Margaret Tatcher, la <<Dama de Hierro>>
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Margaret Tatcher, la ‘Dama de Hierro’

Una de las mujeres más exitosas en el ámbito político y democrático del siglo XX

Junto con Golda Meir e Indira Gandhi, Margaret Thatcher es la mujer más exitosa en el ámbito político y democrático del siglo XX, un ejemplo de empoderamiento femenino. Sin embargo, no suele ser presentada como modelo a seguir por
cierto feminismo.

No obstante, Lady Thatcher quebró un techo de cristal tras otro, durante toda su vida, abriéndose paso en los ambientes de Oxford, Westminster, el Partido Conservador, Downing Street y el ruedo político internacional —con sus
guerras y terrorismo, vencidas geopolíticas y negociaciones entre potencias.

Cuando llegó al poder, la percepción generalizada de Gran Bretaña era de decadencia política —ingobernable, sin Imperio, a la sombra de los EE.UU. y dependiente de los préstamos del Fondo Monetario Internacional— y la realidad constatable era de debacle económica —cuando el nivel de vida británico se rezagaba comparado con el francés, alemán e incluso italiano—.En palabras del historiador Ian Kershaw:

Para principios de los años setenta, Gran Bretaña, alguna vez el centro del poder industrial mundial, se hallaba en un estado deplorable. Largos años de inversión insuficiente, estructuras sindicales arcaicas, pobre administración, mala planificación y erradas políticas de sucesivos gobiernos acabaron por debilitar al país, política y económicamente. El intento de los laboristas de reformar los sindicatos había sido un colosal fracaso. Peor le fue a los conservadores en su gestión económica y lidiando con las disputas industriales. Los precios y los salarios continuaron en una espiral ascendente, atizando la inflación. El gasto gubernamental se salió de control.

En efecto, aquel «invierno del descontento», hacia finales de la década, estuvo repleto de incesantes huelgas —desde sepultureros, recolectores de basura, enfermeras, maestros, hasta choferes y mineros—, apagones, racionamiento, desempleo, escasez, recesión e inflación. Los dos partidos dominantes del Reino Unido habían fracasado y la única alternativa posible parecía resignarse a administrar el declive.

De Grantham al «invierno del descontento»

Napoleón se había burlado alguna vez de Gran Bretaña diciendo que era una «nación de tenderos».
Margaret Hilda Roberts, nacida el 13 de octubre de 1925, siempre presumió de ser hija precisamente de un tendero, Alfred Roberts — estricto y laborioso metodista, autodidacta, muy involucrado en la política local—; su madre fue Beatrice Ethel Stephenson, y su hermana mayor llevó por nombre Muriel. Grantham, en el condado de Lincolnshire, fue su pueblo natal.

Estudiante asidua e inquieta, mas no brillante, obtuvo una beca para ir a Oxford, donde estudió química en el Sommerville College y alcanzó a ser la presidenta de la Unión Conservadora universitaria. Rechazada de un empleo en un emporio industrial por «testaruda, obstinada y peligrosamente terca», fue mejor recibida en los círculos políticos conservadores. Se postuló como candidata al Parlamento por Dartford, en 1950 y 1951, sin éxito, pero robándole votos y reflectores a los laboristas. Ya casada con el acaudalado empresario Denis Thatcher, con una especialidad en Derecho fiscal bajo el brazo y madre de los gemelos Sarah y Mark, ganó —como una de las doce mujeres conservadoras en ingresar al Parlamento ese año— la curul por Finchley en 1959, misma que ocuparía hasta 1992.

El salto al poder

Combativa y concienzuda, destacó entre los miembros del Parlamento y llegó a ser secretaria de educación en el gabinete del conciliador Edward Heath (1970-1974). Pese a que Winston Churchill había dicho que «la mejor inversión que podía hacer una comunidad era dar leche a los bebés», Thatcher se ganó el mote de «Maggie Robaleches» al abolir, por causa del equilibrio presupuestario, la provisión gratuita de leche a los estudiantes y cerrar grammar schools como la de Kesteven, misma a la que ella había asistido.

Por diligente, capaz y eficaz, por respirar política 24/7 y regodearse ante obstáculos y problemas, sin jamás arredrarse ante la impopularidad ni rehusar la confrontación abierta —mal vista por el viejo establishment—, fue ganando popularidad entre los jóvenes conservadores, gracias a lo cual pudo destronar a Heath y convertirse en la primera mujer en liderar un partido político en Gran Bretaña, en febrero de 1975.

De cara a las elecciones generales de 1979, pese a su inexperiencia y la condescendencia que le prodigaron aliados y enemigos, se abrió paso debido a su claro mensaje, ambicioso y optimista, de devolverle lo «gran» a Gran Bretaña. Blandiendo el sentido común de ama de casa trabajadora, prudente, ahorradora, que evita deudas y lleva en orden las cuentas del hogar, en contra del elitismo de los líderes conservadores y el sectarismo de los laboristas, logró posicionarse como la defensora de la clase media frente a las élites feudales y las corporaciones proletarias, a la vez que erguirse como la libertadora del individuo, aplastado por el Estado y lastrado por impuestos, burócratas y gorrones.

También, gracias al cambio de imagen —reemplazando los sombreros y vestidos de señora de los suburbios por coloridos trajes sastre y un llamativo peinado de crepé— y al entrenamiento vocal —para hacer más grave su voz y proyectar «mayor autoridad»— a los que se sometió, a instancias de su amigo y mentor Airey Neave, fue convocada en mayo de 1979 al Palacio de Buckingham para formar un gobierno en nombre de la reina Isabel II, convirtiéndose así en la primera mujer electa como jefa de gobierno en Occidente.

La señora no cambia de rumbo

Su primer gabinete estaba conformado por varones de familias nobles, con tierras y millones en el banco, educados en los mejores internados, las fuerzas armadas o los Gentleman’s clubs. Es decir, para nada acostumbrados a tomar en serio el punto de vista de la clase media, a escoger soluciones radicales ni a confrontarse con las mujeres.
Estaban todo menos preparados para una primera ministra cuya estrategia era, invariablemente, golpear primero, golpear más fuerte y seguir golpeando, bien consciente de que nunca sería del todo aceptada y que la suya siempre sería una voz marginal. Sin ser feminista, no dudaba en espetarlos: «El gallo puede quiquiriquear, pero es la gallina la que pone los huevos» y «si quieres que algo se diga, pídeselo a un varón pero, si quieres que se haga, pídeselo a una mujer».

Obstinada por naturaleza y poco receptiva a nuevas ideas —y quizá un poco a sabiendas de que a las mujeres poderosas no se les conceden segundas oportunidades—, demostraba una convicción feroz y ejercía un liderazgo implacable que generaba temor, no amor. De ahí su astucia a la hora de reapropiarse de burlas e insultos, para tornarlos en halagos: ya sea el mote de «Dama de Hierro» que le otorgó la prensa soviética o el que su bolso fuese una arma.

«La señora Thatcher trajo una notable simplicidad en sus juicios que resonó con una parte del público, pero repelente para muchos otros. Fue admirada y odiada en casi las mismas proporciones.»
-Ian Kershaw-

Logró, incluso, hacer de la testarudez su mayor virtud, lo que tal vez hacía falta para romper el impasse político, el letargo económico y la autocomplacencia moral de la década precedente.

Al principio, Thatcher eligió con cuidado sus batallas y se dispuso a recortar el gasto gubernamental y controlar la inflación a toda costa. A corto plazo, el desempleo aumentó, la economía se paró en seco y estallaron disturbios en todo el país. Si los destrozos y ataques contra la policía eran síntoma de desesperación y pobreza para los viejos tories, para ella no eran sino crímenes que habían de ser tratados como tales. Ante la impopularidad de sus políticas entre el público y su partido, temeroso de perder las siguientes elecciones y ansioso por dar marcha atrás, ella respondió tajante: «Ustedes cambien de rumbo si quieren. La señora, no».

Lee el artículo completo en Algarabía 186.

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