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Las 15 damas más refinadas de París

Madame Duvergier presenta ante la joven Juliette a quince hermosas y elegantes mujeres, a quienes brinda servicios de «logística» en su burdel. El objetivo: demostrar que debajo de cualquier apariencia, y a pesar de ser públicamente mujeres honorables, todas se ven unidas por pasiones clandestinas.

No es la virtud de una mujer lo que quiere un amante o un marido, es la apariencia de la virtud. Quien no fornique, pero lo parezca, está perdida; por el contrario, quien fornique con el mundo entero, pero se oculte, ésta es una mujer con buena reputación. Hay ejemplos que apoyarán mi exposición, Juliette: el momento en que vienes a verme es bueno para convencerte. Tengo aquí dentro quince mujeres, al menos, que vienen a prostituirse a mi casa, o que envío a hacerse fornicar al campo; échales una ojeada: te contaré la historia de cada una mientras te las señalo; pero piensa que sólo por hacerte un favor cometo semejante imprudencia; no me atrevería con nadie más.

[…] Comencemos —me dice la Duvergier— por esa hermosa rubia que ves, la primera en el rincón de la chimenea; seguiremos el círculo partiendo de ahí. Es la duquesa de Saint-Fal, cuya conducta no puede ser criticada sin duda alguna, pues, con todo lo bonita que es, su marido no puede soportarla. Aunque la veas aquí, aspira a la mayor virtud; tiene una familia que la vigila y que la haría encerrar si su conducta fuese conocida.

Esa mujer alta, de alrededor de veinte años, que ves cerca de la duquesa y cuyo rostro celeste se parece al de una hermosa virgen, está loca por su marido, pero la domina un temperamento fogoso; me paga para que le muestre gente joven. ¿Puedes creer que ya es libertina hasta el punto de que, por mucho que me pague, me es imposible encontrar miembros suficientemente gordos para satisfacerla?

Mira un ángel no lejos de ahí: es la hija de un consejero del parlamento. Me la gané con mi astucia; su ama de llaves me la trae, apenas tiene catorce años. Sólo la entrego a pasiones donde no entra el joder; me ofrecen quinientos luises por su virginidad, no me atrevo a darla. Espera a un hombre que descarga con sólo besarle el trasero; quiere darme mil luises por su culo: como ofrece menos peligro, voy a solucionarlo en seguida.

Esa otra muchacha de trece años que ves a continuación es una pequeña burguesa a la que he sobornado; va a casarse con un hombre al que ama con locura, pero está entregada a las mismas lecciones que acabo de darte. Ayer vendí su virginidad antifísica a Noirceuil, mañana gozará de él; un joven obispo me la desvirga hoy en el mismo sitio; como lo tiene más pequeño que su amante, éste no dudará de nada.

Observa atentamente esa bonita mujer de veinticinco años. Vive con un hombre que la adora, que la cubre de regalos; ambos hacen cosas increíbles el uno por el otro: la zorrilla no jode menos por eso; ama a los hombres con furor; su mismo amante se lo permitió en otro tiempo, y sólo a él le debe los desórdenes en los que se sumerge; sigue los ejemplos que le dio y fornica aquí todos los días sin que el querido hombre lo sepa.

Esa bonita morena que ves cerca de ella es la mujer de un viejo que se casó con ella por amor; lleva las atenciones que tiene con él hasta el punto de crearse una asombrosa reputación de virtud: puedes ver cómo se compensa de eso; espera aquí a dos jóvenes y, esta tarde, volverá para estar con el que ama; los de esta mañana son por libertinaje, y el corazón será satisfecho esta tarde.

Junto a ella hay una devota. Mira su vestido. Esa zorra pasa su vida entre el sermón, la misa y el burdel; tiene un marido que la adora, pero que no puede corregirla; agria, imperiosa en su trato, cree que debe perdonársele todo por su beatería. Aunque haya tenido suerte con su marido, no por eso deja de hacerle el más desgraciado de los hombres. A mí me da un trabajo enorme para contentarla porque sólo quiere fornicar con curas. Es verdad que la edad y el porte le son indiferentes: con tal de que sea un servidor de Dios, la puta está contenta.

Más acá de ésta hay una mujer entretenida por doscientos luises al mes: aunque le diesen el doble no le impedirían que se dedicase a libertinajes colectivos; es una de mis alumnas. Su viejo arzobispo apostaría sus bienes a que es más casta que la Virgen, y a expensas de éste se alimenta. ¡Si vieses cómo lo engaña! Ese es el arte de las mujeres, Juliette: hay que utilizarlo en nuestra condición o resignarse a morir de hambre.

A continuación viene una pequeña burguesa de diecinueve años, bonita, como ves, más allá de lo que pueda decirse con palabras. No hay nada que su amante no haya hecho por ella: la ha sacado de la miseria, ha pagado sus deudas, ahora la mantiene en la mejor situación; desearía que hubiese astros de los que apoderarse para ofrecérselos; y la putilla no tiene un solo momento suyo que no lo dedique a joder. No es el libertinaje lo que guía a esta, sino la avaricia; hace todo lo que se quiera, pasa con quien mejor me parezca, con tal de que la paguen muy caro: ¿está equivocada? El bruto a quien voy a entregarla la dejará en cama por seis semanas, pero ella tendrá diez mil francos, y se ríe de lo demás.

[…] Esa muchachita —siguió la Duvergier, mostrándome una niña de doce años bonita como una diosa— es un caso muy singular: es su madre quien la vende por necesidad. Ambas podrían trabajar, incluso les han ofrecido trabajo: no lo quieren. Sólo les conviene el libertinaje. También es Noirceuil a quien está destinado el culo de esta niña.

¡Ese es el triunfo del amor conyugal! No hay una mujer que quiera a su marido como ésta —continuó la Duvergier, mostrándome una criatura de veintiocho años, hermosa como Venus—; ella lo adora, está celosa de él, pero el temperamento la domina; se disfraza; la consideran una vestal y no hay semana que no vea a quince o veinte hombres en mi casa.
Y ahí tienes una por lo menos tan bonita —prosiguió mi institutriz— y en una posición realmente extraordinaria; su propio marido es quien la prostituye. Aunque está loco por ella, será el tercero de la partida, y él mismo servirá de alcahuete a su mujer pero sodomizará al fornicador.

El padre de esa joven, tan hermosa y gentil, trae él mismo aquí a esa encantadora niña, pero no quiere que la forniquen; lo demás le es indiferente con tal de que se respeten ambas virginidades; hace igualmente de tercero. Lo estoy esperando porque el hombre al que voy a entregar a su hija está ya aquí; la escena será bonita. Siento que tengas prisa y no puedas hacer un papel en ella. Sé que estarían de acuerdo en admitirte.

[…] —Proseguid, señora, proseguid; sabéis que hoy no puedo.

Ésa es la penúltima: una joven muy bonita que goza de más de cincuenta mil libras de renta y de una excelente reputación; ama a las mujeres, observa cómo las mira de reojo; también le gustan los sodomizadores, todo sin dejar de adorar a su esposo. Pero sabe muy bien que lo que le afecta en el físico es absolutamente independiente de lo moral. Fornica con su marido por un lado, y viene a que se lo hagan por el otro. Así todo solucionado.

Finalmente, esa última es una soltera con grandes pretensiones, una de las más famosas hipócritas de París; creo que golpearía, en el mundo normal, a un hombre que le hablase de amor. Y me paga muy caro por hacerla joder unas cincuenta veces al mes en mi casita.

…Y bien, Juliette, ¿dudas después de todos estos ejemplos?1 Fragmento de la novela Juliette o las prosperidades del vicio —también Juliette o el vicio ampliamente recompensado—, de Donatien Alphonse François, marqués de Sade (1740-1814), publicada en 1796.


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