cuento – Algarabía https://algarabia.com Algarabía Thu, 09 Oct 2025 05:19:52 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=7.0 https://algarabia.com/wp-content/uploads/2021/06/favicon.png cuento – Algarabía https://algarabia.com 32 32 Edgar Allan Poe https://algarabia.com/edgar-allan-poe/ https://algarabia.com/edgar-allan-poe/#comments Thu, 09 Oct 2025 05:19:50 +0000 https://algarabia.com/?p=19988 Pobreza, muerte, enfermedades y vicios fueron el tema central de la historia de vida de Edgar Allan Poe. Nació en Boston, Massachusetts, el 19 de enero de 1809, pero una de las primeras tragedias que marcarían su vida lo llevó a vivir unos años en Inglaterra: la muerte de sus padres.
El 8 de diciembre de 1811, falleció Elizabeth, su madre; y sólo 3 días después, David, su padre. John Allan, quien lo adoptó y de quien heredó el apellido, fue el que se lo llevó a Europa y le dio educación, pero también fue el primero que se opuso a que Poe se dedicara a la literatura.

La primera obra de Poe fue Tamerlan and Other Poems —Tamerlán y otros poemas—, la cual firmó como «un bostoniano»; se cree que lo hizo para despistar, pues John Allan no quería que se dedicara a la literatura.

En 1820, volvió a Estados Unidos, pero su carácter rebelde y nostálgico y su vicio por el alcohol y las drogas generaron que sus padres adoptivos ya no le quisieran dar educación, y su relación terminó.
En 1831, se estableció en Baltimore, Maryland, con su tía María Clemm y su prima Virginia, con quien se casó, cinco años después. Biógrafos han escrito que su relación fue más fraternal que conyugal. Puras especulaciones. Y como la muerte nunca se separó de Poe, 11 años después de que se casara con su joven prima, ésta murió de tuberculosis.

Virginia enfermó de tuberculosis en enero de 1842, y murió a los 24 años, en la casa de campo de la pareja, en Nueva York.

Vía telesurtv.com

La muerte de Virginia hundió más a Poe en el alcohol y las drogas, y sus letras lo siguieron reflejando: lo macabro, lo espeluznante, lo detectivesco, lo sobrenatural, el terror, el miedo, fueron parte de la pócima que bebió al escribir sus cuentos, poemas y ensayos.
En 1845, se publicó, por primera vez, uno de sus poemas más reconocidos: «The Raven» —El cuervo—, que narra la visita de un cuervo a la casa de un amante afligido.

Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.

«The Raven»
El 3 de octubre, a los 40 años, el escritor se desmayó en la calle de Baltimore. Luego de estar alrededor de cuatro días en el hospital, murió. ¿La causa? Aún incierta: alcoholismo, tuberculosis, cólera, rabia, un asalto, suicidio…
En 2012, Jame McTeigue dirigió la película The Raven — El cuervo —, en la que el actor John Cusack interpreta al escritor estadounidense, quien rastrea a un asesino que se inspira en su obra.

La editorial española Nordica ha publicado Cuentos de muerte y demencia, relatos convertidos en cómic.

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Cómo reconocer los géneros literarios II https://algarabia.com/como-reconocer-los-generos-literarios-ii/ https://algarabia.com/como-reconocer-los-generos-literarios-ii/#comments Mon, 08 Sep 2025 20:39:00 +0000 https://algarabia.com/?p=24326

¿Qué clase de misterio es ése que hace que el simple deseo de contar historias se convierta en una pasión, que un ser humano sea capaz de morir por ella; morir de hambre, frío o lo que sea, con tal de hacer una cosa que no se puede ver ni tocar ni que, al fin y al cabo, si bien se mira, no sirve para nada?
Gabriel García Márquez

Géneros narrativos

El rasgo que los define es que narran una historia en un espacio y un tiempo determinados, con un conflicto bien planteado y ascendente que pone a prueba a los personajes. Desde la expresión más breve hasta la más compleja y extensa, este atributo permanece como guía de las pasiones de los individuos. Toda ficción, a decir de Todorov, «evoca un universo de experiencia», mediante el lenguaje.

Los españoles Benito Pérez Galdós y Jacinto Benavente, así como, ya entrados en el siglo XX, el colombiano Gabriel García Márquez y los mexicanos Martín Luis Guzmán, Jorge Ibargüengoitia y Juan García Ponce son ejemplos de narradores cuyas obras seguramente conoce o ha disfrutado.

Como subgéneros narrativos podemos destacar los siguientes:

  • Fábula. Del latín fabula, que significa «conversación», es uno de los géneros más antiguos. Primero apareció en la India, luego en China y el resto de Oriente; más tarde, en Grecia y en Roma. Durante la Edad Media era común dentro de las lenguas romances. La mayor parte de estas narraciones —breves, por cierto— arrojan enseñanzas morales o «moralejas». Los protagonistas pueden ser animales, plantas, hombres e incluso dioses. Las de Esopo, La Fontaine o ChaucerCuentos de Canterbury— son ejemplos famosos. Varios autores de todas las épocas incursionaron en el género: Goethe, con su Reinaldo el Zorro, Lord Byron con El prisionero de Chillon, y Pushkin con El cuento del gallito de oro. Actualmente, la fábula goza de gran auge debido a la promoción de lectura para niños y jóvenes.
  • Cuento. Del latín compŭtus, que significa «cuenta», es una narración en prosa —por lo regular, breve— que tiene un grupo limitado de personajes y cuya trama se centra en una acción o situación específica. Tal vez sea uno de los géneros más frecuentes porque se sustenta en las narraciones orales y populares, mismas que se remontan a las primeras civilizaciones humanas.Algunos de los relatos más antiguos de los que se tienen registro son «Los cuentos de los magos», escritos sobre papiro en el año 3000 a.C., en Egipto. En la Biblia —más de mil años antes de la era cristiana— hay narraciones que cumplen cabalmente estas características —como el libro de Jonás—, al igual que algunos pasajes de las Historias de Herodoto (450. a.C.). Las mil noches y una noche, son una recopilación imprescindible que sintetiza, no sólo las tradiciones del mundo árabe y el imaginario colectivo de Oriente, sino gran parte de muchas leyendas que luego se adaptarían a otras culturas.Entre los autores imprescindibles del cuento, se encuentran ApuleyoMetamorfosis y El asno de oro—, Don Juan ManuelEl conde Lucanor—, BocaccioEl Decamerón—, Tirso de MolinaLos cigarrales de Toledo—, Walter ScottCuentos de un abuelo—, Hoffman —la colección de Los hermanos Serapión y Opiniones del gato Murr—, por supuesto, los que recopilaron de la tradición oral los hermanos Grimm y Charles Perrault —y que entran en el subgénero de cuentos de hadas— al igual que los cuentos de Hans Christian Andersen; Irving: Rip Van Winkle y La leyenda de Sleepy Hollow; Balzac: El verdugo, La piel de zapa; Hawthorne: Cuentos contados dos veces; Edgar Allan Poe: La caída de la casa Usher, El escarabajo de oro, Ligia; T. Gautier: La muerta enamorada, Avatar; Charles Dickens: Un cuento de Navidad, El grillo del hogar; Turgenev: Relatos de un cazador, Primer amor; Flaubert: Tres cuentos.

    Todos estos son previos a 1850, y si continuamos con este recuento, no nos alcanzaría esta página, pero tampoco se puede dejar de mencionar algunos de los más representativos del siglo XX: Thomas Mann: la colección de Tristán, Amo y perro, Mario y el Mago; James Joyce: Dublineses; William Faulkner: Una rosa para Emilia; Franz Kafka: Informe para una academia, Un médico rural y Ante la ley; Juan José Arreola: Mi confabulario; Jorge Luis Borges: Ficciones, El Aleph, El informe de Brodie, El libro de arena; Adolfo Bioy Casares: Relatos fantásticos; Julio Cortázar: Bestiario, Historias de cronopios y famas; Juan Carlos Onetti: La novia robada; Juan Rulfo: El llano en llamas.

  • Novela. Es el género más cultivado en la actualidad. Se define como una narración extensa que propone una visión mucho más individualizada y compleja que la del cuento y cuestiona a las sociedades lo mismo que a los sujetos, sin caer en el juicio explícito: describe experiencias y sentimientos mediante una trama que se sustenta tanto en los personajes que la interpretan, como en los acontecimientos que los van relacionando.Uno de los textos que se considera antecedente del género es El satiricón, atribuido a Pretonio. Hacia el año 1010 de nuestra era, La historia del Genji, del japonés Murasaki, ya reunía muchas de las características de la novela, pero es hasta Gargantúa y Pantagruel (1532), de Rabelais, que el género cobra mayor auge y se publican obras como El Quijote, de Cervantes, que demuestra que el español ya era una lengua tan completa como el latín —pues en aquél entonces todo texto que no fuera escrito en la lengua clásica estaba condenado al olvido— y también la novela comienza a darle relevancia al nombre de los autores.Algunas obras emblemáticas del género son: Robinson Crusoe, de Daniel Defoe; Los viajes de Gulliver, de J. Swift; Julia, o La nueva Eloísa, de J. J. Rosseau; Jacques el fatalista, de Denis Diderot; El joven Werther, de Goethe; Orgullo y prejuicio, de Jane Austen; Lo rojo y lo negro, de Sthendal; Frankenstein, de Mary Wollestonecraft Shelley; La comedia humana, de Balzac; Los tres mosqueteros, de Dumas; Los miserables, de Victor Hugo; La letra escarlata, de Hawthorne; Oliver Twist, de Charles Dickens; Moby Dick, de Mellville; Crimen y castigo, de Dostoievski; Madame Bovary, de Flaubert; Ana Karenina, de L. Tolstoi; Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain; La derrota, de Émile Zola; Una vuelta de tuerca, de Henry James; Doña Perfecta, de Benito Pérez Galdós; El crimen del padre Amaro, de Eça de Queiroz; El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, de Robert Louis Stevenson

    Y saltamos hasta el siglo XX para mencionar: Un mundo feliz, de Aldous Huxley; La Metamorfosis, de Franz Kafka; La muerte de Virgilio, de Hermann Bröch; El gran Gatsby, de Scott Fitzgerald; Luz de agosto, de William Faulkner; El viejo y el mar, de Hemingway; Las uvas de la ira, de Steinbeck; La náusea, de Jean Paul Sartre; Dos mujeres, de Alberto Moravia; La peste, de Camus; El guardián entre el centeno, de Jerome D. Salinger; El tambor de hojalata, de Günter Grass; La invención de Morel —de las contadas de ciencia ficción en Latinoamérica—, de Adolfo Bioy Cazares; A sangre fría, de Truman Capote; Pedro Páramo, de Juan Rulfo; Los pasos perdidos, de Alejo Carpentier; Paradiso, de José Lezama Lima; Rayuela, de Julio Cortázar; Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez; La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa; Todos los nombres, de José Saramago.

Géneros dramáticos

Junto con la épica y la lírica, el drama es una de las manifestaciones básicas de la creación literaria. A diferencia del cuento, la novela, la fábula —entre otros géneros narrativos—, en el drama no se presentan los acontecimientos en un relato, sino mediante la representación de actores que interpretan a los personajes de la obra. El drama se desarrolló en varias regiones del mundo —Egipto, Grecia, India, China— de forma independiente, pero en el drama occidental, hay dos tipos principales: la tragedia y la comedia.

  • Tragedia. Del griego tragoedĭa, que significa literalmente «canción de machos cabríos». Su función es mostrar el carácter impredecible del destino. Por lo regular, la trama describe una gran lucha moral entre el protagonista —o personajes involucrados— y una fuerza superior. Esta fuerza puede ser el destino —como en las griegas—, las circunstancias o la sociedad; esta lucha por lo regular termina en una desgracia o en una desilusión —en la tragedia clásica la conclusión recurrente era la muerte—; pero aunque el final sea infeliz, es muy significativo y perturbador para los espectadores. Edipo Rey y Electra son ejemplos de tragedias de la Grecia antigua; Hamlet y El rey Lear, de William Shakespeare, fueron escritas en el siglo XVII.
  • Comedia. Las situaciones que expone son amables, divertidas e, incluso, hilarantes; pero lo más importante es que sugieren una crítica a la sociedad y al individuo mismo. Su temática es muy variada y los personajes que la ejemplifican siempre llegan a un final feliz. Ejemplos son: Pluto, de Aristófanes, y Las preciosas ridículas, de Molière.

Género mixto

Por último dedicamos un brevísimo espacio a los géneros mixtos, aquellas formas que desafían a los géneros descritos porque contienen elementos de todos ellos. Citaremos sólo dos muy relevantes:

  • Epístola. Es, esencialmente, una carta en verso que expone ideas de orden moral o filosófico. Lo que da a conocer no es sólo un punto de vista, sino el dominio sobre una cuestión particular. Las Epístolas de Plinio «el Joven» son un claro ejemplo de este género.
  • Ensayo. Se trata de un escrito a través del cual el autor analiza un aspecto de un tema específico, adoptando claramente una postura. Su exposición es siempre argumentada. Prácticamente el fundador de este género fue Montaigne, quien tituló así a sus manuscritos en los que reflexionaba sobre el mundo y sus conjuntos: Ensayos. Otro ensayista excelso es Octavio PazEl arco y la lira—, al igual que Umberto EcoApocalípticos e integrados.

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Crímenes Ejemplares https://algarabia.com/crimenes-ejemplares/ https://algarabia.com/crimenes-ejemplares/#respond Mon, 25 Aug 2025 15:49:49 +0000 https://algarabia.com/?p=58457 Crímenes; todos nos hemos preguntado qué motiva a una persona a cometer un asesinato, pero pocos han estado en posición de averiguarlo. Uno de los curiosos afortunados que llegó a saberlo —y vivió para contarlo— es Max Aub (1903-1972), un hombre y un escritor fuera de serie.

Nacido en París, hijo de padre alemán y madre judía, se crió desde pequeño en España. Apoyó a la República durante la Guerra Civil, por lo que se exilió en Francia de 1939 a 1942 y después en México., de quien presentamos una selección de esos motivos criminales.

«He aquí material de primera mano. Pasó de la boca al papel rozando el oído. Confesiones sin cuento: de plano, de canto, directas, sin más deseos que explicar el arrebato. Recogidas en España, en Francia y en México, a través de más de 20 años, no iba —ahora— a aderezarlas: razón de su vulgaridad. Hiciéronlas intentando, sin duda, ponerse a bien con Dios, huyendo del pecado.

Los hombres son como los hicieron y querer hacerlos responsables de lo que, de pronto, les empuja a salirse de sí, es orgullo que no comparto. Los años me han abierto a la comprensión. Desembuchan escuetamente las razones nada oscuras que los llevaron al crimen, sin otro motivo que dejarse arrastrar por su sentimiento. Ingenuamente dicen —a mi ver— verdades.

Por otra parte, se parecen. ¿A quién extrañará? Un siciliano, un albanés mata por lo mismo que un dinamarqués, un noruego o un guatemalteco. No digo que un norteamericano o un ruso, por no herir fuertes susceptibilidades. No hacen alarde, se quedan en lo que son. Se dan a conocer con llaneza.

Reconozco que, para hacerles hablar sin prejuicios, recurrimos —que no lo hice solo— a cierta droga hija de algunos hongos mexicanos, de la sierra de Oaxaca, para ser más preciso. Pero no publico sino lo que fui autorizado por quien podía hacerlo. No doy nombres, pero los tengo. “Da esfuerzo al corazón el vino”, se dice en una famosa novela española. […]

P. D. —En contra de lo que se pueda suponer, sólo dos confesiones vienen de boca de alienados. En general, los locos fueron decepcionantes. […] México, 1956».

Foto tomada por Kat Wilcox para Pexels.

– Lo maté porque habló mal de Juan Álvarez, que es muy mi amigo y porque me consta que lo que decía era una gran mentira.

– Lo maté en sueños y luego no pude hacer nada hasta que lo maté de verdad. Sin remedio.

– Era tan feo el pobre, que cada vez que me lo encontraba, parecía un insulto. Todo tiene su límite.

– Estábamos en el borde de la acera, esperando el paso. Los automóviles se seguían a toda marcha, el uno tras el otro, pegados por sus luces. No tuve más que empujar un poquito. Llevábamos doce años de casados. No valía nada.

¿Usted no ha matado nunca a alguien, por aburrimiento, por no saber qué hacer? Es divertido.

– Me quemó duro con su cigarrillo. Yo no digo que lo hiciera con mala intención. Pero el dolor es el mismo. Me quemó, me dolió, me cegué, lo maté. No tuve —yo tampoco— intención de hacerlo. Pero tenía aquella botella en la mano.

– Lo maté porque estaba seguro que nadie me veía.

– Soy maestro. Hace diez años que soy maestro de la escuela primaria de Tenancingo, Zacatecas. Han pasado muchos niños por los pupitres de mi escuela. Creo que soy un buen maestro. Lo creía hasta que salió aquel Panchito Contreras. No me hacía ningún caso, ni aprendía absolutamente nada: porque no quería. Ninguno de los castigos surtía efecto. Ni los morales, ni los corporales. Me miraba, insolente. Le rogué, le pegué. No hubo modo. Los demás niños empezaron a burlarse de mí. Perdí toda autoridad, el sueño, el apetito, hasta que un día no lo pude aguantar y, para que sirviera de precedente, lo colgué del árbol del patio.

Foto tomada por Martin Lopez para Pexels.

“Lo maté porque en vez de comer, rumiaba.”

– Salimos a cazar patos silvestres. Me agazapé en el tollo. ¿Qué me empujó a apuntar a ese hombre rechonchito y ridículo, con sombrero tirolés, con pluma y todo?

– Le pedí El excélsior y me trajo El popular. Solicité unos Delicados y me trajo Chesterfield. Le pedí una cerveza clara y me trajo una negra. La sangre y la cerveza, revueltas por el suelo, no son una buena combinación.

– Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga a hablar. Soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses. Además hubiese sido muy capaz de echarme mal de ojo. Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por dentro.

“Lo maté porque tenía una pistola. ¡Y da tanto gusto tenerla en la mano!”

– ¡Si el gol estaba hecho! No había más que empujar el balón, con el portero descolocado… ¡Y lo envió por encima del larguero! ¡Y aquel gol era decisivo! Les dábamos en todita la madre a esos chingones de la Nopalera. Si de la patada que le di se fue al otro mundo, que aprenda ahí a chutar como Dios manda.

– ¡Era safe, señor! Se lo digo por la salud de mi madrecita, que en gloria esté… Lo que pasa es que aquel ampayer la tenía tomada con nosotros. En mi vida he pegado un batazo con más ganas. Le volaron los sesos como atole con fresa…

– Había terminado la tarea, no crean que fue cosa fácilm ocho días para poner en limpio aquel plano. A la mañana siguiente eran las pruebas semestrales. Y aquel pendejo, que va, y viene a llenar su tiralíneas en mi botella de tinta china y la deja caer sobre mi plano… Fue natural: le planté el compás en el estómago.

– Yo había encargado mis tacos mucho antes que ese desgraciado. La mesera, meneando las nalgas como si nadie más que ella tuviera, se los trajo antes que a mí, sonriendo. La descristiané de un botellazo: yo había encargado mis tacos mucho antes que ese desgraciado, cojo y con acento del norte, para mayor INRI.

“De mí no se ríe nadie. Por lo menos ése ya no.”

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Foto tomada por Vijay Putra para Pexels.

– ¿Qué quieren? Estaba agachado. Me presentaba la popa de una manera tan ridícula, tan a mano, que no pude resistir la tentación de empujarle…

– No puedo tocar el terciopelo. Tengo alergia 
al terciopelo. Ahora mismo se me eriza la piel al nombrarlo. No sé por qué salió aquello en la conversación. Aquel hombre tan redicho no creía más que en la satisfacción de sus gustos. No sé de dónde sacó un trozo de aquel maldito terciopelo y empezó a restregármelo por los cachetes, por el cogote, por las narices. Fue lo último que hizo.

– Lo maté porque me dolía la cabeza. Y él venga a hablar, sin parar, sin descanso, de cosas que me tenían completamente sin cuidado. La verdad, aunque me hubiesen importado. Antes, miré mi reloj seis veces, descaradamente: no hizo caso. Creo que es una atenuante muy de tenerse en cuenta.

– Era más inteligente que yo, más rico que yo, más desprendido que yo; era más alto que yo, más guapo, más listo: vestía mejor, hablaba mejor; si ustedes creen que no son eximentes, son tontos. Siempre pensé en la manera de deshacerme de él. Hice mal en envenenarlo: sufrió demasiado. Eso, lo siento. Yo quería que muriera de repente.

– Tenía un forúnculo muy feo, con la cabeza gorda, llena de pus. El médico aquél —el mío estaba de vacaciones— me dijo: —¡Bah! Eso no es nada. Un apretón y listo. Ni siquiera lo notará.


Le dije que si no quería darme una inyección para mitigar el dolor.

—No vale la pena —lo malo es que al lado había un bisturí. Al segundo apretujón se lo clavé. De abajo a arriba. Según los cánones.

– Ahí está lo malo: que ustedes creen que yo no le hice caso al alto. Y sí. Me paré. Cierto que nadie lo puede probar. Pero yo frené y el coche se detuvo. En seguida la luz verde se encendió y yo seguí. El policía pitó y yo no me detuve porque no podía creer que fuera por mí. Me alcanzó enseguida con su motocicleta. Me habló de mala manera: “Que si por ser mujer creía que las leyes de tránsito se habían hecho para los que gastan pantalones”. Yo le aseguré que no me pasé el alto. Se lo dije. Se lo repetí. Me solivianté: la mentira era tan flagrante que se me revolvió la sangre.

Ya sé yo que no buscaba más que uno o dos pesos, o tres a lo sumo.

Pero bien está pagar una mordida cuando se ha cometido una falta o se busca un favor. ¡Pero en aquel momento lo que él sostenía era una mentira monstruosa! ¡Yo había hecho caso a las luces! Además, el tono: como sabía que no tenía razón se subió en seguida a la parra.

Vio una mujer sola y estaba seguro de salirse con la suya. Yo seguí en mis trece. Estaba dispuesta a ir a Tránsito y a armar un escándalo. ¡Porque yo pasé con luz verde! Él me miró socarrón, se fue delante del coche e hizo el intento de quitarme la placa. Se inclinó. No sé qué me pasó entonces. ¡Aquel hombre no tenía ningún derecho a hacer lo que estaba haciendo! Yo tenía la razón. Furiosa, puse el coche en marcha, y arranqué…

– Era imbécil. Le di y le expliqué la dirección tres veces, con toda claridad. Era sencillísimo: no tenía sino cruzar la Reforma a la altura de la quinta cuadra. Y las tres veces se embrolló al repetirla. Le hice un plano clarísimo. Se me quedó mirando, interrogante:

—Pos no sé —y se alzó de hombros. Había para matarlo. Lo hice. Si lo siento o no, es otro problema.

– ¿Para qué tratar de convencerle? Era un sectario de lo peor, cerrado de mollera como si fuese Dios Padre. Se la abrí de un golpe, a ver si aprende a discutir. El que no sabe, que calle.

-Lo maté por idiota, por mal pensado, por tonto, por cerrado, por necio, por mentecato, por hipócrita, por guaje, por memo, por farsante, por jesuita, a escoger. Una cosa es verdad: no dos.

– La maté porque le dolía el estómago.

– Lo maté porque bebí lo justo para hacerlo.

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Foto tomada por Donald Tong para Pexels.

– Empezó a darle al café con leche con la cucharita. El líquido llegaba al borde, llevado por la violenta acción del utensilio de aluminio. (El vaso era ordinario, el lugar era barato, la cucharilla usada, pastosa de pasado.) Se oía el ruido de metal contra el vidrio. Ris, ris, ris, ris. Y el café con leche dando vueltas y más vueltas, con un hoyo en su centro. Maëlstrom. Yo estaba sentado enfrente. El café estaba lleno.

El hombre seguía moviendo y removiendo, inmóvil, sonriente, mirándome. Algo se me levantaba de adentro. Le miré de tal manera que se creyó en la obligación de explicarse: —Todavía no se ha deshecho el azúcar. Para probármelo dio unos golpecitos en el fondo del vaso. Volvió enseguida con redoblada energía a menear metódicamente el brebaje. Vueltas y más vueltas, sin descanso, y el ruido de la cuchara al borde del cristal. Ras, ras, ras. Seguido, seguido, seguido sin parar, enteramente. Vuelta y vuelta y vuelta y vuelta. Me miraba sonriendo. Entonces saqué la pistola y disparé.

– ¿Ustedes no han tenido ganas de asesinar a un vendedor de lotería, cuando se ponen pesados, pegajosos, suplicantes? Yo lo hice en nombre de todos.

– La maté por no darle un disgusto.

– ¡Tenía el cuello tan largo!

– A mi hermana —de verdad, de verdad— nunca la pude tragar.

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Las matanzas escolares más sangrientas Parte I
¡Tripas para todos!

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Los cuentos para niños ¿son para niños? https://algarabia.com/los-cuentos-para-ninos-son-para-ninos/ https://algarabia.com/los-cuentos-para-ninos-son-para-ninos/#comments Fri, 25 Jul 2025 15:06:01 +0000 https://algarabia.com/?p=57753 Si cuando oímos hablar de cuentos para niños pensamos encontrar cuentos dulces, tiernos y maravillosos, estamos muy equivocados, sobre todo si se trata de aquellos que los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm recolectaron a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX.

Jacob Ludwig Carl Grimm nació el 4 de enero de 1785en Hanau, Alemania y poco más de un año después nació, el 24 de febrero de 1786, su hermano Wilhelm Carl. En1802 Jacob empezó a estudiar leyes en la Universidad de Marburgo; su hermano pequeño hizo lo mismo y entró a la facultad un año después.

Fue en la universidad donde empezaron a recolectar las diferentes leyendas y cuentos populares que habían pasado de padres a hijos de boca en boca, pero que nunca se habían escrito ni publicado. Los Grimm estaban especialmente interesados en aquellas historias que involucraban la cultura y las tradiciones germanas, es decir, el folklore desde el medioevo.

Su primer libro, Cuentos de niños y del hogar, se publicó en 1812, contenía 86 historias populares y fue todo un éxito. En su siguiente publicación: Cuentos de hadas de los Grimm, los hermanos agregaron otras 70 historias y así, hasta completar seis ediciones y 200 historias en total.

Después publicarían otros libros, como Mitología Germana, Leyendas Germanas, La historia de la lengua germana y hasta un diccionario de alemán. Ambos eran reconocidos lingüistas y filólogos y su obra es, sin duda, de lo más conocido de la literatura alemana.

Los cuentos para niños de los Grimm incluyen historias de reyes, de princesas, de magia y de animales que hablan. Se trata en su mayoría de apologías que pretendían moralizar a la gente y entretenerla al mismo tiempo; historias difíciles, con tramas complejas y, a menudo, crueles. Por eso, desde que las recolectaron, los Grimm—y la gran cantidad de adaptadores que les siguieron, entre ellos Walt Disney— se dieron a la tarea de «arreglarlos»; así, las historias poco a poco se suavizaron, se dulcificaron y se «moralizaron». En realidad, las versiones que conocemos distan mucho de las originales, que en la mayoría de los casos eran sumamente crueles y grotescas.

Veamos algunos ejemplos de estos “cuentos para niños”

En Hansel y Gretel la madrastra maltrata a los niños día y noche. Ella convence al padre de dejar a los niños perdidos en medio del bosque para que las fieras los devoren, ya que no había suficiente comida para los cuatro, pero los niños resultan más inteligentes y en los dos intentos que hacen se salvan. Algo muy parecido pasa en Pulgarcito.

En Cenicienta, uno de los más conocidos cuentos para niños, no existen ningunas haditas y ratoncitos como los que nos dibujó Disney, éstos eran en realidad palomas que vivían en un árbol en la tumba de la madre de Cenicienta, mientras que las zapatillas no eran de cristal sino de oro. El príncipe llega a su casa con una zapatilla en busca de la mujer de la que se había enamorado y las hermanastras no dejan salir a Cenicienta. La mayor se la prueba, pero el dedo gordo del pie no le cabe, entonces, la madre le da un cuchillo diciéndole: «Córtate el dedo, cuando seas reina no necesitarás caminar». Así lo hace y aguantando el dolor, sale ante el príncipe, que se la lleva en su caballo, pero al pasar por la tumba de la madre de Cenicienta, las palomas le gritan que vea la sangre en el zapato. El príncipe se da cuenta del engaño y la regresa a su casa. Le toca el turno a la menor, pero el talón no entra.

La historia se repite; la madre le da el cuchillo, se corta el talón y el príncipe se la lleva y pasa lo mismo con las palomas. Cuando la regresa ve a Cenicienta muy sucia; sin embargo, le prueba la zapatilla y ya sabemos la historia. El día de la boda asisten las dos hermanastras para congraciarse y las palomas les sacan los ojos.

En Blanca Nieves la madrastra ordena al guardia que la lleve al bosque, la mate y le traiga su hígado y uno de los pulmones. El guardia se apiada y mata a un jabalí, cuyos órganos lleva a la madrastra, quien los manda cocinar y se los come. Después, cuando el espejo mágico le dice que Blanca Nieves todavía vive, se disfraza de anciana y trata de matarla dos veces: una ahorcándola con el lazo de un moño que le pretende vender, otra con un peine envenenado. En los dos casos, los enanos llegan y la salvan, pero la tercera vez, la manzana envenenada funciona y se muere. Los enanos la ponen bajo una cúpula de cristal y un día pasa un príncipe que se enamora de su belleza aun muerta; le pide a los enanos que se la den y al llevársela, en un salto que da la carreta, se le desatora el pedazo de manzana y vuelve a la vida. El día de la boda invitan a la madrastra, quien va preparada para lanzar un terrible hechizo, pero al llegar la obligan a ponerse unas zapatillas que habían sido calentadas al rojo vivo y a bailar con ellas hasta que cae muerta.

En el caso de Caperucita Roja el final es distinto. El lobo llega antes a la casa de la abuelita y se la come, luego se pone su ropa y después del diálogo: «¿Por qué tienes esa boca tan grande, abuelita?» también se come a Caperucita. Luego un cazador lo oye roncar, le abre la panza con unas tijeras y saca a las dos.

Otro de los cuentos para niños típicos de los Grimm es Rapunzel, una historia muy cruel también; en donde la bruja se lleva a vivir a la hija de una pobre pareja a una torre sin puertas y sin escaleras, y le pide para subir que tire sus largas trenzas. Después, un príncipe la visita en la torre y cuando la bruja se entera que el príncipe sube a verla, le corta el pelo y la lleva al desierto, dejándola sola y sin comida, mientras que al príncipe le tiende una trampa con las trenzas y lo tira por la torre. Queda ciego por la caída y se pone a vagar por el bosque durante dos años, hasta que Rapunzel lo encuentra y con sus lágrimas le devuelve la vista.

Por otro lado, nos encontramos otro cuento también muy cruel que ha sido suavizado por sus contadores y sobre todo por Disney, es Pinocho, escrito por Carlo Lorenzini. Los pasajes crueles de este cuento son muchos; por ejemplo, cuando Pinocho esconde sus monedas de oro en la boca, el gato trata de abrírsela con un cuchillo. Pinocho le muerde la garra, arrancándosela, para luego escupirla. Mientras huye, Pinocho se topa con una niña zombie y cuando finalmente lo atrapan, el gato y el zorro lo cuelgan del cuello para que escupa el oro. El personaje de Pepe Grillo no tiene nombre en el libro; aparece al principio de la historia y enseguida es aplastado por Pinocho con un martillo. Más adelante, el fantasma del grillo reaparece, ofreciéndole consejos que casi nunca sigue. En el País de los Juegos Pinocho se convierte en burro y es vendido en un mercado, es además obligado a actuar en un circo hasta que se lastima y queda inútil. Entonces lo venden a un hombre que lo va a matar para hacer con su piel un tambor y lo trata de ahogar, pero los peces se comen la piel y dejan al descubierto al títere que había adentro. Más tarde, Pinocho rescata a Geppeto del interior de la panza no de una ballena, sino de un tiburón. Aun así, este acto no es suficiente para que lo conviertan en niño; además, tiene que trabajar de sol a sol todos los días por cinco meses hasta que su deseo es concedido.

Y para acabar con estas dulces historias, hay una poco conocida: La niña sin manos, en la que un pobre molinero que tenía una hija se encuentra a un misterioso personaje en el bosque, quien le ofrece comida y riquezas de por vida si le regala lo que hay detrás de su molino. Atrás del molino sólo había un viejo manzano, así que el molinero piensa que es un buen trato y que no tiene nada que perder. Él acepta y cuando regresa a su hogar, encuentra a su mujer sorprendida de que la casa esté llena de comida y joyas. El molinero le cuenta lo que pasó y ella llorando, le dice: «Tras el molino estaba nuestra hija». Pasado el plazo pactado de tres años, el personaje —que es el Diablo— se presenta a cobrar la deuda. Los padres le ruegan no llevarse a su hija. Él acepta llevarse sólo las manos de la niña o al molinero. El molinero habla con la hija y ella le dice: «Padre, no sufras por mí, haz lo que tengas que hacer» y entonces le corta las manos. El padre le dice a su hija que a pesar de no tener manos va a poder vivir una vida sin carencias, pero ella decide irse y vaga por el bosque pasando muchas aventuras, tanto buenas como malas.

Podríamos hablar de lo crudo y cruel de muchas otras historias y “cuentos para niños”. También habría que hablar del contenido sexual de muchas de ellas —se dice por ahí que hay versiones en lasque el lobo abusa sexualmente de Caperucita y el príncipe copula con Rapunzel en la torre, etcétera—, pero el recuento sería casi infinito.

Quizás es preferible apuntar que probablemente todo este contenido cruel, donde el bien y el mal están siempre en contraposición, es resultado de una época como el medioevo, en la que la gente vivía con miedo constante: Europa sufría hambrunas terribles, la gente corría a cada momento peligro de morir, ya sea perdida en el bosque, atrapada por un animal o de frío; muchas mujeres morían de parto, por lo que la gente tenía terror a las madrastras. Aunque lejanas y fantásticas, estas historias reflejan rasgos reales de una época y también, ¿por qué no? de la naturaleza humana


Benjamín Troy se Miramontes es ingeniero mecánico electricista egresado de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional, actualmente estudia el Diplomado de Creación Literaria en la SOGEM.

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Dato para recordar — Carrol publica la novela «Sylvie and Bruno» https://algarabia.com/dato-para-recordar-carrol-publica-la-primera-de-dos-partes-de-la-novela-sylvie-and-bruno/ https://algarabia.com/dato-para-recordar-carrol-publica-la-primera-de-dos-partes-de-la-novela-sylvie-and-bruno/#respond Wed, 19 Feb 2025 04:25:12 +0000 https://algarabia.com/?p=27910 Acompáñanos a viajar en el tiempo y encuentra la colección de estos datos en los minialmanaques Un año para recordar.
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El extraño caso de la Privada de Reina https://algarabia.com/el-extrano-caso-de-la-privada-de-reina/ https://algarabia.com/el-extrano-caso-de-la-privada-de-reina/#respond Wed, 08 Nov 2023 21:03:07 +0000 https://algarabia.com/?p=15226 Episodio I: El comienzo del misterio en la Privada de Reina

Todo comenzó una tarde de verano, cuando ya empezaba a pardear. Inés, mi perro Tocayo y yo, salimos a «dar la vuelta a la manzana». Caminábamos en silencio, cuando de pronto, Inés grita: —¡Privada de Reina, Privada de Reina, quiero entrar! Una calle cerrada cuya entrada no se ve, porque es tan estrecha que no se distingue entre los portones y las angostas entradas de las puertas de este barrio residencial, y cuyo trazo es empinado y sinuoso, presentándose primero y a la izquierda con unas casas grandes —tipo la playa de Ixtapa—, luego con casas un poco más pequeñas que nada que ver con las otras y que más bien recuerdan las de la abuelita de Caperucita Roja, para un poco después volverse más sinuosa y más lóbrega, con casas más grandes, más viejas y más ruinosas, que parecen salidas de una película de Hitchcock.

Cuando los tres íbamos pasando por ese tramo de la privada, la luz del sol, ya nos había abandonado. De pronto, y sin quererlo, volteamos a ver una de las casas de la derecha… vimos asomarse entre las sombras, la cara pálida de un hombre -o eso se nos figuró-, tenía poco pelo y los ojos demasiado claros. Yo, que la verdad no soy nada miedosa, sucumbí y le dije a Inés que diéramos media vuelta y emprendiéramos el regreso. Al grito de «¡ven Tocayo!» y sintiéndonos contentas de llevarlo con nosotros —es un Bouvier de Flandés harto grande— nos apuramos a abandonar la privada, con el corazón latiendo a todo lo que da.

Llegué a casa y  Manuel me recriminó de inmediato: —¡Les dije que no fueran a la privada de Reina, desde que yo recuerdo, siempre ha sido tétrica!

Episodio II: Misteriosas desapariciones

Le dije a José: —Yo creo que se están robando las piedras de río del camino, cada vez veo menos, —Pues igual sí, señora; me contestó encogiéndose de hombros.

Episodio III: La aparición

Llegué a casa de noche, después del trabajo. Vi una figura agazapada junto al árbol, cogiendo las piedras de río.
—¡Oígame! ¿qué diablos cree que está haciendo? —le grité con furia.
En ese momento, volteó y me miraron los mismos ojos de un azul muy muy claro que había visto en la Privada de Reina. Tenía la misma expresión pálida y la misma piel ajada. La figura se rio y se fue sin más.

Episodio IV: La ayuda

Nieves llegó a casa con Inés en una mañana soleada, bajaba del auto cuando de pronto Nieves vio con horror que un desconocido está ayudando a bajar a Inés del coche. Le gritó desesperada: —Inés ¡no te bajes! El hombre es el mismo, con su mirada azul penetrante y una piel que no ha visto el sol en años, pero con manchas rojas y venas sobreexpuestas. El extraño le dice que es amigo de Inés, Nieves no le creyó y no me lo cuenta, por miedo, hasta mucho después.

Episodio V: El hombre misterioso de la Privada de Reina

Volví a estar en la tarde en casa, con Inés, Manolo, Sebastián y obviamente el perro Tocayo. Nos tocaba ir a dar la consabida «vuelta a la manzana» y de paso comprar dulces a la tiendita de San Carlos. De regreso, Inés volvió a gritar: ¡Privada de Reina! ¡Privada de Reina! Dudé en entrar, pero volteé a ver el cielo y vi el sol radiante. Eran las 5 de la tarde, era verano otra vez, y es imposible que pardee. Accedí a entrar —Inés es tenaz.

Empezamos a subir. En la casa tipo playa de Ixtapa hay fiesta —aun y cuando es entre semana—, había perros, Tocayo se enoja con ellos y yo me entretengo en eso, cuando veo que Inés, Manolo y Sebastián se adelantaron a la parte tenebrosa de la privada. Trato de alcanzarlos y veo con horror que Inés estaba abrazando al tipo aquel, que la carga en sus brazos, de la misma forma en la que abrazaría a un tío que quiere mucho. Subo el empinado y el cara pálida me inyecta los ojos azul clarísimos y me pregunta con una amplia sonrisa:

—¡Hola vecina! ¿Cómo van sus piedras?
Yo me pongo muy nerviosa. Sebastián y Manolo juguetean. Inés se acerca a una gata gorda que me mira con los mismos ojos inyectados que su dueño. No le contesto, en su lugar le grito a Inés:
—¡No toques al gato! Te puede morder.
—Sí, mejor no la toques —dice él— es una gata salvaje.

Mis nervios se acrecentaron. Él, calmado se me acercó y me invitó a pasar a su casa derruida, sucia, ruinosa y tenebrosa. Me negué de forma obvia:

—Me tengo que ir, es tarde. ¡Vámonos chicos! —les grité a los tres—. El Tocayo se me repega, no puede con esa gata, le da miedo, la gata maúlla y cruje pero no se mueve, es gorda, como ya dije.

El vecino insistió, yo me quedé petrificada, miré la puerta que lleva a la sala de su casa con cara de asco y emprendí la huida. En ese momento nos detuvo. Después de un tenso silencio, les dijo a Manolo, Sebastián e Inés:
—Si ya se van, déjenme darles un regalito.

Dio la vuelta, se metió a su casa por la puerta trasera, que parecía conducir al desván y en un santiamén, volvió a salir con unas cosas cilíndricas, largas, amorfas y peludas en la mano.
—Es que esta gata, ahí como la ven, es muy aguerrida y carnívora, suele comerse a las ardillas, yo guardo sus colas. Miren, aquí tienen una para cada uno.

Inés, Manolo y Sebastián no entendían lo que estaba pasando. Cada uno tomó sendas colas y las observaron en su mano sin saber bien a bien qué hacer con ellas.

Cola de Ardilla, extraño caso de la Privada de Reina

Yo grité: —¡Nos vamos! Y apuré el paso hacía la calle.
El sol todavía brillaba, el cielo estaba despejado…
El Tocayo, ajeno a todo, corrió y ladró fuertemente.
No me atreví ni a ver bien, ni a tocar las colas, pero les supliqué a los tres que por favor las abandonaran encima de un árbol.
 

Continuará...

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Carlos Monsiváis https://algarabia.com/carlos-monsivais/ https://algarabia.com/carlos-monsivais/#respond Thu, 03 Mar 2022 18:00:00 +0000 https://algarabia.com/?p=42950 Carlos Monsiváis se encontraba en su casa en Portales, una de las colonias más viejas de la ciudad. Desde su puerta observaba a la gente en su ámbito natural, las pláticas y los comportamientos habituales.

Considerado como uno de los mejores cronistas del periodismo mexicano, escribía con la ironía que lo caracterizó desde sus inicios. Su paisaje literario es también un mapa de la Ciudad de México, su hogar, inspiración y objeto de estudio.
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La modernidad

Carlos Monsiváis Aceves nació el 4 de mayo de 1938 en una Ciudad de México completamente distinta a la actual. Era una época de transformaciones sociales, políticas y económicas; el país se dirigía a lo que llamaban «modernidad».

Durante su juventud Monsiváis fue testigo de los grandes cambios a la capital del país: alumbrado público en el Centro, la inauguración de la calzada de Tlalpan, la primera vía rápida, el primer tramo del Anillo Periférico, y el crecimiento de una ciudad que, en ese momento, apenas tenía cinco millones de habitantes.

A este crecimiento urbano se le puede atribuir su interés por el periodismo  –vocación que sólo necesitaba alentar–. Estudió en la Facultad de Economía y en la de Filosofía y Letras en la unam, y, a muy corta edad, comenzó a trabajar como escritor en Medio Siglo y Estaciones, ambas revistas de mediados de los 50.
En sus cuarenta años de labor periodística, Monsiváis hizo de este oficio un laboratorio de literatura.

Entre 1972 y 1987 fue director del suplemento «La cultura en México» de la revista Siempre!, volviéndose una figura conocida dentro de la vida pública mexicana.

Literatura, cine y caricaturas

Dos de sus pasiones más grandes fueron la literatura y el cine. Sus allegados cuentan que gustaba de ver películas con amigos en su sala, adaptada como una filmoteca personal.

Trabajó en el programa «El cine y la crítica», transmitido en Radio unam por más de diez años y fue director de la colección de discos «Voz Viva de México».También se dedicó a la crítica literaria; en su antología La poesía mexicana del siglo XX revisó aspectos de la lírica mexicana del siglo.

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Además, durante 30 años se dedicó a coleccionar fotografías, caricaturas, estampas y grabados que en conjunto suman 12 mil objetos, actualmente están en el Museo del Estanquillo de la Ciudad de México. Entre éstas se encuentra una de las más grandes colecciones de la obra de José Guadalupe Posada, con mil grabados.

Pero su mayor aportación la hizo a través de crónicas cuyos temas tocaban problemáticas sociales que siempre hallaban un lugar en los periódicos. Éstas se recopilaron en diferentes libros como Principios y Potestades, de 1969, Días de guardar, de 1971, y Amor perdido, de 1976, entre otros.

En 2010 la editorial Trilce-Grijalvo publicó ¿Adónde váis Monsiváis?, un proyecto en el que este escritor decidió subir a un taxi y recorrer Garibaldi, la Lagunilla, la Basílica, el Chopo, la zona Rosa, entre muchos otros lugares emblemáticos de la Ciudad de México, para encontrar las referencias que completaran esta especie de guía intelectual.

El «Aleph de la cultura mexicana»

José Gordon, escritor y periodista cultural, lo llamó el «Aleph de la cultura mexicana», pues como la primera consonante del alfabeto hebreo, Monsiváis es el máximo exponente para entender nuestra sociedad contemporánea a través de combinar la crónica, el ensayo y la crítica cultural.

Escribió sobre política, critica a la burguesía, el sindicalismo, la izquierda, el cine, los movimientos sociales, la religión, personajes históricos, medios de comunicación, deportes, e incluso aborda esas aflicciones de la población como la diversidad sexual y las minorías segregadas.

En noviembre de 2010 se publicó el libro Que se abra esa puerta: crónicas y ensayos sobre diversidad sexual, una compilación de textos para la revista Debate Feminista.

Parecía entender al país y éste devolvía la comprensión a través de distintos premios y reconocimientos, el Premio Nacional de Periodismo en crónica en 1977, el Premio Jorge Cuesta de 1986, el Premio Manuel Buendía en 1988, el Premio Mazatlán de Literatura de 1988 y varios más.

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Monsiváis abandonó el país que aún necesitaba de sus relatos, más de sus apuntes mordaces. Falleció el 19 de junio de 2010, luego de padecer una enfermedad pulmonar. Eso sí, dejó muchos libros, antologías, fotografías y colecciones, sin las cuales sería difícil sobrevivir a esta menesterosa época.

También en Algarabía:

Helter Skelter

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Bartleby y la risa de Melville https://algarabia.com/bartleby-y-la-risa-de-melville/ https://algarabia.com/bartleby-y-la-risa-de-melville/#respond Fri, 24 Sep 2021 06:00:00 +0000 https://algarabia.com/?p=58961 «Bartleby, el escribiente» es un cuento de Herman Melville, incluido en Cuentos de Piazza (1856), aunque ya se había publicado de forma anónima en 1853. Obra primordial del autor de Moby Dick (1851), se le considera un antecedente del existencialismo y del absurdo, especialmente del kafkiano, aunque —como señala Borges en su prólogo de 1940— «más bien Kafka arroja una luz ulterior sobre la obra de Melville». He aquí una reflexión sobre la resonancia de esta obra.

Herman Melville (Nueva York, 1819-1891), nació en la pobreza y sólo conoció la tranquilidad económica durante pocos años. Fue marino, escritor de poesía y ficción; se empleó en la oficina de aduanas de su ciudad natal, donde murió en el olvido en que lo hundió la estupidez humana, que no tiene fecha ni coordenadas geográficas. Cerca de 1920 algunos autores —entre los que destaca D. H. Lawrence— lo devolvieron a la luz, al punto de que no fue sino hasta 1924 cuando se publicó Billy Budd, otra de sus obras maestras.

«Preferiría no hacerlo»

Pocos seres más inofensivos que el amanuense Bartleby. Sin embargo, enfrentarse a él es una empresa de alto riesgo. Ante todo, conviene recordar que es un mero personaje literario, imposible fuera del mundo de la ficción. Esto que he dicho es mentira, pero más vale recordar esta mentira si uno no quiere verse avasallado por la extraordinaria locura inofensiva y terrible que consiste en un hombre del que no sabemos nada salvo que «preferiría no hacerlo».

Enrique Vila-Matas, en su novela ensayística Bartleby y compañía (2000), lo describe con tal precisión que no es necesario embrollarse: «Todos conocemos a los bartlebys, son seres en los que habita una profunda negación del mundo. Toman su nombre del escribiente Bartleby, ese oficinista de un relato de Herman Melville que jamás ha sido visto leyendo, ni siquiera un periódico; que, durante prolongados lapsos, se queda de pie mirando por la pálida ventana que hay tras un biombo, en dirección de un muro de ladrillo de Wall Street; que nunca bebe cerveza, ni té, ni café como los demás; que jamás ha ido a ninguna parte, pues vive en la oficina, incluso pasa en ella los domingos; que nunca ha dicho quién es, ni de dónde viene, ni si tiene parientes en este mundo; que, cuando le preguntan dónde nació o se le encarga un trabajo o se le pide que cuente algo sobre él, responde siempre diciendo: “Preferiría no hacerlo.”»

Un personaje sin biografía

Lo único en la descripción de Vila-Matas que no necesariamente se ajusta a lo escrito por Melville es la interpretación que refiere «una profunda negación del mundo». Muy bien podría ser una asimilación del mundo en la propia individualidad, afirmada al punto que ya no es necesario más mundo que el propio; lejos de negar al mundo, nuestro personaje se convierte en él y lo afirma a través de sí mismo. De interpretaciones como esta se compone la historia de Bartleby a lo largo de cuanto se ha escrito acerca de él. Lo cierto es que se nos escapa.

Cabría decir que para hablar de Bartleby es preferible haber estado ahí. En otras palabras, con tan pocos elementos, cualquier intento de comprender a Bartleby es como hacer una introspección donde no hay o no parece haber nada: «No hay material suficiente —nos dice el propio Melville— para una plena y satisfactoria biografía de este hombre». La insuficiencia que confiesa el autor es, precisamente, la razón para escribir acerca de él: un relato acerca de alguien de quien no se sabe gran cosa y además no hay nada que decir. Es difícil concebir mayor genialidad.

En contrapunto, hay una clave en el texto que apoya todas las interpretaciones que conducen a la negación: La frase original «I would prefer not to» no incluye el verbo hacer —o hablar, que también aparece en la traducción al español, lo que completa el sentido de la oración pero introduce variantes que no existen en inglés—, al tiempo que da una forma rígida de expresión, pues lo normal y cotidiano, aun en 1856, habría sido «I would rather not». Cobra relevancia la elección de lo negativo, de la negación, sobre lo relativo a la resistencia a hacer o hablar.

Mil y una formas de leer

El relato, como tal, puede describirse con muy pocas palabras y no despertar interés alguno, salvo porque suena entretenido —y lo es, por cierto—. Pero una idea simple y absurda, llevada hasta sus últimas consecuencias, termina por desmoronarse bajo el peso de sus alcances. Hay —como hemos atisbado— mil y una formas de leer Bartleby y otras tantas de entender e interpretar a Bartleby.

El propio Melville nos da a elegir en el cuerpo del relato, al principio, entre la clave de humor, o complacencia al menos, o la trágica —aunque muchas veces el humor se desprende de lo trágico, pero ese ya es otro tema—: «Podría referir diversas historias que harían sonreír a los señores benévolos y llorar las almas sentimentales.» El propio autor se permite el humorismo en diversos pasajes del cuento, especialmente cuando todos en la oficina empiezan a usar —sin notarlo— esa misma frase que tanto les irrita.

El personaje de Bartleby puede leerse e interpretarse de diversas maneras, desde el humor hasta la piedad.

Se puede oponer a la elección humorística o complaciente —o negarla de plano como posibilidad— el argumento válido de que a lo largo del libro hay muchas reflexiones, enunciados llenos de intención que exaltan a Bartleby como un hombre desdichado y sin esperanza: «Yo podía dar una limosna a su cuerpo; pero su cuerpo no le dolía; tenía el alma enferma, y yo no podía llegar a su alma» o, hacia el final, «concebid un hombre por naturaleza y por desdicha propenso a una pálida desesperanza».

Pero, ¡atención!, no es el autor quien induce esa angustia, sino el jefe, el narrador, un personaje y nada más que un personaje, así sea tan perfecto como el propio protagonista y sea —de hecho— quien lleva la carga verbal: la acción obligada en un cuento. La forma en que lo hace nos atrapa en su propia angustia y nos lleva a ver la enfermedad existencial en Bartleby, ¿pero qué derecho tenemos a suponer que Melville compartía esa opinión? ¿Acaso en Moby Dick hay alguna señal que nos invite a decidir si el autor se identifica con Isaiah, con el capitán Ahab o con la ballena misma? Melville era amigo de esos silencios respecto de su propio modo de ver el mundo: muy bien podría sentir simpatía por Bartleby y una piadosa conmiseración por ese jefe que cree que la salud del alma está en comportarse con normalidad. Sin imponernos nada, en pocas obras el autor está tan presente como inductor de emociones y efectos: es una de sus grandezas.

Las interrogantes

Sólo conocemos a Bartleby según su jefe, pero nos faltan Bartleby según Bartleby y el jefe según Bartleby. ¿Qué pasa por la mente del amanuense? ¿Acaso no tendría también opiniones lapidarias acerca del comportamiento de los demás, del orden mecánico y funcional en que respiran, de la sociedad en que chapotean plácidamente, todo lo cual detona su resistencia y su negación? Suponemos sufrimiento y vacío espiritual en este hombre que quizá es el más pleno y más feliz de todos, aun si su felicidad yace en el desencanto y la indiferencia. La lucidez queda así del lado del loco.

No convence un Bartleby que sufre. Tampoco uno con profundidades psicológicas relevantes. Mucho menos uno simbólico, alegoría de quién sabe que catástrofes existenciales sobredimensionadas por la orfandad ontológica que distingue al lector moderno y contemporáneo; éste que eleva sus problemas amorosos a evento cultural alternativo, convierte su anemia en 15 años de psicoanálisis y hace de un acostón un problema moral, casi místico, teológico y escatológico. El propio Melville advirtió que no se viera en su obra alegoría alguna. Se refería a Moby Dick, que se ha asociado con la lucha imposible contra el mal y que los actuales protectores de animales podrían asociar con el mal dando caza a la belleza del mundo y de sus propias almas. Melville era un moralista, pero su obra no lo es.

¿Y si Bartleby fuera un cínico?

Acerca de Bartleby no dijo nada salvo «está bien, publíquenlo por separado», pero debería ser obvio que tampoco se proponía simbolizar ninguna trascendencia. Con todo, no dejan de resultar inquietantes ciertos guiños reflexivos por parte del jefe, que desesperado por el amanuense empieza a actuar como él y a intentar comprenderlo hasta la obsesión.

Más inquietante es el ribete con el que Melville nos deja pasmados al final del relato: esa extraña y aparentemente innecesaria referencia a las cartas muertas que «con mensajes de vida […] se apresuran hacia la muerte». ¿Pero es justo suponer que un escritor como Melville se ha valido de una alegoría de lo triste y desesperanzado para indicarnos que su personaje es asimismo una alegoría de la tristeza y la desesperanza?

Quizá lo que le hace falta es una patada en el culo y sanseacabó. O fluoxetina o paroxetina. El jefe no puede pensar esto, claro está, pero —lo he dicho yo y lo ha dicho el jefe— nosotros no tenemos manera de saber qué pasa por las emociones y la mente de este hombre que podría estar muerto de risa de nuestra preocupación por él. Y Herman Melville con él.

Conforme más pienso en Bartleby el escribiente más me enfado con Melville. No tengo duda: fue un embaucador que nos hizo caer en la locura Bartleby, en darle vueltas a un personaje inocuo disfrazado de trascendencia. Nos ha dejado como mulas tirando de la noria. Me niego a la negación: digo no al No.

Si alguna duda quedara, termino —ya furioso— con una observación que a estas alturas me parece elemental: quizá el rasgo que le da trascendencia y se queda grabado en cualquier infeliz lector de Bartleby, radica en la frase «Preferiría no hacerlo». Bien: supongamos que un hijo o un subordinado nos sale con tal impertinencia. Si somos de corte humanista hablamos con él y lo chantajeamos hasta volvernos locos. Los más prácticos le propinamos un par de «hostias» y el cuento se acabó. ¿Preferiríamos hacer: lo uno o lo otro?

Así es como debería proceder yo con este amanuense imposible, pero —no sé por qué— preferiría no hacerlo.

Fragmento de Bartleby el escribiente de Herman Melville

También, cuando alguna audiencia tenía lugar, y el cuarto estaba lleno de abogados y testigos, y se sucedían los asuntos, algún letrado muy ocupado, viendo a Bartleby enteramente ocioso le pedía que fuera a buscar en su oficina —la del letrado— algún documento. Bartleby, en el acto, rehusaba tranquilamente y se quedaba tan ocioso como antes. Entonces el abogado se quedaba mirándolo asombrado, le clavaba los ojos y luego me miraba a mí. Y yo ¿qué podía decir?

Por fin, me di cuenta de que en todo el círculo de mis relaciones corría un murmullo de asombro acerca del extraño ser que cobijaba en mi oficina. Esto me molestaba ya muchísimo. Se me ocurrió que podía ser longevo y que seguiría ocupando mi departamento, y desconociendo mi autoridad y asombrando a mis visitantes; y haciendo escandalosa mi reputación profesional; y arrojando una sombra general sobre el establecimiento y manteniéndose con sus ahorros —porque indudablemente no gastaba sino medio real por día—, y que tal vez llegara a sobrevivirme y a quedarse en mi oficina reclamando derechos de posesión, fundados en la ocupación perpetua. A medida que esas oscuras anticipaciones me abrumaban, y que mis amigos menudeaban sus implacables observaciones sobre esa aparición en mi oficina, un gran cambio se operó en mí. Resolví hacer un esfuerzo enérgico y librarme para siempre de esta pesadilla intolerable.


Miguelángel Díaz Monges ha publicado poesía, ensayo, drama, narrativa y géneros mixtos en Nexos, el suplemento Sábado —donde durante cinco años desarrolló el libro por entregas En el Retrete del Mosto—, Milenio Semanal, Etcétera y Replicante. Reacio a involucrarse en el mercado cultural y editorial no fue sino hasta 2011 que publicó su primer libro: Notas de desencanto y otras virtudes.

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Texto publicado en Algarabía 126.

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Charles Dickens y la reinvención de la Navidad https://algarabia.com/charles-dickens-y-la-reinvencion-de-la-navidad/ https://algarabia.com/charles-dickens-y-la-reinvencion-de-la-navidad/#respond Tue, 09 Feb 2021 19:00:00 +0000 https://algarabia.com/?p=18091 Charles Dickens y la reinvención de la Navidad Read More »

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Si existe una historia recurrente en Occidente —por influencia de la cultura anglosajona— durante esta época, es la célebre Canción de Navidad, de Charles Dickens. Cada año se producen nuevas versiones para cine y televisión y, aunque la historia es harto conocida, parece que jamás nos cansamos de verla. ¿Cómo fue la vida de su autor? ¿Por qué sus relatos han influido tanto en el imaginario colectivo?

«En una habitación pequeña del último piso, a la que yo tenía acceso por estar justo al lado de la mía, había dejado mi padre una pequeña colección de libros de los que nadie se había preocupado. De aquella bendita habitación salieron, como gloriosa hueste para hacerme compañía, Roderick Random, Peregrine Pickle, Humphry Clinker, Tom Jones, El vicario de Wakefield, Don Quijote, Gil Blas y Robinson Crusoe. Gracias a ellos se conservó despierta mi imaginación y mi esperanza en algo mejor que aquella vida mía».


Este fragmento de la novela David Copperfield describe la infancia de Charles Dickens; pero esto no se sabría sino hasta seis años después de la muerte del escritor.

De la cuna a la cárcel

Charles John Huffam Dickens nació el 7 de febrero de 1812, cerca de la ciudad de Portsmouth, Inglaterra. Su padre fue un funcionario público que se mudó con su familia a Londres en 1814, pero en menos de tres años huyeron al condado de Kent, por la vida despilfarrada que llevaba el padre y las deudas que había contraído.


Al cumplir 9 años, Dickens fue enviado a tomar clases particulares, pero en menos de dos años tuvo que interrumpir estos estudios porque su siguiente mudanza fue a la cárcel de Marshalsea, en Londres: su padre fue arrestado por las deudas y, debido a una ley que existía en aquella época, toda la familia tenía «el derecho» de compartir la prisión con el deudor.

A partir de entonces, Charles Dickens comenzó a trabajar diez horas diarias en una fábrica de grasa para zapatos —esta experiencia también la describe con efusividad en David Copperfield— a cambio de seis chelines semanales, con los que debía pagar su estancia y ayudar a su familia, que vivía en la cárcel. La situación de todos mejoró cuando la abuela materna les heredó 250 libras, que sirvieron para cubrir gran parte de las deudas. Sin embargo, el niño fue obligado a seguir trabajando en la fábrica —algo que nunca dejó de reprocharle a su madre.

Aunque Dickens no recibió ninguna educación formal —sus críticos siempre se lo echaron en cara cuando se convirtió en un célebre escritor—, su memoria prodigiosa le permitió ser un experto del lenguaje y un emotivo narrador.

En Little Dorrit (1855), Dickens cuenta la historia de una niña que nace en la cárcel; el entorno de este relato, como gran parte de los acontecimientos, están basados en su estancia en la cárcel de Marshalea.

Papeles nada póstumos

En 1827 consiguió que lo aceptaran como asistente de abogado en un despacho y rápidamente aprendió taquigrafía. Comenzó redactando minutas de lo que ocurría en los tribunales, y unos años más tarde fue aceptado como periodista parlamentario. En 1836 logró publicar —bajo el seudónimo de Boz—, unos Bocetos de la vida londinense, y ese mismo año lo invitaron a escribir la que podría considerarse su «primera obra»: Papeles póstumos del Club Pickwick.

Uno de los propietarios de la editorial Chapman & Hall le ofreció escribir historias por entregas a partir de unas ilustraciones realizadas por Robert Seymour, pero Charles Dickens logró convencerlo de que procedieran a la inversa: él crearía un relato y el artista lo ilustraría con algunas viñetas.

Antes de publicar el segundo número, el dibujante se suicidó y el relato debió crecer a 32 páginas para cubrir el espacio de la publicación, en lo que encontraban otro caricaturista que agradara al público. Al poco tiempo dieron con Phiz —como firmaba Hablot Browne—, de quien hasta la fecha se conservan sus dibujos en varias obras de Dickens.

Pickwick tuvo un éxito inusitado. De imprimir sólo 400 ejemplares en los primeros cinco números, el tiraje se elevó a 40 mil, con las sucesivas reimpresiones. Según el convenio editorial, Dickens recibiría sólo 14 libras por cada entrega, pero a partir del número cinco, el editor aumentó su pago a 25; al término del primer año de la publicación, éste le regaló 500 libras como agradecimiento. Al finalizar la obra, Dickens obtuvo un cheque por 750 libras. Fue el comienzo de una carrera de abundantes encargos editoriales, reconocimientos y, por supuesto, dinero.

Aceptación y crítica de la sociedad

Si bien Pickwick no recibió grandes elogios de los críticos, sí repercutió profundamente en el público inglés, que adoptó la historia en sus conversaciones cotidianas. Pronto los comerciantes capitalizaron esa atención poniéndole el nombre de los personajes de Dickens a productos de toda índole, así como la gente los adoptó para nombrar a sus mascotas.

En 1836, al tiempo que Dickens aceptó trabajar como editor del Bentley’s Miscellany, se casó con Catherine Hogarth, hija del director del periódico The Morning Chronicle, donde no tardaron en aparecer sus novelas por entregas. De todos sus relatos publicados hasta entonces, hubo uno que causó conmoción en la sociedad inglesa: Oliver Twist (1837). En éste, Dickens comienza a hacer referencia a los maltratos de los que fue testigo —y protagonista— durante su infancia, y de inmediato puso en una situación vergonzosa a las instituciones de asistencia y a la sociedad misma, que permanecía inmutable ante la orfandad y la miseria. Pero más allá de una lección moral, lo que buscaba Dickens era hacer una alegoría de la bondad: ésta podía encontrarse más fácilmente entre asaltantes que entre quienes se ufanaban de «ayudar» a los desamparados. Para él, la bondad sobrevive a cualquier circunstancia, y ésa es la constante de su relato más célebre: Canción de Navidad (1843).
La primera traducción que se publicó de Dickens en México, fue Cuento de Navidad, en 1870, aunque un año antes Ignacio Manuel Altamirano lo dio a conocer en su revista literaria El Renacimiento.

Reconciliarse con la Navidad

Dickens necesitaba reconciliarse con su público —en especial con el estadounidense— que, lejos de divertirse, empezaba a sentirse agredido por sus ideas contra la esclavitud.

Para ello, comenzó a caminar por las calles de Londres de 25 a 30 kilómetros cada madrugada para concentrarse en la trama de la historia —que escribió en seis semanas— y, sobre todo, «encontrar valor» para escribir de algo que en secreto odiaba con toda su alma y que atacaba con sarcasmo e ironía en sus relatos: la hipocresía que rodeaba la Navidad. De paso, él mismo buscaba apaciguar su ánimo con esa festividad, y la mejor forma que encontró fue reinventar su significado; que la Navidad no se limitara sólo a su connotación religiosa, sino que fuera una reflexión de cuanto hacemos a diario, cómo disfrutamos la vida o dejamos de vivirla.


El resultado fue uno de los arquetipos más emblemáticos de la historia: Ebenezer Scrooge, un viejo rico y avaro que no disfruta de nada, al que visitan tres fantasmas para mostrarle cómo ha sido su vida y cuáles serían las tristes consecuencias de continuar con esa actitud mezquina.

Los personajes de Dickens no se limitan a criticar o ejemplificar a la sociedad inglesa, sino que se han convertido en referentes universales de cómo uno puede abandonarse o sobreponerse a sus propias circunstancias. En sus relatos triunfa el espíritu y la virtud, algo que nunca debe confundirse con el «final feliz», pues ése no existe en la vida real y tampoco en la literatura, que es la historia no contada de la Historia.❧

El autor de esta nota, al igual que su tocayo Dickens, abomina la Navidad porque es la época en que se hacen más evidentes las diferencias sociales; pero no por ello le hace el feo a las fiestas, las comilonas y, sobre todo, a los repetidos y generosos brindis que se acostumbran en estas fechas, en las que se desea «paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad». Con gusto recibirá sus comentarios en Twitter. Sígalo como @alguienomas

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Una pequeña fábula https://algarabia.com/una-pequena-fabula/ https://algarabia.com/una-pequena-fabula/#respond Sat, 10 Oct 2020 11:00:00 +0000 https://algarabia.com/?p=54193 «Una pequeña fábula —Ay—dijo el ratón—, el mundo se está haciendo más chiquito cada día. Al principio era tan grande que yo tenía miedo, corría y corría, y me alegraba cuando al fin veía paredes a lo lejos a diestra y siniestra, pero estas largas paredes se han achicado tanto que ya estoy en la última cámara, y ahí en la esquina está la trampa a la cual yo debo caer.—Solamente tienes que cambiar tu dirección —dijo el gato y se lo comió.»

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