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La Nouvelle vague. Cineastas en la cresta de la ola

Los cineastas de la Nouvelle vague —la nueva ola— revolucionaron el cine en Francia.

A finales de la década de los 50, un grupo de críticos de cine que colaboraba en la revista Cahiers du cinéma —Cuadernos de cine— intercambió las plumas por las cámaras y comenzó a hacer películas.

La revista, fundada en 1951, tuvo como padre teórico a André Bazin, quien trató al cine no como a un espectáculo sino como un arte en el que la clave era la figura del director. Éste, a la manera de los grandes escritores, debía construir universos que plasmaran sus ideas con un estilo propio; esto se llamó politiques des auteurs —«teoría del autor»— y fue la idea central del movimiento.

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Con recursos económicos limitados, los antes críticos llevaron a la práctica las ideas de Bazin de una narrativa realista que contara historias sencillas. Experimentaron, jugaron, deshicieron y reinventaron. Sumergieron la cabeza en la cresta de la ola y abrieron nuevas posibilidades al cine. Fueron bautizados por la crítica como la Nouvelle vague —conocida en nuestro idioma como la Nueva ola francesa.

Herederos de las grandes guerras e inmersos en 
una agitación política —con Charles de Gaulle
 como presidente de Francia— y cultural —con el existencialismo en plena vigencia—, los jóvenes tenían una urgencia por reinventar el mundo. El cine era el medio idóneo para hacerlo, porque permitía no sólo imaginarlo, sino verlo proyectado de una manera tangible.

Aquellos jóvenes devoraban películas, asistían puntuales a los cineclubes, leían y colaboraban en revistas especializadas, armaban pequeños proyectos y soñaban con hacer cine. Buscaban propuestas arriesgadas que estuvieran a la par con la vorágine de la vida; las producciones espectaculares con tramas gastadas les quedaban cortas. Querían un cine real, sencillo, honesto, que reflejara la vida tal y como la vivían.

Fue entonces que Claude Chabrol, François Truffaut, Jean-Luc Godard, Éric Rohmer y Jacques Rivette —todos redactores de Cahiers—, así como Louis Malle, Alain Resnais y el matrimonio integrado por Jacques Demy y Agnès Varda —en un caso aparte— pusieron en práctica sus ideas y comenzaron a filmar. La primera película conocida bajo esta corriente fue Le beau Serge (1958), de Chabrol; le siguieron, un año después, Les quatre cents coups, de Truffaut, Hiroshima mon amour, de Resnais, y À bout de souffle, de Godard. Estos filmes marcaron un hito en el movimiento, pues lograron la atención mundial.

De pronto, con este lanzamiento que le había concedido a Truffaut el premio al mejor director en el Festival de Cannes, el público, los críticos y quienes integraban la industria cinematográfica se percataron de que el cine podía tener otras posibilidades, que podía ser contado de otra manera.

Sin reglas: la esencia

Influidos por cineastas de los que eran grandes admiradores —como John Ford, Orson Welles,
 Alfred Hitchcock, Howard Hawks, Jean Vigo y Jean Renoir, entre otros—, los directores de la Nueva 
ola aprovecharon al máximo sus recursos y con sus limitaciones crearon, cada cual, una estética propia que les dio una voz, un estilo. Se valieron de cámaras poco costosas que llevaban al hombro, iluminación natural, sonido directo, actores poco conocidos, locaciones públicas o prestadas por amigos. Además fueron muy abiertos en cuanto a la improvisación —tanto a la hora de rodar como a la hora de dirigir a los actores—, lo cual les dio una libertad que se refleja en la frescura de sus películas. Con todo esto, rompieron el academicismo francés y el sistema de producción al estilo Hollywood que tanto había ceñido al cine.

Mostraron particular interés en la forma, en especial Godard y Rivette —los miembros más arriesgados
 del grupo—, y lo manifestaron con la ruptura de las reglas clásicas: se alejaron de las normas tradicionales de los géneros, jugaron con la edición y el montaje, experimentaron con la manera de narrar. Según declaró Godard: «Toda historia debe tener un inicio, un punto intermedio y un final, pero no precisamente en ese orden». En algunos casos, como el de Resnais, su cine estuvo más cercano a otras artes como la literatura y la pintura; por ejemplo en L’année dernière à Marienbad, un ensayo sobre la memoria con muchos paralelismos con las novelas experimentales de la época. En general, la producción de la Nueva ola estuvo influida por las ideas de su época; son evidentes las huellas del estructuralismo, el existencialismo y el comunismo en su cine.

En sus filmes hay muchos guiños que le recuerdan
 al espectador la cualidad ficticia de la imagen en movimiento, que reflexionan sobre el propio lenguaje cinematográfico, tales como la discontinuidad, la ruptura temporal, el juego entre una imagen y un sonido no correspondiente, largas escenas en tiempo real —en las que aparentemente no pasa nada— o el intercalado de una visión subjetiva con una perspectiva objetiva del mismo suceso.
Todos estos elementos generan ambigüedad en las imágenes y dan la sensación de estar ante una obra inacabada, sin una anécdota clara ni definitiva. Por ejemplo, en Une femme est une femme, de Godard, la pareja de protagonistas se dice entre sí que antes de actuar deben ser educados con quienes los observan, así, se paran frente a la cámara y hacen una reverencia.

Vea aquí escenas de algunas cintas de la Nueva ola, como Une femme est une femme:

Película Bande á part

Película Jules et Jim

Película Three Reasons: Zazie dans le mérito (Criterion Collection)

Audición de Jean-Pierre Léaud para 400 golpes

Si quieres conocer más sobre la Nueva ola francesa, consulta Algarabía 118.

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