a fondo, el uso preciso de los músculos al costado de la pierna izquierda para sacar el embrague mientras la gasolina empieza a inundar los inyectores, son experiencias sensoriales automovilísticas que sólo se equiparan a las vividas durante la carrera previa al despegue de un avión…

Esa sensación de peligro, las hormonas que se secretan al tomar una curva cerrada —cortisol, endorfina— son la quintaesencia de las carreras. Reproducir la emoción, en cada serial, en cada carrera, es una cruzada por revivir la intensidad primigenia marcada por la competencia y el peligro. Pero como todo, el automovilismo tuvo un principio.

Estoy seguro de que la primera carrera sucedió cuando dos autos, los primeros quizá, se emparejaron, y sus pilotos, inflamados de adrenalina, se retaron uno al otro para ver cuál de los dos vehículos era el más potente, y qué conductor era el más hábil. De tal carrera, de ese momento inicial, no queda registro. Sin embargo, hay una historia oficial de las carreras de autos, y sobre eso, a continuación presento algunos datos.

El primer ganador

Desde el principio, el potencial propagandístico de las carreras de autos fue aprovechado al máximo. En 1887, fue convocada la primera carrera para popularizar la nueva tecnología del «coche sin caballos», aunque el gusto de las masas por este deporte llegaría después.

A la primera carrera, que corrió del puente de Neuilly al Bosque de Bolonia, en París, sólo se inscribió un piloto, de nombre George Bouton, así que difícilmente podríamos decir que hubo competencia. Años más tarde, siete para ser exactos, el diario parisino Le Petit Journal organizó otra carrera, esta vez de París a Ruán: casi 70 autos participaron en las pruebas eliminatorias, y 25 corrieron en la carrera principal.

El ganador fue el conde Jules Félix Philippe Albert de Dion, miembro de una de las familias aristócratas más importantes de Francia. Sin embargo, junto con la emoción, llegó también la polémica: De Dion fue despojado de su triunfo, alegando que un alimentador de carbón —parte del sistema de operación del motor a vapor del auto— no estaba permitido, y fue descalificado.

La siguiente contienda automovilística relevante también estuvo rodeada de polémica: Émile Levassor, a bordo de un Panhard, ganaría un año después una carrera de París a Burdeos, y de vuelta a París, pero su triunfo no sería reconocido: conducía un biplaza cuando los autos que debían competir en la carrera eran de cuatro asientos. El ganador oficial fue Paul Koechlin a bordo de un Peugeot. Por cierto, sólo nueve de los 22 autos que arrancaron llegaron a la meta.

Esto es el automovilismo: un deporte de temple y fortaleza, que vuelve el sueño de la velocidad, una realidad, aunque sea para unos cuantos.

Conoce la historia del rally y de lo que ocurrió con las carreras de automóviles durante los años 30 y después del Holocausto en la versión impresa de Algarabía 95.


Jorge F. Camacho es un apasionado de los autos, de la velocidad, de la adrenalina: así nomás.

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