¡Toco madera! Apuntes sobre las supersticiones – Algarabía
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¡Toco madera! Apuntes sobre las supersticiones

Existe un vicio incontrolable que muchos padecemos, pero que pocos admitimos. Es una de esas actividades atávicas más fuertes que uno, que a pocos enorgullece y que todos tratamos de esconder, pero que suele salir a flote tarde o temprano. Muchos justifican sus malas mañas achacándolas a la tradición, a la cultura de su país, estado o ciudad, a la familia, a los amigos, al momento o, muy adecuadamente, al hado. Sin embargo, una superstición es eso: una superstición y punto.

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Todos, no importando cuán sabios y racionales o hijos de la Ilustración nos creamos, cargamos una superstición, por sutil que ésta sea.

En el principio era el caos. Ser un hombre en los inicios de la historia no debe haber sido sencillo, porque todavía había tantas cosas que nombrar y tanto que explicar que no sabía por dónde empezar. Y de mirar y mirar cómo pasaban las cosas, todos intentaban explicar cómo ocurría todo: el Sol gira en torno de la Tierra, al igual que toda la bóveda celeste; las cosas se caen porque no hay nada que las detenga; todo lo que existe está conformado por cuatro elementos básicos —bueno, a veces cinco—; y otras muchas historias que, hoy sabemos, son ficciones. En todas ellas existía algo de verdad, pequeñas coincidencias que formaban una cadena de certezas y generaban «leyes»: el Sol salía todos los días, las nubes traían consigo lluvia, etcétera.

No obstante, en otros casos no tan afortunados, un comportamiento errático parecía generar un resultado esperado. Por ejemplo, si alguien se golpeaba el codo accidentalmente y, acto seguido, se encontraba con alguna buen noticia, pensaba que era gracias al golpe. Así se lo decía a sus congéneres, saltando a la conclusión general de que golpearse el codo, por doloroso que fuera, llamaba a la buena suerte.

Alguna otra coincidencia dictaría que dos muchachas que tendieron la cama de otra, próxima a casarse, se casaran también ese mismo año. Cuando se saca la conclusión precipitada de que las bodas no tienen nada que ver con la famosa «edad de merecer», con el compromiso previo de alguna de las dos o con alguna otra circunstancia que las rodee, se crea una nueva idea mágica y misteriosa.

Cuando el tecolote canta, el indio muere. Esto no es cierto, pero sucede. Dicho popular.

La superstición es un triunfo del pensamiento mágico sobre la experiencia. Los seres humanos somos maquinitas de explicar y nos gusta comprender cómo funciona todo; cada vez que ocurren cosas que no podemos entender del todo procuramos buscar una razón. Dicen los especialistas en psicología que una de las principales causas de la superstición es el entorno de incertidumbre: no estar seguro de cómo lograr lo que se desea o evitar lo que no queremos que pase.

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B. F. Skinner, el padre del conductismo1 Escuela de psicología que afirma que lo único verificable, y por lo tanto susceptible de estudio, es la conducta externa. y gran estudioso de la forma en que actúan tanto los animales como los hombres, descubrió durante un experimento con palomas que no sólo nosotros podemos hacernos de ideas fijas.

El investigador decidió darles comida de manera aleatoria y, de pronto, las aves empezaron a actuar de una forma aparentemente errática, pero formando una serie de patrones: alguna paloma volaba en círculos, otra picoteaba sin cesar una esquina de la caja de experimentos y, en general, hacían «tonterías» sin ton ni son. Revisando el registro de su comportamiento, Skinner se percató de que los animales no hacían otra cosa que reproducir vez tras vez la conducta que asociaban directamente con la llegada del alimento: ¡habían desarrollado supersticiones! Al parecer, las pobres aves pensaban: «si vuelvo a girar como lo estaba haciendo hace un rato, recibiré más comida», lo que no difiere mucho de «si me pongo la camisa verde, seguro que me irá mejor en la entrevista».
Las supersticiones son resultado de un entorno de incertidumbre; son un intento de lograr que algo suceda o para evitarlo.
Aunque muchos lo nieguen y renieguen, todos han sucumbido al menos una vez al encanto y la falsa seguridad que nos brinda un ritual inexplicable. Es innegable que durante las cenas de Año Nuevo, en gran cantidad de lugares, se puede ver cómo, justo al sonar las doce campanadas, la gente empieza con una extrañísima secuencia de eventos que funcionan más o menos como sigue:

Atragantarse con doce uvas, una por campanada, representando al mismo tiempo los meses del año y un deseo cada una; a continuación, brindar —nunca en seco y mirando a la gente siempre a los ojos, so pena de sufrir siete años sin orgasmos— a toda velocidad con la familia y tomar con la otra mano una maleta —con una escoba dentro—, mientras beben un traguito —porque brindar en seco también es gafe— y salen corriendo para atravesar el umbral del lugar y darle la vuelta a la cuadra. Cuando llegan de nuevo a la puerta —en el tiempo récord de 30 segundos, para que el primer minuto del año rinda lo que debe—, de inmediato regarán lentejas en la entrada, para llamar a la prosperidad, y después sacarán la escoba y las barrerán, ahuyentando junto con el tiradero de semillas a los malos espíritus y las vibras indeseables.

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Esta enumeración, por supuesto, no cuenta con el hecho de que los personajes en cuestión ya traen puesta ropa interior roja —para atraer el amor— o amarilla —para llamar al dinero—, y que, seguramente, se la pusieron al revés —para reforzar ese poder—; además, la están estrenando —eso garantiza que habrá ropa nueva todo el año— y consiguieron también algo prestado y algo robado —cualquier chuchería, tampoco se necesita ser ambicioso. Probablemente, tampoco estamos contando que ya traen una moneda en el zapato, que evitaron a toda costa que su cartera quedara del todo seca —aunque sea diez centavos le metieron— y que tomaron otras tres monedas desde temprano en la mañana y las pegaron formando un triángulo detrás de la puerta.

La incertidumbre por lo que nos depara un nuevo año es tan grande, que muchas personas llevan a cabo rituales con la esperanza de atraer a la buena fortuna.

Las supersticiones se dan en todos los gremios y en muchas de las actividades del ser humano, pero hay algunos que son más susceptibles a ellas: los jugadores, por ejemplo. Cada familia tiene un tío —gran aficionado al «pokarito» o al dominó— que tiene más mañas que un costal y que cada vez que juega reúne sus muy particulares ritos, como nunca ser el primero en tomar las fichas de la «sopa» o alzar las cartas de la mesa —hay quien incluso insiste en ser el último en hacerlo—, evitar determinadas palabras durante el juego —cada uno tiene las propias— o decir otras en el momento adecuado, correr a los mirones diciendo «no me veas porque me salas», o, cuando todo va mal, definitivamente levantarse, tomar su silla y girarla, para cambiar la suerte.

Y si el mueble tiene a mal caerse mientras le dan la vuelta, de plano retirarse de la partida, porque ya no habrá poder divino que mejore su desempeño.
Las supersticiones no solamente surgen de
 conductas aleatorias aprendidas, algunas tienen una 
larga historia que contar. Tal es el caso de las que se relacionan con los espejos o la sal, que eran objetos valiosos y, por lo tanto, no debían ser rotos o desperdiciados. Por eso se considera de tan mala suerte romper un espejo o derramar sal; de ahí se derivan expresiones como «echar la sal», «salar» o «estás salado».

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Hay supersticiones con «cola», como la de evitar a los gatos negros, puesto que se les asociaba con brujas y poderes demoníacos; aunque también las hay sencillas, como no pasar por debajo de una escalera —más que mala suerte, se corre el enorme riesgo de que se le caiga a uno un objeto o una persona encima, sobre todo si en ese momento están trepados en la escalera—, nunca abrir un paraguas bajo techo —bendita precaución que no sólo evita que uno se sale, sino que, además, procura que nadie le saque los ojos a otro en un espacio reducido— o jamás dejar las tijeras abiertas en la mesa —que más que ahuyentar a la discordia, es un medio seguro de prevenir accidentes con objetos punzocortantes.

Ésta es la demostración básica de que cualquier conducta que se repite lo suficiente puede perder su significado básico y añadirse al genérico montón de la «buena» o «mala» suerte.

Podríamos afirmar sin duda que hay culturas más supersticiosas que otras —aunque ninguna puede afirmar que no lo sea; toda tribu, sociedad, religión o Estado tiene sus ritos sin sentido que refuerzan de una forma o de otra su unicidad—; y que la línea entre la religión, la fe y la superstición es tan tenue que se puede brincar muy fácil de uno a otro lugar. De cualquier manera, esto es material para otro artículo, del cual no platicaremos más «para que no se nos sale».

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