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Adiós a las tinieblas: Tesla y la luz eléctrica

¿Por qué este hombre a quien le debemos tanto quedó en el olvido?

Año de 1893: el momento más importante de sus vidas había llegado. La Exposición Universal de Chicago reunió a más de 19 países y 27 millones de visitantes que esperaban ansiosos lo que muchos meses antes habían anunciado: por fin, adiós a las tinieblas. La corriente continua del prolífico inventor Thomas Alva Edison y la corriente alterna, del ingeniero Nikola Tesla, estarían a punto de presentarse ante el mundo. El comienzo de la batalla había tenido lugar mucho tiempo atrás; pero en ese preciso instante, sólo hacía falta oprimir un interruptor.

La idea de que la luz eléctrica podría utilizarse para alumbrar casas y ciudades se tuvo a raíz de la exhibición del arco voltaico de SIR Humphry Davy —el primero en la historia en producirla —, realizada públicamente por Léon Foucault para recrear un amanecer durante una representación en el Teatro de la Ópera de París en 1849.

Hasta entonces, el sistema de iluminación artificial más usual seguía siendo el implantado en 1667 por el rey francés Luis XIV, con faroles de vidrio que prendían a base de aceite. Casi dos siglos después, en 1858, una de las más importantes aplicaciones de la luz eléctrica tuvo lugar en Inglaterra, con la instalación de un alumbrado en el faro de South Foreland; en 1877, una calle completa de París se iluminó con electricidad. Sin embargo, estas luces tenían un defecto: estaban conectadas en serie, así que si uno de los focos se descomponía, el resto se apagaba —como las series de luces navideñas.

Thomas Alva Edison, el Mago de Menlo

Era entonces un mundo muy diferente. Un mundo impulsado por manos humanas, caballos y barcos a vapor, iluminados tan sólo por el brillo de la luz natural. Para 1877, Thomas Alva Edison ya era toda una leyenda: era el creador del fonógrafo, la maravilla de la era. Vivía con su esposa en Menlo Park, Nueva Jersey y, una noche de ese año, viajó en tren con un grupo de inventores para estudiar un eclipse solar. En cierto momento, se alejó del grupo y se sentó sobre uno de los vagones para observar cómo el eclipse convertía al día en noche; entonces imaginó la posibilidad de crear un tipo de luz que hiciera justo lo contrario: transformar la noche en día.

Pero Edison no era el único. En ambos lados del Atlántico, docenas de científicos se disputaban el invento, y las investigaciones se remontaban a los descubrimientos de Humphry Davy, sobre los dos modos básicos de luz eléctrica: la luz de arco y la de forma alternativa.

El 13 de septiembre de 1877, antes de comenzar su investigación, Edison logró titulares en todo el mundo, tras haber prometido que alumbraría toda una vecindad de Nueva York en cuestión de unos meses. No tenía idea de cómo lo haría, pero sabía que para lograrlo requeriría el apoyo de los inversionistas de Wall Street.

Y se hizo la luz… eléctrica

Hilos de tela, fibras de coco, filamentos de metal: nada lograba conducir la electricidad durante varias horas sin que el filamento se achicharrase. Por fortuna, el empujón que necesitaba llegó con la invención de la bomba de vacío más avanzada de su tiempo: gracias a esto, Edison y sus «muchachos» —un equipo de doce notables científicos de su vecindario— hicieron brillar un filamento de bambú carbonizado durante trece largas horas, el 21 de octubre de 1879.

Una noche de invierno en año nuevo, 3 000 personas vieron cómo todo Menlo Park se encendía durante 48 horas sin interrupción. El 27 de enero de 1880 le fue concedida la patente, con el número 223 898, y ese mismo año se asoció con J. P. Morgan —un inversionista de Wall Street— para fundar la compañía General Electric.

Su promesa de iluminar Nueva York fue cumplida el 4 de septiembre de 1882. Para entonces, sus doce «muchachos» se habían convertido en 220. Desde sus nuevas oficinas —instaladas en Manhattan, no por casualidad— se inició aquel día el espectáculo de luces. El sistema abrió con 2 323 luces ese año, y para 1885, ya había 250 000 lámparas en uso en los EE. UU.

Nikola Telas: el mago olvidado

En 1883, el cielo de Nueva York estaba tapizado por una telaraña de gruesos cables, y 400 personas habían muerto electrocutadas. Nikola Tesla, un joven croata, alto, moreno, con abrigo negro y bombín, había llegado hasta la gran urbe, con una carta de recomendación escrita por Charles Batchelor, uno de los socios de Edison en Europa: «Querido Edison: conozco dos grandes hombres y usted es uno de ellos: el otro es este joven», decía.

Su intención era mejorar el estándar de electricidad utilizado, a partir de un nuevo modelo de energía inalámbrica de largas distancias; Su intención era mejorar el estándar de electricidad utilizado, a partir de un nuevo modelo de energía inalámbrica de largas distancias; sin embargo, desde el primer momento sus ambiciones y conocimientos chocaron con los intereses de Edison, pues mientras el sistema de éste requería de múltiples generadores, fluía en una sola dirección y no permitía transmitir energía a distancias superiores a dos kilómetros, el de Tesla —con una versión mejorada del generador y controles automáticos— permitía que el voltaje se elevara con un transformador antes de transportarse, lo que lo hacía un sistema más seguro.

Edison le propuso que, de hacerlo funcionar, le recompensaría con 50 000 dólares; pero un año después, cuando Tesla le anunció el éxito de su proyecto, lejos de reconocer su creación, se negó a pagarle la recompensa prometida: «Tesla, no entiendes el sentido del humor americano», le contestó. Sin embargo, otros inversionistas se interesaron y lo apoyaron, entre ellos George Westinghouse, propietario de The Westinghouse Corporation, quien le propuso comprarle su sistema de corriente alterna.

La guerra de corrientes

La comercialización de este sistema de energía propició el inicio de la guerra de corrientes, una campaña de desprestigio que durante diez años impulsó Edison: así, por ejemplo, intentando relacionar la corriente alterna con la muerte, electrocutó en público a perros, caballos y hasta a un elefante, y ajustició por primera vez a un reo en Nueva York con una silla eléctrica que funcionaba con el sistema de su rival.

La Exposición Universal de Chicago de 1893 fue el final del enfrentamiento pues, buscando una fórmula para iluminar el recinto, los organizadores recurrieron a ambos contendientes. Llegado el día del evento, el presidente Grover Cleveland oprimió un botón y 100 000 focos iluminaron el espacio. El público estalló en aplausos al presenciar aquel espectáculo tan parecido a la magia: mientras Tesla evidenció el poder de su corriente alterna de energía eléctrica sin cables con una demostración que conseguía que le saltaran chispas de los dedos, el sistema de Edison sólo logró que las luces de Chicago se atenuaran.

El ganador fue indiscutible: tres años después de la exhibición, Buffalo se convirtió en la primera ciudad de los EE. UU. en iluminarse con corriente alterna, luego de que The Westinghouse Corporation instalara una central hidroeléctrica en las cataratas del Niágara. Sin embargo, para desgracia de Tesla, después de que las patentes fueron registradas a su nombre aparecieron otros científicos para adjudicarse el invento, afirmando que habían hecho los trabajos básicos. Su nombre se perdió en medio de la disputa, y el público terminó asociando el invento con Westinghouse.

¿Por qué este hombre, a quien le debemos la invención de la corriente alterna, la comunicación inalámbrica, el motor eléctrico, el láser básico, el radar y el control a distancia quedó en el olvido? A él le gustaba pensar que si el presente no era suyo, el futuro sí lo sería, pero murió pobre y solo, un 7 de enero de 1943 a los 86 años.

En 2007, la central de Nueva York que Edison había fundado casi un siglo antes hizo su última transmisión de corriente continua. La luz de Tesla, en cambio, es el sistema eléctrico que circula hasta hoy, en todas las casas y ciudades del mundo entero.


Karla Covarrubias Molina nunca le ha tenido miedo a la oscuridad, pero teme mucho a aquella que se descubre al cerrar los ojos. Disfruta de los paisajes de noche, cuando desde lo alto, las casas son sólo puntos de luz incuantificables y aunque con frecuencia se pregunta cómo sería la vida sin luz eléctrica, sigue prefiriendo el calor de una cena a la luz de las velas.

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