adplus-dvertising

Gaudí, la gracia de la invención

Poco antes de recibirse, Gaudí había diseñado un mueble exhibidor de cristal para el comerciante Esteve Comelle.

Más allá de su genio constructor y de sus geometrías inusitadas, son la intuición, la total libertad de expresión y la invención las que permanecieron en la arquitectura de Antoni Gaudí. Creando un lenguaje
propio de solidez, belleza y utilidad, el estilo de sus construcciones —tan racional como transgresor— trascendió a su época para convertirse en un emblema de la ciudad de Barcelona.

Ruptura, libertad, juventud y novedad; tales eran las tesis que abanderaban las vanguardias artísticas del último cuarto del siglo XIX, inspiradas, en parte, en los principios esbozados por el teórico francés Eugène Viollet-le-Duc, que excluían claramente la tradición arquitectónica del «racionalismo
clásico francés» y las fórmulas eclécticas largamente utilizadas, y abogaban por un retorno a la construcción vernácula. Fuera de Francia, sus argumentaciones —en particular el nacionalismo cultural que llevaba implícito, opuesto al estilo internacional— prendieron en el ámbito de la
arquitectura catalana y, más tarde, en Antoni Gaudí.

El joven aspirante a arquitecto Antoni Gaudí i Cornet, de 16 años, llegó a Barcelona en 1868, procedente de la ciudad catalana de Reus. Poco después, ingresó a la Facultad de Ciencias de la Universidad de Barcelona y, tras cuatro años de estudios preparatorios, a la Escuela de Arquitectura Barcelonesa, de reciente fundación. Allí recibió la influencia de los tres mayores teóricos de la arquitectura del siglo XIX: el ya citado Viollet-le-Duc y los británicos John Ruskin y William Morris.

El estilo y la obra
Si bien la singularidad de Gaudí sobrepasa la adscripción a cualquier movimiento, aparece con frecuencia como un precursor del surrealismo; la verdad es que, aunque sus hallazgos formales fascinaron a esa generación, por «alocados, excéntricos y arbitrarios», son completamente racionales, funcionales, prácticos y utilitarios. De igual manera, en su obra madura ya hay atisbos de un expresionismo avant la lettre. O el uso inédito del trencadís presagia los collages de Picasso y Braque de una década después. Gaudí es un adelantado: sus arcos parabólicos —desde 1880— tardarían 40
años en volverse a ver; las superficies regladas, como la cubierta para la Escuela de la Sagrada Familia (1909), son un anuncio de los futuros cascarones de concreto.

En 1892, Gaudí hace un viaje de trabajo a Marruecos —el proyecto del edificio de las Misiones Franciscanas de Tánger, que no llegaría a realizarse— que resultará crucial en el rumbo que tomará la futura obra del
arquitecto, pues descubre la arquitectura popular bereber y su ausencia de líneas rectas, que después plasmaría en las obras de la Casa Batlló, la Casa Milá y el Parque Güell. Pero más allá de su genio constructor, de la racionalidad de sus formas estructurales, de sus geometrías sui géneris, son la intuición, la total libertad de expresión y la invención las que nunca menguan en su arquitectura y a las que se subordinan las otras.

La cripta de la colonia Güell en Sta. Coloma de Cervelló

Hacia finales de 1898, Eusebi Güell le encargó la construcción de una iglesia parroquial, una obra de su plena madurez. Gaudí tardó diez años en terminar el proyecto —las obras comenzaron en 1908—, otros siete en construirlo, y sólo llegó a terminar la cripta. Ésta es una obra maestra, un hito de la arquitectura no sólo del siglo XX, sino de la historia de la arquitectura universal: en su concepción espacial hallamos una
íntima identidad entre el diseño estructural y la forma arquitectónica,
una sabia resolución en el uso de materiales y técnicas ancestrales ancladas en la mejor tradición de la construcción catalana —arcos tabicados, bóvedas de rasillas— concertados de manera inusitada. Todo inmerso en el sitio, enterrado en la ladera del monte, dialogando con el bosque de pinos
que rodea el porche de la entrada. Solitario esencial, Gaudí no sólo inventa nuevas leyes, sino su propio lenguaje. Solidez, utilidad y belleza, son valores trascendidos en esta obra, por tratarse de valores intangibles, espirituales, que nos remiten a la desnudez esencial de la caverna y permiten al creyente —como Gaudí— encontrarse con Dios.

Templo Expiatorio de la Sagrada Familia
Todo estilo arquitectónico ha nacido alrededor del templo, y todo arte nuevo por venir ha de hacer lo mismo.
Antoni Gaudí

Concebido inicialmente como un templo de estilo neogótico por el arquitecto Francisco de Paula del Villar, Gaudí se encarga de él cuando del Villar, por discrepancias económicas con la Junta, abandona la dirección de las obras. Progresivamente, Gaudí se va apartando del proyecto original y termina imprimiéndole su particular sello e invención: los elementos sustentantes se vuelven arbóreos más que la geometría de una columna, y se inclinan y ramifican siguiendo las líneas de fuerza de las solicitaciones
estructurales, logrando una conjunción entre lo bello y lo necesario, de significación y expresividad totalmente novedosas.

No es la mejor obra de Gaudí, pero sin duda sí es la obra a la que consagró su vida —43 años, nada menos— y, hoy en día, una de las más conocidas
en todo el mundo. Gaudí sólo vio completarse la cripta, una de las fachadas del crucero —la del nacimiento— y tan sólo uno de los cuatro campanarios que coronan dicha fachada, el dedicado al apóstol San Bernabé, de un total de doce campanarios —cuatro en la fachada de la Pasión y cuatro más en la
fachada principal o de la Gloria— con que contaría el templo terminado. Inacabada como está, esas «ruinas de futuro» se han convertido en uno de los símbolos más ostensibles de la ciudad de Barcelona.

Las obras han continuado con criterios y técnicas distintas a las originalmente concebidas; el proyecto se ha mixtificado por reelaboraciones posteriores, y las intervenciones escultóricas han sido muy debatidas.

Poco antes de recibirse, Gaudí había diseñado un mueble exhibidor de cristal para el comerciante Esteve Comelle, que viajó a París con motivo
de la Exposición Universal del año de 1878. La casualidad o el destino hicieron que el mueble fuese visto por el barón barcelonés Eusebi Güell i
Bacigalupi —que a la sazón tenía 36 años y era el heredero de una de las mayores fortunas catalanas y de España—, y éste se quedó con la imagen
del mueble y con el nombre de Gaudí. Dos años después, Gaudí y Eusebi Güell se encontraron en el taller de un reputado ebanista, gracias a otro
mueble: un escritorio profusamente ornamentado —¿podría haber sido de otra manera?— que el arquitecto había mandado hacer para sí mismo.
Allí se presentaron, y a partir de ese momento sus nombres quedaron indisolublemente ligados en una de las asociaciones arquitecto–cliente más
fecundas y felices de la historia de la arquitectura occidental. El mismo Gaudí —parco en halagos— llegó a comparar a Güell con un príncipe renacentista, al estilo de Lorenzo de Médici.

Foto: 10obrasdearte.com

Antoni Gaudí nació el 25 de junio de 1852. Aunque existe polémica con respecto a su lugar de nacimiento, la mayoría de las versiones indica que fue en Reus, Cataluña. Su muerte tuvo lugar un 7 de junio de 1926, a causa de un trágico accidente. Cierto día que, como de costumbre, se dirigía a la
iglesia de San Felipe Neri para entrevistarse con su confesor, fue atropellado entre las calles Gerona y Bailén por un tranvía. Por su aspecto desaliñado se le confundió con un mendigo y no se le condujo de inmediato al hospital. Murió a los dos días. Hace 15 años se inició su proceso de beatificación.

Desde comienzos del siglo xx, tanto en Cataluña —con el Noucentisme7— como en Europa, las reacciones contra las tendencias ornamentalistas de la arquitectura —el modernismo, el Art Nouveau, el Jugendstil, el Liberty Style—se hicieron manifiestas. En 1908, Adolf Loos declaró toda ornamentación como un «crimen», y las nuevas vanguardias propugnaron por una nueva estética: racional, funcionalista, un nuevo lenguaje de abstracción y líneas
rectas, derivados de las nuevas tecnologías y materiales —acero, cristal, concreto armado.

En la primera posguerra del siglo pasado, el fermento racionalista ya había prendido en diversidad de movimientos: el De stijl holandés, el constructivismo ruso, la Bauhaus alemana. Una exaltación a lo pragmático, que le restó importancia a la inspiración individual, privilegiando las normas y la tipificación, y orientándose a satisfacer las necesidades sociales al día más que las consideraciones estéticas. Así las cosas, el delirante formalismo del arquitecto catalán parecía agotado, instintivo, intuitivo, emocional, contrapuesto a las nuevas ideas que corrían en el siglo.

Compartir en:

Twitter
Facebook
LinkedIn
Email

Deja tu comentario

Suscríbete al Newsletter de la revista Algarabía para estar al tanto de las noticias y opiniones, además de la radio, TV, el cine y la tienda.

Las más leídas en Algarabía

Scroll to Top