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El libro de las anécdotas

A todos nos han contado alguna vez experiencias breves para hacernos reir, algo que nos parece digno de platicar, recontar, o que simplemente ha llegado a nuestros oídos de boca en boca.

En El libro de las anécdotas encontrará diferentes historias que podrá utilizar en conversaciones cotidianas para impresionar a sus conocidos. Entre carcajadas se enterará de anécdotas que le ocurrieron a Churchill, Cantinflas, Einstein, Borges y muchos otros.

Además, encontrará situaciones que le pueden pasar a cualquiera. Este libro no busca enseñarle o hacerlo reflexionar, simplemente lo hará reír y darse cuenta que siempre hay algo que contar.

Para que se dé una idea de lo que podrá hallar en este libro, a continuación le damos una probadita de dos de sus textos:

De CU a Bellas Artes

Por: María del Pilar Montes de Oca Sicilia

I

Yo solía dar clases en el ITESM, mejor conocido como el Tec, en el campus Estado de México, que está por el Lago de Guadalupe. La materia era semiótica; la carrera, comunicación. Una de las lecturas obligadas de mi clase era un libro de semiótica de la imagen, publicado por la Universidad Nacional.

Es importante recalcar que mis alumnas —porque la mayoría eran mujeres— dejaban mucho que desear en materia intelectual; ya sabrán, la ley del mínimo esfuerzo: «profe, por fa, no nos deje tarea», «no nos deje leer en inglés», «yo el texto más corto», «no entiendo nada», etcétera, etcétera, y para muestra, los siguientes ejemplos:

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Yo: —Tienen que conseguir este libro en una de las librerías de la UNAM, por ejemplo, la que está en CU.
Alumna 1 a alumna 2: —¿Qué es CU?
Alumna 2: —Creo que es una universidad que está allá por el rumbo de Perisur.

II

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—¿Usted va a exposiciones?
—Sí, bueno, una vez fui a una.
—¿Qué tipo de exposición?
—De cuadros.
—¿De algún pintor, de alguna colección, una muestra?
—No sabría decirle.
—¿Dónde estaba la exposición? ¿En qué museo?
—P’s, la verdad, no sé cómo se llama; es un edificio grandote y blanco que está afuera del metro Bellas Artes.

Maradona y el buen decir

Por: Carlos Bautista Rojas

Hernán Cirianni, argentino radicado en México debido a la dictadura de la Junta Militar, se crió con las costumbres y el habla chilangas. En pleno mundial de futbol de 1986, como a varios niños de su edad, lo invitaron a una convivencia con la selección argentina que venía con todo para llevarse la Copa a casa. Por supuesto, el futbolista por antonomasia era Diego Armando Maradona.

Los niños —vestidos con el uniforme albiceleste— se acercaron a los jugadores para que les firmaran sus balones de futbol. Cuando Hernán se encontró frente al mismísimo «Pelusa» —considerado por muchos de sus connacionales como un dios—, le pidió, con una pronunciación evidentemente chilanga:

—¡¿Qué onda, mano?! ¿Me firmas mi pelota?
Maradona consternado por el modo de hablar del niño, pero solícito, tomó el balón, lo firmó y, al momento de entregárselo, lo cuestionó con su notable acento porteño:
—Che, pibe, ¿vos sos argentino?
—Sí, ¿por?
—¿Y por qué no hablás bien?

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