El Diablo - Algarabía
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El Diablo

«Sin el Diablo, no hay Dios», Proverbio.

Satán, Satanás, Lucifer, Beelzebub -o Belcebú-, Luzbel, Belial, Azazel, Mefistófeles, Mastemah, Sammael, Asmodeus, El Principe de las Tinieblas, El Maligno, El Ángel Caído, La Bestía, El Padre de las Mentiras, El Adversario, El Asesino desde el Principio, El Amo del Averno, El Demonio, El Chamuco…

Muchas son las denominaciones y otros tantos los disfraces con que ha sido investido el Diablo, esa temible y tentadora figura que, a lo largo de más de tres mil años, ha rondado nuestras almas y nuestra fe. Pero, ¿es él en realidad la encarnación del mal o su presunta existencia obedece a nuestra necesidad de explicar la maldad en el mundo?

¿Acaso simplemente ha sido una creación, un instrumento de control para someter a la grey de todos los tiempos y justificar la persecución de «los otros»? ¿Cómo obtuvo sus cuernos, su cola, el trinche, sus patas cabrías y el peculiar hedor a azufre? ¿Es el Diablo el primer revolucionario de la historia, el peor adversario del género humano, el eterno chivo expiatorio o el líder de una batalla cósmica que, por cierto, está perdida de antemano?

Más sabe por viejo que por diablo

Para entender la figura del Diablo hay que remitirnos a la alborada del hombre e imaginar su primitivo cerebro esforzándose por explicar un entorno que un día lo bendecía con sol, lluvia y cosechas y, al día siguiente, sin motivo aparente, lo castigaba con terremotos, sequías, dolor, hambre o la muerte. Ante su vulnerabilidad y la incapacidad de descifrar esta sucesión de buena y mala fortuna, el hombre empezó a construir en su mente los conceptos de «el bien» y «el mal» como fuerzas externas, inevitables e inexplicables.

Para los Neanderthal, que vivían en condiciones hostiles, estas fuerzas tomaban la forma de los animales con cuernos que eran su alimento y una amenaza a su vida. Este conflicto vital y la necesidad de referirlo a entidades superiores se plasmó hace nueve mil años en las pinturas rupestres, donde se encontraron arcaicas representaciones del Dios Astado del Norte —mitad hombre, mitad bestia, con cuernos de venado y cola de caballo—, cuya representación derivaría en la del dios Loki escandinavo y el Cernunnos celta. Sus astas, a la postre, se convertirían en los temidos cuernos de Belcebú… Pero no comamos ansias.

Oficialmente, ¿quién es el Diablo? Según está asentado en el Libro de libros, su nombre en hebreo es Satán y en el origen fue creado como un ángel que, impulsado por su envidia hacia el género humano, pervirtió el paraíso terrenal valiéndose de la tentación de Adán y Eva. El nombre de Satán aparece por primera vez en el Antiguo Testamento, donde lo vemos como un «agitador» que desafía a Diosa costillas del pobre y paciente Job. Después de su disputa moral con el Todopoderoso, Satán organiza una rebelión contra la autoridad divina y desciende, junto con un grupo de ángeles, a la Tierra, donde por lujuria se une con «las hijas de los hombres», perdiendo así sus derechos divinos. En este valle de lágrimas, Lucifer, «El Ángel Caído», asume la misión de corromper a los hombres y convertirse en el adversario de Dios.

Tras la pasión y muerte de Jesús —a quien también tuvo oportunidad de tantear durante los 40 días de ayuno en el desierto—, se restableció la alianza entre Dios y su pueblo, por lo que el Diablo perdió su dominio en la Tierra; sin embargo, aunque su poder es notablemente inferior al de su creador, mantiene el rol como su antagonista y fuente de toda maldad.

Resulta curioso que, a pesar del papel preponderante que juega como líder de la resistencia en la batalla cósmica, «el Diablo se menciona poco en la Biblia y su imagen se ha forjado como una abstracción dogmática en las mentes de los fieles». De hecho, todo parece indicar que Satán se erige como la encarnación del mal absoluto a partir de la necesidad de eximir a Yahvé de la responsabilidad de la maldad en el mundo: si hay un Dios y éste es el Bien Absoluto, el mal no puede provenir de él; así, debe de existir otra entidad, muy poderosa, que justifique la existencia de la enfermedad, el dolor, el crimen, la crueldad, las calamidades… y ése es Satanás.

El Diablo siempre es el Diablo

Durante la expansión cristiana de los primeros siglos de nuestra era, los evangelizadores adoptaban una actitud ambigua respecto a las religiones locales de los sitios a los que llevaban la palabra: por un lado permitían un sincretismo de las figuras cristianas con las deidades locales, con el fin de facilitar la introducción del dogma, pero más tarde la Iglesia «demonizaba» a toda deidad o ritual no cristiano.

Así, las inocentes creencias y los ritos tradicionales de las poblaciones «bárbaras» se convirtieron, a los ojos de los evangelizadores, en sinónimos del culto a Satán y sus huestes. Esto explica cómo fue que la morfología de deidades no cristianas sirvió para configurar la anatomía del Señor de la Oscuridad: del panteón egipcio toma el color rojo de Seth; del Baal fenicio y de los ya mencionados Loki y Cernunnos, la cornamenta; del Ahriman persa, la idea de contrapeso a la bondad absoluta; de la Grecia clásica toma prestado el tridente de Poseidón, y Pan, hijo de Hermes, le aporta la cornamenta, el cuerpo hirsuto, las patas de cabra y, sobre todo, su avidez sexual, que los exégetas cristianos del siglo V habrían de condenar.

Pero no sólo las divinidades que rivalizaban con el cristianismo fueron objeto de esta demonización, ya que, durante el medievo, los cristianos europeos dieron un rostro a los enemigos que los atacaban y crearon un diablo que capturara la imaginación popular. Al igual que sucedió con los nórdicos, los musulmanes se convirtieron en diablos y brujas, especialmente durante la expansión del Islam y las Cruzadas, en las que los peores enemigos de la fe —el musulmán y el Diablo— fueron vistos como uno.

El Diablo sabe a quién se le aparece

Por otro lado, «la demonización de los judíos fue uno de los primeros y más duraderos ejemplos del hábito cristiano de estigmatizar como sirviente del Príncipe de la Oscuridad a cualquiera que no compartiera sus creencias. Cualquiera que fuera “otro” era vinculado con “el otro”: Satán.»6 Además, la grey cristiana sabía que «los judíos» eran culpables de la crucifixión de Jesús, de modo que no se explicaban cómo podrían haber realizado la atrocidad más grande de la historia si no fueran siervos de Satán. Alimentados por este desprecio, los rostros de los demonios y del Padre de las Mentiras fueron pareciéndose cada vez más a los de los «infieles» sarracenos o judíos: ojos grandes y oscuros, mirada profunda, nariz aguileña y una hirsuta barba rizada. Mitad hombre y mitad bestia, estas horrendas criaturas eran ambiciosas, falsarias, llenas de envidia y siempre dispuestas a dar rienda suelta a su lujuria, corrompiendo la carne del creyente en su forma de íncubos y súcubos.

Durante la alta Edad Media, cerca de cien mil personas, entre brujas y herejes, fueron juzgadas como adoradoras del Diablo y traidoras a la fe, y condenadas a muerte. En medio de la histeria medieval, cualquiera que fuera tu enemigo debía de ser seguidor de Satán… o podía simplemente ser acusado de ello, lo que garantizaba su muerte entre atroces torturas. La aparición en escena de Martín Lutero sólo avivó más las llamas inquisidoras, ya que la propagación de las ideas reformistas exacerbó el miedo de la Iglesia Católica y la hizo buscar con mayor esmero cualquier vestigio demoniaco… o reformista.

Las funciones del Diablo son tres: reinar en el inframundo, sembrar la destrucción en la Tierra y representar el lado oscuro del género humano.

Llama la atención que, en esta época, Lutero afirmara que era Satanás quien controlaba el Vaticano, mientras que para los católicos el alemán era «un siervo a quien Satán le hablaba al oído». Queda claro que los horrendos cuernos de Sammael, igual que al principio de la historia, continuaban —y aún continúan— representando las inexorables e invisibles fuerzas enemigas que nos atacan desde el exterior, tal como expresa la famosa «cara del Diablo» que muchos vieron en las volutas de humo del World Trade Center el 11 de septiembre de 2001.

El que da y quita, con el Diablo se desquita

El humanismo renacentista, la abolición de la Inquisición y la llegada del racionalismo fueron duros reveses para el Señor de las Moscas, ya que, después del siglo XVII, hablar del Diablo era visto como síntoma de un pensamiento arcaico, retrógrada y medieval. Pero la fascinación por el Adversario como signo de los ámbitos más oscuros floreció de manera insospechada en el campo del arte y de la literatura. Si se habla del Diablo, resultaría imperdonable no referirnos, aunque sea de paso, a Dante Alighieri y a su Divina comedia —en especial a los 33 cantos del Infierno, donde, al final de una extenuante jornada, el florentino queda en presencia de un enorme Satanás que rumia a Judas Iscariote por toda la eternidad—. También debemos recordar el Paraíso perdido, de John Milton, y el Fausto, de Goethe, los cuales ayudaron a humanizar al Diablo dotándolo de carne y personalidad.

Este personaje arquetípico nos lleva a los verdaderos satanistas; aquellos que, por sed de poder, riquezas o placeres sexuales, realizan un trueque espiritual con el Maligno. La lista es inagotable; baste recordar a Gilles de Rais (1404-1440), excompañero de armas de Juana de Arco, quien celebraba salvajes misas negras y a quien se le adjudicó la muerte de unos 300 niños, presumiblemente sacrificados en esas ceremonias; Aleister Crowley (1875-1947), ocultista inglés que a menudo es calificado como el artífice de la resurrección del culto diabólico a principios del siglo XX; y Anton Szandor LaVey (1930-1997), el «Papa Negro», autor de la Biblia satánica y creador de la Iglesia de Satán, con sede en la ciudad de San Francisco, cuya credibilidad se vino a pique al ser acusado de fraude y de comerciar con la imagen del Príncipe de los Demonios para amasar una enorme fortuna.

En México, la representación que quizá vaya mejor con nuestro espíritu es el diablo de la pastorela, infatigable saboteador de la jornada de los pastores hacia Belén para adorar al Verbo hecho carne; y los ya casi extinguidos «juditas», a los que solíamos prender fuego el Sábado de Gloria para exorcizar al Padre de las Mentiras. Pero la verdad es que los mexicanos mentamos al Chamuco a la menor provocación y es que, ante la luz del análisis y la introspección en la psique humana, Luzbel dejó los púlpitos, surcó los parajes terrestres y fue a alojarse justo donde debía —y donde, al parecer, permanece cómodo—: en lo más profundo del alma y la mente humanas, como alegoría de los deseos inconfesables y como un cómodo chivo expiatorio de nuestras propias atrocidades.

El mismo Infierno, pero con otro diablo

En nuestros días, el Príncipe de las Tinieblas, a pesar de sus idas, venidas y transformaciones en innumerables avatares, sigue bien vivo y agitando su puntiaguda cola. Su nombre nos invade por la boca —¿quién no ha degustado un jamoncito endiablado, unos ostiones a la diabla, unas devil wings, unos «diablitos» o un Casillero del Diablo?—, por los oídos —desde la repulsiva cantaleta de «Don Diablo, que es muy cuco, siempre sale con el truco…»; pasando por Sympathy for the Devil, de «Sus Satánicas Majestades», los Rolling Stones; hasta la más virulenta manifestación de black metal escandinavo, que hace ver al tal Marilyn Manson como una colegiala— y por los ojos —ahí están la dulce Linda Blair hospedándolo en su cuerpecito en El exorcista (1973), Robert De Niro en Corazón satánico (1987), Al Pacino en El abogado del Diablo (1997), el protético Señor de la Oscuridad de Leyenda (1985) o, mejor aún, Elizabeth Hurley encarnando a la tentación en Al diablo con el Diablo (2000)—; y es tan útil que sirve para nombrar lo mismo un automóvil italiano de lujo, un artilugio que procura un suministro eléctrico malhabido o un rodante vehículo cargabultos.

Y como el tema es extenso y el espacio poco, sólo resta darle a usted un consejo, querido lector: condúzcase según su moral le dicte, pero temple su alma y no se deje llevar por las tentaciones, porque, entre que son peras o son manzanas —¿manzanas? ¡Mejor no! Recuerde a nuestra madre Eva—, estoy seguro de que a nadie le apetecerá visitar, sin boleto de regreso, la mansión de los fuegos eternos. Así que, ya sea usted creyente, ateo, agnóstico, escéptico… ¡o hasta antiséptico!, mejor muestre respeto por el Hombre de Rojo… Digo, no vaya a ser el Diablo.

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