Tatuaje: memoria bajo la piel
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Tatuaje: memoria bajo la piel

Fueron orgullo de antiguos reyes y aunque son mal vistos en la actualidad, son una de las formas de modificación más antiguas.

Orgullo de antiguos reyes, estigma de parias: introducir pigmentos bajo la epidermis para crear marcas permanentes es una de las formas de modificación corporal más antiguas. Fueron muchas las culturas que vieron en el tatuaje un rito sagrado: con huesos afilados, conchas, colmillos y tinturas vegetales dibujaron en sus cuerpos intrincados patrones que los enlazaran con sus ancestros, tierras y dioses.

La práctica tenía un significado de pertenencia comunal que indicaba jerarquía, madurez sexual, genealogía, valor, fuerza, habilidad. Representaba un rito de paso: en las regiones árticas de América las mujeres inuit comenzaban a tatuarse el rostro tras el primer periodo menstrual; esto mostraría su fortaleza, aminoraría los dolores del parto, les ganaría el favor del sol. También era una prueba de honor: al llegar a la pubertad, los niños de Samoa debían soportar la lenta perforación sin queja; afrontaban el rito a manos del sagrado tufuga mientras otros hombres de la tribu les cantaban para transportar su mente lejos del dolor.

Señales de poder

Fue, también, seña de belleza: las mujeres de Papúa Nueva Guinea marcaban sus rostros con patrones brillantes que remarcaban su linaje y hermosura. Podían ser hechizos y protecciones: las mujeres chukchi de Rusia se tatuaban las mejillas con franjas para la fertilidad; los mentawai de Indonesia llevaban tatuajes de cuentas en el dorso de las manos con los que «ataban» el alma al cuerpo; los kayan de Birmania grababan su piel con simbología de plantas milagrosas para prevenir enfermedades.

Hablamos en pasado pues, aunque no son pocas las tribus que aún intentan conservar sus rituales, la mayor parte fueron invadidas en el siglo XVIII por misioneros y colonizadores europeos que acabaron con las «blasfemas» tradiciones de arte corporal. Las religiones dominantes — cristianismo, judaísmo e islam— prohíben la modificación del cuerpo: ya dice el Levítico, capítulo 19, versículo 28: «Y no haréis rasguños en vue ro cuerpo por un muerto, ni imprimiréis en vosotros señal alguna».
Los tatuajes fueron alguna vez marcas de poder, de conexión entre cultura y naturaleza; al prohibirlos, la pérdida de identidad facilitó el sometimiento.

La marca del esclavo

Los griegos y romanos veían el tatuaje con vergüenza, identificándolo con los «pueblos salvajes». Aprendieron de los persas el «tatuaje de castigo», práctica sugerida por Platón y usada para marcar a criminales, blasfemos y esclavos; el único tatuaje permitido era el que se daba a los espías para transmitir mensajes secretos en el frente enemigo y, al inicio del siglo V, la marca —usualmente en la mano— que recibían ciertos soldados romanos que completaban su entrenamiento.

Una persona tatuada tiene, en promedio, entre dos y cinco tatuajes; el 18% tiene seis o más. Usualmente, entre el primer y el segundo tatuaje pasan 5 años

En Japón, las mujeres anui portaban tatuajes faciales que las protegieran de los malos espíritus y, tras la muerte, resguardaran su camino al más allá; las mujeres de Okinawa los llamaban hajichi.

Durante el periodo Kofun —iniciado en el año 300— adquirió una connotación negativa; en los registros del Kojiki, del año 712, se dice que:
en la sociedad japonesa «hay dos tipos de tatuaje:uno es la marca de distinción de un hombre de gran estatus, el otro es la identificación del criminal»
En poco tiempo, señalaba sólo a criminales, traidores y a las clases sociales de los eta —de oficios considerados sucios, como los carceleros, enterradores y curtidores— y los hinin —«no humanos»: prestidigitadores ambulantes, curanderos, prostitutas y mendigos—.
Para finales del siglo XVII el tatuaje decorativo era usualmente socorrido sólo por aquellos que, habiendo cumplido su condena —o escapado de ella— pretendían ocultar esas marcas.

Héroes en la piel

En 1805 llegó a Japón la primera traducción de la novela china Shui Hu Zhuan —en japonés Shinpen Suikoden—, que narra las aventuras de un grupo de heroicos bandidos que resisten la corrupción del emperador. Fue increíblemente exitosa entre la clase trabajadora y en 1827 imprentas xilográficas como la de Utagawa Kuniyoshi difundieron masivamente las coloridas ilustraciones de Katsushika Hokusai que, mostrando los profusos tatuajes en los cuerpos de los héroes, desataron una nueva oleada de popularidad del irezumi —‘insertar tinta’—, creando la iconografía clásica: deidades mitológicas como Raijin, el dios del trueno y Fujin, el dios del viento; dragones, cerezos, llamaradas, oleajes, serpientes, calamares, gatos y monos. Los tatuajes más populares repetían escenas del libro y solían cubrir la espalda, nalgas y piernas en un trabajo que podía durar décadas.

En el siglo XIX, motivado por la necesidad de no parecer «salvajes» ante las amenazantes potencias occidentales, el gobierno japonés prohibió el tatuaje. Sólo los criminales —como los Yakuza— exhibían sus cuerpos tatuados como desafío a la ley. Algunos artistas tatuadores se mantuvieron a flote gracias a los extranjeros ansiosos de probar sus exóticas aventuras, pues sólo era ilegal marcar a compatriotas.

Mitos y condenas

Se cuenta que el capitán James Cook y su tripulación fueron quienes, en 1769, habiéndose encontrado en sus viajes al sur del Pacífico con nativos maoríes de cuerpos tatuados, trajeron a la escandalizada sociedad occidental esa «barbárica práctica». Tal historia es en parte mentira, pues ya existía en Europa desde el neolítico y tuvo una larga tradición—recordemos los 61 tatuajes de la momia Ötzi, el «hombre de hielo» encontrado en los Alpes; las cruces que los cruzados solían tatuarse en el pecho para reclamar entierro cristiano si caían en batalla, o las peregrinaciones que los cristianos coptos más ricos hacían a Tierra Santa, donde se grababan iconografía religiosa—, siendo ampliamente difundida antes del siglo XVIII por exploradores y mercantes que capturaban nativos tatuados para exhibirlos como prueba de sus aventuras, y también por los navegantes que elegían participar en rituales.

Sin embargo, no tuvo precedente el asombro que los marineros de Cook causaron al regresar a Europa con el pecho y los brazos grabados; de su narraciones se adoptó globalmente el tattoo —derivado del samoano tattaw o ta-tau ‘marcar o golpear dos veces’, palabra presente también en el tahitiano, el tongano y similar al marquesano ta-tu—, con el que ha a ahora se nombra a la práctica.

En alta mar

Parte superstición, parte remembranza de sus exóticos viajes y demostración de hombría, los tatuajes eran la marca del marinero, creando una fuerte asociación con la idea del «espíritu aventurero». Internamente, formaban un escrito código cuya estética se amplió durante la II Guerra Mundial, en buena parte gracias al legendario «Sailor Jerry», que tatuó en Honolulu a toda una generación de marineros.

– La golondrina representaba la distancia navegada: ganaban el derecho a tatuarse una por cada 5 mil millas náuticas.
– Una sola ancla significaba que el marinero había cruzado el Atlántico o que perteneció a la marina mercante.
– Un barco de tres o más mástiles con las velas desplegadas se ganaba al navegar por el peligroso Cabo de Hornos, en la zona austral de Chile.
– Las palabras HOLD —‘sostener’— y FAST —‘rápido’— cada letra tatuada en un nudillo, prometían traer suerte para controlar el aparejo del barco aun en las peores tempestades.

La alcurnia europea se mostró fascinada —y no poco escandalizada—: el rey Eduardo VII, el príncipe Alberto y Jorge V —sus hijos— y el zar Nicolás II se embarcaron en expediciones remotas para conseguir un tatuaje. Para los europeos se había convertido en una seña de lo exótico, haciendo de la captura y exhibición de nativos un negocio lucrativo. De los siglos XVII al XIX era común encontrar en las ferias mundiales atracciones de «salvajes tatuados» al lado de las más avanzadas tecnologías occidentales, creando un evidente contraste entre la «progresista civilización» y la «inferior» identidad indígena.

Circo, maroma y tatuajes

Ya en el siglo XIX, Olive Oatman, la primera mujer blanca tatuada, suscitó una revolución en la percepción social. En la década de 1850 los nativos americanos yavapai atacaron a su familia y sólo ella y su hermana sobrevivieron, siendo adoptadas por indios mohave. La hermana murió, pero Olive se adaptó a la tribu que, con el tiempo, le dio un tatuaje facial tradicional. Fue rescatada años más tarde, convirtiéndose en una celebridad que recorría el país contando la historia de los indios salvajes que la habían forzado a marcarse —aunque investigaciones recientes sugieren que fue voluntario.

Así surgió la tradición circense de los «fenómenos tatuados»; algunos eran marinos, como el capián Cosentenus, que recorría ferias contando la «verídica hisoria» de cómo los tártaros le habían tatuado 388 tigres, elefantes y otras criaturas exóticas que exhibía con orgullo.

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