Cementerios, camposantos y panteones – Algarabía
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Cementerios, camposantos y panteones

Si bien utilizamos las palabras «cementerio», «camposanto» y «panteón» como sinónimos —indicando un lugar para enterrar a los muertos—,

La mayoría de las culturas originarias coincidieron en enterrar a sus muertos
 y en considerar sagrado el lugar donde éstos reposaban. A pesar de la tecnología y los siglos transcurridos, esta tradición ha permanecido sin grandes cambios. He aquí una brevísima semblanza sobre ese espacio en el que, tarde o temprano, «descansaremos».

¿Panteón o cementerio?

En principio hay que aclarar que un panteón es un altar, mientras que un cementerio es el espacio físico en donde se depositan cadáveres. Un poco de historia nos aclarará la tan común confusión entre ambos términos: el primero tiene origen en los antiguos templos donde los griegos adoraban a sus dioses; después, con la invasión romana, algunos de esos panteones fueron destruidos; otros, con más suerte, fueron transformados en nuevos templos para los dioses romanos.

Años después, cuando el catolicismo se convirtió en la religión oficial, la Iglesia se apropió de estos templos
 y los convirtió en basílicas [del griego βασιλική οἰκία, basiliké oikía, ‘casa real’. Para los romanos, una basílica era un suntuoso edificio público. El Panteón Romano —Panteón de Agripa— fue uno de los que atravesó por dicha transformación: se convirtió en la Iglesia de Santa María de los Mártires, por lo que obtuvo inmunidad ante la masiva destrucción de espacios «paganos» —hoy es el único edificio de la Antigua Roma en la ciudad.

El Panteón de San Fernando, en la Ciudad de México, es famoso por guardar los restos de Benito Juárez. Estuvo en funciones de 1832 a 1871; actualmente es un museo de sitio.

Durante el Renacimiento, aquella iglesia se convirtió en la Academia de los Virtuosos de Roma que, además, sirvió de sepulcro a artistas de la talla y fama de Rafael; en la época moderna, al recuperar su valor original como Panteón de Agripa, la idea de «ir al panteón a
 ver las tumbas de los famosos» no se hizo esperar: las familias adineradas la copiaron para sus nichos fúnebres y construyeron «panteones» para sus difuntos.

Así, por costumbre, las personas comenzaron a llamar «panteón» a cualquier tumba y, también por extensión, a los cementerios. Entonces, el cometido de la religión católica se cumplió: se olvidó por completo que, 
de origen, un panteón era un templo dedicado a los dioses «paganos» —los griegos, primero, y después los romanos—.

Y bueno…

Los cementerios siempre han tenido espacios físicos delimitados, normalmente ubicados lejos de las poblaciones. Supongo que desde tiempos prehistóricos el ser que dejaba de vivir era abandonado por varias razones:

1. No tenía ya ninguna utilidad para nadie —salvo, quizá, en las culturas caníbales—
2. Los muertos apestan, atraen enfermedades y animales salvajes.

Presumo entonces que, después de miles de años, los hombres entendieron que el riesgo de contraer enfermedades por la presencia de cadáveres disminuye si éstos se queman o se entierran; imagino también que ya eran lo bastante civilizados como
 para entablar lazos fraternales, incluso con cuerpos inanimados.

Así pues, decidieron conmemorar las muertes de sus amigos y parientes y, para hacerlos permanecer en el recuerdo, qué mejor que edificar un lugar especial, que cumpliera con el requisito de lejanía [pero nomás tantito] para matar dos pájaros de un tiro: poderlos visitar en un lugar en el que no «contaminen» con su presencia.

El Panteón de Santa Úrsula fue el primer panteón público de la Ciudad de México, fue fundado en 1784.


Estos lugares reflejan las tradiciones y culturas de los pueblos que los construyeron. De ahí su importancia para los historiadores por sus múltiples asociaciones: catacumbas, sarcófagos, cementerios y ataúdes; cruces, lápidas, flores, etcétera.

¿Y el cementerio, ‘apá?

Los romanos lo llamaron coemeterĭum —del griego κοιμητήριον, koimetérion, ‘lugar para dormir’—. Ya en 
el siglo vii, en el mundo occidental, debido a que los entierros estaban bajo el control de la Iglesia, éstos sólo se podían efectuar en terrenos consagrados, por lo que a estos espacios se les llamó también camposantos.

La Rotonda de las personas ilustres, en la Ciudad de México, se construyó en 1872 dentro del Panteón Civil de Dolores por órdenes de Sebastián Lerdo de Tejada. Aunque ha cambiado varias veces de nombre —en función de lo «políticamente correcto»—, ya se le considera un «emblema de la Patria».

Más adelante, el afán de las personas adineradas 
por separarse de «la plebe» alcanzó también a las costumbres funerarias; surgieron entonces como ornamento de los sepulcros las lápidas, y las diferencias empezaron a hacerse evidentes.

Cuando los pobres «copiaron» la idea inicial de colocar una tabla con el nombre del difunto, los ricos cambiaron las tablas por láminas de acero. Y cuando éstas se oxidaron, se convirtieron en pizarra, arenisca, mármol, piedra caliza y granito; y el tamaño de las piedras era cada vez más grande, hasta que fue insuficiente para satisfacer la necesidad de presunción. Se erigieron entonces angelitos, vírgenes, santos y altares completos, hasta llegar a lo que hoy conocemos como mausoleos.

El Panteón de Belén, en Guadalajara, fue fundado en 1848 y actualmente también funciona como museo. Su nombre original era Panteón de Santa Paula.

¿Qué pasó entonces?

Pues nada, que la intención de mantener los cementerios alejados de las poblaciones se conservó, pero el crecimiento demográfico, no. Los pueblos se convirtieron en ciudades y los cementerios quedaron encerrados en ellas, y nuevamente ocasionaron problemas de salubridad. Entonces, la construcción de los lugares para enterrar a los muertos tuvo que regirse por nuevas normas: los cadáveres debían ser sepultados tres metros bajo tierra, y cada tumba iba sellada con una palada de cal.

El problema de los cementerios es para tomarse en serio; hoy el tema implica una planeación estratosférica e interminable. Con decirte que ya se piensa en cementerios espaciales, y pa’ como somos, no va faltar el «ricachas» que quiera un planetoide para su familia. Así las cosas de muertos y vivos.

Si quieres conocer algunos de los cementerios más famosos del mundo, consulta Algarabía 110.

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