¿El idioma afecta nuestra forma de ahorrar?
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¿El idioma afecta nuestra forma de ahorrar?

El economista Keith Chen publicó una investigación que sugiere que la forma en la que cada idioma puede modificar los hábitos de consumo

Desde principios del siglo XX los lingüistas descubrieron que nuestro idioma determina la forma en la que percibimos e interpretamos el mundo, así como algunas de nuestras habilidades y conductas. En 2013 el economista Keith Chen publicó una investigación que sugiere que la forma en la que cada idioma estructura el tiempo futuro puede modificar los hábitos de consumo, alimentación y ahorro de sus hablantes.

Foto tomada por skitterphoto para Pexels.

Dejemos que el autor nos guíe a través de sus conclusiones La crisis financiera global ha revivido el interés del público en una de las preguntas más antiguas de la economía, existente desde antes de Adam Smith: ¿por qué algunos países que tienen en apariencia economías e instituciones similares presentan comportamientos tan distintos respecto del ahorro?

Muchos brillantes economistas han pasado toda su vida intentando responder a esta pregunta, y han logrado avances en el entendimiento de este tema. Hablaré acerca de una nueva y fascinante hipótesis y de algunos descubrimientos sorprendentes sobre la relación entre la estructura de los idiomas y la predisposición a ahorrar y a otros comportamientos de consumo. Comencemos por pensar en los países miembros de la OCDE —Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos—. Éstos son, y por mucho, los más ricos e industrializados del mundo.

Al unirse a la OCDE todos firmaron un compromiso con la democracia, el libre mercado y el libre comercio. Sin embargo, a pesar de estas similitudes, observamos grandes diferencias en sus hábitos de ahorro. Por ejemplo, en los últimos 25 años, Grecia apenas ha conseguido ahorrar más de 10% de su producto interno bruto; casos similares son los de los EE.UU.. y el Reino Unido. Del otro lado del espectro, con las tasas de ahorro más altas, están Luxemburgo, Corea del Sur y Rusia —entre 30% y 40%.

¿Es posible que los idiomas tengan algo que ver con estas diferencias? Los lingüistas y los psicólogos cognitivos han desarrollado investigaciones alrededor de esta pregunta, y han llegado a conclusiones que confirman esta teoría.

Yo tengo ascendencia china, y crecí en el medio oeste de los EE.UU.. Algo que descubrí hace tiempo fue que el idioma chino me obligaba a hablar y, más importante, a pensar de formas distintas. Un ejemplo: supongamos que yo estoy hablando con usted y le presento a mi tío. Usted entiende exactamente lo que digo en inglés.

En cambio, si estuviésemos hablando en chino mandarín yo no habría sido capaz de verbalizar tan pocos datos. Lo que mi idioma me hubiera forzado a hacer, en lugar de decirle a usted simplemente «éste es mi tío», es a darle una enorme cantidad de información adicional. Mi idioma me hubiera obligado a decirle si se trataba de mi tío paterno o materno, si era mi tío biológico o político, o el hermano mayor o menor de mi padre o de mi madre. Toda esta información es obligatoria. El idioma chino no me permite pasarla por alto.

Esto me emocionaba de niño, y me sigue fascinando ahora que soy economista y que encuentro tantas diferencias en la forma en que las lenguas se refieren al tiempo. Por ejemplo, en inglés la gramática es distinta cuando me refiero a que llovió ayer —«It rained yesterday»—, cuando llueve ahora —«It is raining now»—, y cuando lloverá mañana —«It will rain tomorrow»—. Nótese que el inglés requiere mucha información sobre la secuencia de los sucesos.

En contraste, un hablante chino dirá algo que podría sonar muy extraño para los oídos de un hablante de inglés, por ejemplo: «Yesterday it rain», o «Tomorrow it rain». En un sentido muy profundo, el chino no divide el espectro de tiempo del mismo modo que el inglés, que nos obliga a hacerlo de forma constante.

Esto me condujo a una hipótesis interesante: ¿podría ser que la forma en la que hablamos sobre el tiempo afecte nuestra conducta? El inglés es una lengua con un futuro «fuerte», lo cual significa que cada vez que una persona se refiere a él se ve gramaticalmente forzado a separarlo del presente y, por tanto, a tratarlo como algo radicalmente distinto. Ahora supongamos que esa diferencia hace que el hablante disocie el futuro del presente cada vez que habla. Si eso es verdad y el «mañana» se percibe como algo distante del «hoy», le será más difícil ahorrar. Por otro lado, en un idioma sin futuro —o con futuro «débil»— se habla sobre el futuro y el presente de forma idéntica, lo cual obliga al hablante a pensar que ambos tiempos son lo mismo, por lo que ahorrar se convierte en una necesidad inmediata, un asunto del «hoy», pues el mañana es tan importante como el ahora.

¿CONTROL ESTADÍSTICO?

¿Cómo podríamos demostrar una teoría tan inesperada? Lo que hice fue leer la investigación de los lingüistas. De forma interesante descubrí que existen hablantes de lenguas sin futuro en todo el mundo, y una muestra importante está en el Norte de Europa. Y cuando crucé la información, resultó que el promedio de estos hablantes hacía buenas previsiones financieras.

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Vemos que los países que hablan idiomas sin futuro son mucho mejores ahorrando en comparación con aquellos que tienen idiomas con futuro. A pesar de que estos hallazgos son estimulantes, el problema metodológico era que los países tienen muchas diferencias entre sí. Lo que hice entonces fue compilar una gran cantidad de datos y hacer comparaciones. Reuní información de todo el mundo, por ejemplo, de un estudio sobre el ahorro para el retiro en Europa; de otra investigación demográfica y de salud en los países en desarrollo de África; así como de una encuesta mundial sobre opiniones políticas y, para mi suerte, sobre hábitos de ahorro en millones de familias de todo el mundo. Descubrí que nueve países tienen poblaciones nativas que hablan tanto idiomas con futuro como sin él. Luego formé pares estadísticos y vi si existía una relación entre las lenguas y los hábitos de ahorro. Para tener control, uní la información de las familias de acuerdo con su lugar de origen y residencia, demografía —edad, sexo—, su nivel de ingresos, formación académica, estructura familiar y religión.

La información comparada es sobre familias prácticamente idénticas. Es lo más cerca que podemos llegar a comparar a dos personas que viven en Bruselas, por ejemplo, y que son iguales en todos los aspectos mencionados arriba, con la única diferencia de que una habla flamenco y la otra francés; o dos familias rurales de Nigeria, una de las cuales habla hausa y la otra igbo.

LOS RESULTADOS

Después de este análisis estadístico podemos afirmar que los hablantes de lenguas sin futuro tienen 30% o más probabilidades de ahorrar en cualquier año. ¿Tiene esto efectos acumulativos? Sí, pues los individuos se retiran con 25% más en ahorros.

¿Podemos llevar esta información más lejos? Sí, por ejemplo, pensemos en fumar. En un sentido, fumar es como tener «ahorros negativos». Si ahorrar es sufrir dolor en el presente a cambio de tener placer en el futuro, fumar es justo lo opuesto: es placer presente a cambio de dolor futuro. Según la investigación, los hablantes de lenguas sin futuro tienen entre 20% y 24% menos probabilidades de fumar en cualquier momento de sus vidas, en comparación con miembros de familias idénticas que hablan idiomas con futuro; además, son entre 13% y 17% menos susceptibles de ser obesos al momento de retirarse, y tienen 21% más probabilidades de haber usado condón en su último encuentro sexual.

Mis colegas economistas y lingüistas en Yale y yo estamos comenzando esta investigación, y apenas empezamos a entender qué sucede cuando hablamos sobre el futuro. La meta es que entendamos cómo estos efectos sutiles pueden afectar nuestros procesos al tomar decisiones.

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