Mayoritear
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Mayoritear

Aguas compañeros, amigos y lectores, porque todos estamos expuestos al rebasado y feo vicio de mayoritear y ser mayoriteados, sobre todo

Aguas compañeros, amigos y lectores, porque todos estamos expuestos al rebasado y feo vicio de mayoritear y ser mayoriteados, sobre todo ahora que este término pasó a las filas de nuestro egregio Diccionario del Español de México, conocido como DEM. Un verbito que vio la luz en la discusión pública hace algunos años, pues lo suelen usar políticos de todas las ideologías, periodistas y comentaristas, sobre todo tratándose de temas relacionados con asambleas legislativas, congresos, cámaras, así como en temas electorales. Es decir, instancias donde hay votos de por medio. Y es que en la democracia  — Ese «abuso de la estadística», como diría el gran Borges— La mayoría es la que rifa, la que «corta el bacalao».

Mayoritear forma parte de la jerga política mexicana, junto a palabras como grilla o bandear, o expresiones como: «no me apuntes pero no me borres» o «no llega el que sabe sino el que cabe» 

Los politólogos lo defienden. María Amparo Casar ha hablado de lo mal que está para ellos que ese verbo se use de forma despectiva: «Hay que insistir, en democracia el verbo mayoritear ya no cabe, y en un escenario de pluralidad la mayoría manda», apunta. Sin embargo, no es así de fácil, y si el verbo existe es porque se ve como un abuso de poder o como un verbo perteneciente al «corrupcionario» diario de los mexicanos. 

El sociólogo Andrés Lajous coincide conmigo en que el verbo mayoritear «no describe la regla de mayoría —pues todos los actores saben que en algún momento se constituyen y ejercen mayorías— sino la forma en que se ejerce esa mayoría». Es decir, como soy mayoría la ejerzo de forma cuasifascista, valiéndome un pepino si la minoría se ve afectada por ello. 

Por ejemplo, te pueden mayoritear en una reunión de manzana cuando todos votan porque tu perro deba salir con correa a fortiori, valiéndoles gorro que la mayor parte de los perros de la cuadra salgan sin ella, sólo porque el tuyo es más negro, más grande y más peludo que los demás. 

Te mayoritean las mamás del grupo del kínder de tu vástago porque votan, en mayor parte, por llevar «juguitos» de lunch cuando, las cuatro restantes —entre ellas tú— saben que esos son pura azúcar, casi veneno y que de jugo no tienen nada y de «juguito» menos —ya el diminutivo lo suaviza todo. 

También te mayoritean en una reunión los que quieren jugar pókar o dominó, y tú que odias jugar o le entras o te quedas nomás ahí bebiendo y como el chinito: «nomás milando». 

Y, para acabar pronto, a las mujeres nos han mayoriteado en lo que va de la historia, desde que somos Homo sapiens, desde que el hombre tuvo el control de la guerra y el arado, y nosotras los nueve meses de embarazo y los dos años de crianza que nos dejaron fuera de la jugada. Nos han mayoriteado, no porque los hombres sean más—son ni más ni menos que 50% de la población del planeta—, sino porque tienen el poder —y aquí se extiende el uso del verbo mayoritear no sólo a la cantidad, sino al poder, o al abuso del mismo—; tal y como Pinochet o Mussolini mayoriteaban a todos simplemente porque tenían la sartén por el mango, «y el mango también». Por ello han decidido por nosotras, siempre nos han mayoriteado en las decisiones concernientes a la chamba, a los salarios, a los hijos, a quién puede tener sexo o no, a la infidelidad, a la moralidad, uff, a tantas cosas que más vale no continuar. 

Ahí lo tenemos, un verbito que pareciera inofensivo y que, sin embargo, puede ser de lo más corrosivo. Las palabras también pueden hacer mucho daño.  

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