Guillermo Del Toro: el guardián de los monstruos
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Guillermo Del Toro: el guardián de los monstruos.

La creación de sus monstruos, no sólo son producto de su imaginación, sino que estos lo han acompañado a lo largo de su vida.

Hoy su nombre es sinónimo de las producciones más cuidadosas y artísticas de Hollywood que, irónicamente, se han realizado con presupuestos muy reducidos; hasta la fecha, cada cinta terminada, a decir de sí mismo: «Es un recuento de un sin fin de fracasos». He aquí algunos momentos clave que forjaron el espíritu de este enorme director mexicano que ya «se habla de tú» con los más grandes «monstruos del cine».

Un niño lleva más de una hora escondido en un clóset. Previamente se ha disfrazado de vampiro —se ha pintado la cara, se ha puesto ojos, dientes postizos— y se ha enfundado en una larga bata negra que lo hace sudar copiosamente; pero eso no lo hace desistir de su objetivo y permanece paciente, inamovible, sin emitir el menor ruido. Por fin, su hermana menor sale al paso y él salta emitiendo un gemido de ultratumba.

Por travesuras como ésa, su devoción a las obras de terror —libros y películas— y por dibujar escenas fantasmagóricas, el niño Guillermo era castigado de forma severa por su abuela: a los 4 años de edad ésta le ponía corcholatas en los zapatos, «para que sangres y así pagues con tu dolor a Jesús, quien murió por nuestros pecados —justificaba la anciana—; si no, arderás en las llamas del Infierno».

Oscura y sangrienta

Del Toro pasó parte de su infancia en una vieja casona colonial, con largos pasillos y enormes habitaciones, algunas de ellas oscuras o ruinosas. Ese ambiente, más el estricto catolicismo de su abuela, forjaron su monstruosa imaginación, llena de personajes grotescos y terroríficos: «La Iglesia católica mexicana es la segunda más sangrienta y escabrosa en las representaciones anatómicas, sólo después de la filipina —confesó muchos años después, durante el Festival Lumière de Lyon, Francia—. Me llevaban a ver a un Cristo en la iglesia con una fractura ósea expuesta, entre verdosa y morada, con detalles horrendos de sus heridas, producido de la tortura previa a su crucifixión. […] Mi abuela intentó exorcizarme dos veces para que yo dejara de dibujar fantasmas y de pensar en ellos. Pero gran parte de lo que soy se lo debo justo a ese catolicismo oscuro que intentaron meterme en la cabeza».

El pacto secreto

Ese niño también pasaba mucho tiempo solo en la biblioteca de su casa en la que había, sobre todo, libros de biología, anatomía, antropología y arte, además de una enciclopedia médica: «Muy pronto me volví hipocondriaco porque todas las enfermedades que veía ahí descritas sentía que las padecía. Pensaba “tengo triquinosis porque el otro día comí puerco; o cirrosis, porque me duele ahí donde está el hígado”.

Cuando llegaba mi madre le gritaba aterrado “¡Tengo un derrame cerebral!”, sólo porque me dolía la cabeza».

«De pequeño también tenía sueños lúcidos. Abría los ojos, pero seguía soñando. Miraba a mi alrededor y había cosas animadas en las estanterías y debajo de mi cama. Pronto esos “monstruos” me acompañaban a todas partes. Como de noche debía cruzar un gran pasillo oscuro para poder ir al baño, las visiones me empezaron a dar terror. Así que hice un pacto con ellos, con «mis monstruos”, les dije que me dejaban ir al baño sin espantarme, yo siempre los recordaría y dibujaría y haría historias con ellos, así fuera en secreto».

Super 8

Guillermo del Toro Gómez nació en Guadalajara, Jalisco, el 9 de octubre de 1964. Su afición por el cine le vino en parte por su madre —Guadalupe—, quien era actriz —encarnó a la mismísima Herlinda, en la célebre Doña Herlinda y su hijo (1985), de Jaime Humberto Hermosillo—, pero sobre todo porque al cumplir 8 años de edad, su padre —Federico— le regaló una cámara Super 8 —que originalmente sólo servía para proyectar cortometrajes—, con la que Guillermo se las ingenió para grabar sus primeras historias, protagonizadas por sus juguetes y por todo tipo de objetos que tenía a la mano.

Uno de sus cortos incipientes muestra a «un jitomate asesino que deseaba dominar al mundo»; éste logra matar a toda la familia de Guillermo y, al salir a la calle, es convertido en puré por un carro que pasaba: «Luego de grabar varios rollos, llevarlos a revelar a la farmacia, esperar una semana a que estuvieran listos y luego ver eso proyectado en formato de cine —grabar en video carece de esa experiencia— fue adictivo. La búsqueda de ese placer es lo que me mantiene haciendo cine».

«Con luces y sombras, la filmografía de Guillermo Del Toro está llena de éxitos y descalabros: de 24 guiones escritos, el director mexicano sólo ha podido concretar diez».

Cuando Guillermo terminó el bachillerato, su padre intentó integrarlo al negocio familiar —la venta de coches usados—, pero él decidió inscribirse en el Centro de Investigación y Estudios Cinematográficos, de la Universidad de Guadalajara.

Necropsia

Aunque a los 19 años filmó el noveno cortometraje que le dio cierta relevancia en el medio cinematográfico —Doña Lupe— Guillermo, en lugar de continuar filmando, prefirió especializarse en maquillaje y en la producción de efectos especiales, así como en ser a sisente de otros directores. Tuvo la fortuna de ser alumno —entre otros— del legendario Richard Emerson Smith (1922-2014), quien fue responsable del maquillaje y los efectos en cintas como The Godfather, The Exorcist, Taxi Driver y Scanners—por mencionar algunas.

Tal fue su devoción al stop motion y a la producción de efectos, que fundó —junto con Rigoberto Mora— una empresa para dedicarse sólo a ello: Necropsia, que se encargó del maquillaje y los trucos de filmación de cintas como Mentiras piadosas (1989), Goitia, un dios para sí mismo (1989), Morir en el Golfo (1990), Cabeza de Vaca (1990), entre otras. En el fondo, esa empresa era sólo el preámbulo para, algún día, realizar su primera película.

Sin embargo, un día entraron a robar a su casa-taller y los ladrones no sólo saquearon todo su equipo, sino que destruyeron una obra de stop motion en la que llevaba años trabajando. Eso definió una de las constantes que ha caracterizado la carrera de Guillermo: aprender de la adversidad y adaptarse a las circunstancias. Por ello, tuvo que abandonar las producciones externas, la animación y dedicarse de lleno a su propio cine.

«Del Toro ha «dado su voz» a los monstruos de la mayoría de sus películas. Por ejemplo, hizo las voces y sonidos de todas las criaturas en El laberinto del fauno».

Reinvención del vampiro

A decir del crítico de cine Leonardo García Tsao, Del Toro tenía en mente una historia de vampiros desde finales de 1984. El primer guión se titulaba El vampiro de Aurelia, (Aurora) Gris; el proyecto maduró ha a convertirse en Sangre gris y, luego de casi ocho años de trabajar en él, finalmente quedó como La invención de Cronos (1992), que Ediciones El Milagro publicó incluso un año antes del estreno de la película.

Sobre estas evoluciones escribió Tsao: «…me pareció una original reinterpretación de los mitos del vampirismo que, además, tenía la virtud de tatuarse en un México reconocible. […] Poco después leí el tratamiento final. Con ajustes hechos de acuerdo con el presupuesto disponible, se perdieron algunos elementos que disfruté mucho, aunque Guillermo encontró la manera de sustituirlos, enriqueciendo la estructura del relato. […] No he visto aún la película terminada, pero el guión[…] es un anticipo de lo que quizá resulte ser el mejor especimen de cine de horror nacional».

Por su parte, Del Toro aclara que la trama entre los personajes —el anticuario y la niña— tiene un origen familiar: «Cronos viene de la difícil relación con mi abuela, quien para mí era terrible y yo, para ella, era un engendro; pero al final nos amábamos y nos perdonamos mutuamente nuestras diferencias. Es una historia sobre la vida y quienes buscan evadir, en vano, la muerte».

Administrar el desastre

Aunque la cinta contó con financiamiento de varios institutos, empresas y particulares, Del Toro terminó por hipotecar la casa familiar para completar el presupuesto, que se elevó a 2 millones de dólares —en taquillas, aunque fue muy bien recibida por el público, apenas recaudó 621 mil pues se proyectó en muy pocas salas.

La filmación y el proceso de posproducción fueron un desastre —todos los días tenía que rehacer los story boards desde cero, porque las locaciones y los escenarios no coincidían con los conceptos originales—; para colmo, ya
filmada y editada, al final tuvo que reeditarse por completo, pues le «sobraba» media hora para poderse comercializar.

Sin embargo, gracias a esas complicaciones, Del Toro pudo concretar otras obras cuyas producciones fueron igual o peor de catastróficas —El Laberinto del fauno y La forma del agua—, sobre todo por su bajo presupuesto —ambas de menos de 20 millones de dólares—. Cuando los jóvenes cineastas le preguntan cómo pueden aprender a hacer tanto con tan poco, él les responde: «Hagan cine independiente en México y, si lo logran, ya pueden producir lo que quieran donde les plazca».

Cannes

Cronos (1993) recibió cinco premios Ariel —incluido Mejor Película y Mejor Director—, pero lo que en verdad definió la continuidad de Del Toro como cineasta, fue el Mercedes-Benz Award, que otorga la Semana de la crítica en el Festival de Cannes: «Si no hubiera sido por esa proyección, Cronos hubiera seguido marginada. El momento en que recibió ese premio transformó mi existencia; es uno de los contados eventos que me han cambiado la vida».

Ese reconocimiento, a la par que Cronos se volvió una cinta de culto, le permitieron a Del Toro conseguir trabajo en los EE. UU.:
«No me fui para allá por gusto, sino porque aún debía la hipoteca de mi casa y era la forma más rápida de salir de la deuda; pero gracias a eso, descubrí que existen otras formas de hacer cine».

Los altibajos

En 1997, Del Toro recibió 30 millones de dólares de Miramax para producir Mimic, la que ha sido su peor experiencia de producción, pues los hermanos Weinstein se empeñaban en manipular sus decisiones creativas. De ahí que sea la más desigual de sus entregas.

Tan mala fue esa experiencia en Hollywood, que al año siguiente Del Toro regresó a México para fundar su propia compañía de cine, pero poco después su padre fue secuestrado. Como el director acudió a las autoridades estadounidenses para poder rescatarlo con vida, los delincuentes lo amenazaron de muerte. Eso lo obligó a mudarse de forma definitiva a los EE. UU.

Tuvo que rechazar dos veces, con todo el dolor del mundo, dirigir alguna de las cintas de Harry Potter; para El prisionero de Azkaban se encontraba produciendo Hellboy —por eso se la ofrecieron a Alfonso Cuarón—. Y para El misterio del príncipe (2009), justo se encontraba filmando Hellboy II: The Golden Army. Lo mismo pasó en 2010 con El Hobbit (2013), aunque durante dos años desarrolló el arte y el guión, terminó por renunciar por problemas de calendario y financieros.

Lee el artículo completo en Algarabía 174.

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