Antonio Gramsci: cómo vivir con piedras
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Antonio Gramsci: cómo vivir con piedras

El menos dogmático de los pensadores de la revolución del siglo XX fue Antonio Gramsci, ¿o no?

El notable escritor, crítico de arte y pintor británico John Berger (1926-2017) describe en este minucioso relato, no sólo las dificultades que padeció Gramsci, sino, con gran detalle, cómo es la tierra donde nació —Cerdeña— y por qué ésta influyó tanto en su carácter y escritura.

El menos dogmático de los pensadores de la revolución del siglo XX fue Antonio Gramsci, ¿o no? La falta de dogmatismo le venía de una especie de paciencia. Ésta nada tenía que ver con la pereza o la complacencia. El hecho de que su obra principal haya sido escrita en la cárcel —donde los fascistas italianos lo tuvieron durante ocho años, hasta su muerte, a la edad de 46—, es prueba de su fortaleza.

Su particular paciencia provenía de la noción de una práctica que nunca termina. Observaba muy de cerca y, en ocasiones, dirigió las luchas políticas de su tiempo, pero nunca olvidó el telón de fondo de un drama que abarca una cantidad incalculable de tiempo. Tal vez fue eso lo que impidió que Gramsci se convirtiera —como muchos otros revolucionarios— en un milenarista. Creía en la esperanza más que en las promesas, y la esperanza es un asunto largo. Podemos leerlo en sus propias palabras:

Si nos detenemos a pensar advertimos que, al plantear la pregunta «¿Qué es el ser humano?», queremos preguntar: ¿En qué puede convertirse? Lo que significa: ¿Puede dominar su propio destino, puede realizarse a sí mismo, puede dar forma a su propia vida? Digamos entonces que el ser humano es un proceso y, más precisamente, el proceso de sus propios actos.

La presencia de las piedras

Gramsci fue a la escuela de los 6 a los 12 años, en el pequeño pueblo de Ghilarza, en Cerdeña. Nació en Ales, un pueblito cercano. Siendo muy pequeño se le cayó a la persona que lo tenía en brazos. Este accidente le produjo una malformación espinal que minaría su salud de forma permanente. No salió de Cerdeña sino hasta los 20 años. Creo que esa isla le dio o le inspiró su singular sentido del tiempo.

En el territorio que rodea Ghilarza —como en muchas partes de la isla—, lo que se siente con más fuerza es la presencia de las piedras. Es, ante todo y sobre todo, un lugar de piedras y —arriba, en el cielo— vuelan cuervos de tocado gris. En toda tanca —pastizal— y todo alcornocal hay por lo menos una pila de piedras —con frecuencia variadas— y cada pila es del tamaño de un gran camión de carga. Todas esas piedras han sido recogidas y amontonadas recientemente, para que se pueda labrar la tierra, seca y pobre como es. Son piedras grandes, la más pequeña debe pesar media tonelada. Son de granito —rojo y negro—, esquisto, caliza y arenisca, y varias rocas volcánicas más oscuras, como el basalto. En algunas tancas las piedras son alargadas más que redondas, y las han amontonado verticalmente de modo que la pila adquiere una forma triangular, como la de un inmenso wigwan rocoso.

Una piedra toca otra piedra

Interminables y antiquísimos muros de piedra sin argamasa dividen las tancas, bordean los caminos de grava, encierran los corrales para las ovejas o —derrumbados por siglos de uso— sugieren ruinosos laberintos. También hay pequeñas pilas piramidales de piedras más pequeñas, no mayores que un puño.

Hacia el poniente se alzan montañas de caliza muy antiguas.

En todas partes una piedra toca otra piedra. Y aquí, en este sueño cruel, uno se acerca a la cosa más delicada: una manera de colocar una piedra sobre otra que irrefutablemente anuncia un acto humano, como distinto del azar natural.

Y esto puede hacernos recordar que marcar un sitio con hito de piedra era una manera de nombrar, y que probablemente fue uno de los primeros signos empleados por el hombre.

El conocimiento es poder —escribió Gramsci—, pero la cuestión se complica por otra cosa: a saber, que no basta conocer un conjunto de relaciones existentes en un momento dado como si fueran un sistema; también es necesario conocerlas genéticamente —es decir, la historia de su formación—, porque cada individuo no es tan sólo una síntesis de relaciones existentes, sino también la historia de esas relaciones, es decir, el resumen de todo el pasado.

Una nación de pastores

Debido a su posición estratégica en el Mediterráneo occidental y a sus depósitos minerales —plomo, zinc, estaño, plata—, Cerdeña ha sido invadida y sus costas, ocupadas durante cuatro milenios. Los primeros invasores fueron los fenicios, seguidos por los cartagineses, los griegos, los romanos, los árabes, los pisanos, los españoles, la Casa de Saboya y, finalmente, por la moderna Italia continental.

En consecuencia, los sardos ven el mar con desagrado y desconfianza. Suelen decir que «quienquiera que venga por mar, es ladrón». No son una nación de marineros ni de pescadores, sino de pastores. Siempre han buscado refugio en el interior pedregoso e inaccesible de su tierra, para convertirse en lo que los invasores llamaban —y llaman— «bandoleros». La isla no es grande —250 kilómetros de largo por 100 de ancho—; sin embargo, ¡las montañas iridiscentes, la luz del sur, la resequedad como para lagartijas, las barrancas, el terreno pedregoso y corrugado le dan, cuando se le ve desde alguna altura, el aspecto de un continente! Hoy en día, en ese continente, con sus tres y medio millones de ovejas y sus cabras, viven treinta y cinco mil pastores; cien mil, si se incluye a las familias que trabajan con ellos.

Es un país megalítico, no en el sentido de prehistórico —como toda tierra pobre en el mundo, tiene su propia historia, ignorada o desdeñada por las metrópolis como «salvaje»—, sino porque su alma es de piedra y su madre es la roca. Sebastiano Satta (1867-1914), el poeta nacional, escribió:

Cuando el sol naciente, Cerdeña, calienta tu granito has de dar a luz nuevos hijos.

Todo eso perdura, con muchos cambios, pero con una cierta continuidad, desde hace seis milenios. Aún se tañe la flauta pastoral de la mitología clásica. Dispersas por toda la isla hay siete mil nuraghis —torres de piedra sin argamasa— que datan del neolítico tardío, antes de la invasión fenicia. Muchas están más o menos en ruinas. Otras se conservan intactas, y pueden tener hasta doce metros de altura, ocho de diámetro y muros de tres metros de espesor.

Encuentra la nota completa en Algarabía 160.

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