El mito de Superman

Superman no es un terrícola, sino que llegó a la Tierra siendo niño, procedente del planeta Kriptón.

Pero en una sociedad particularmente nivelada, en la que las perturbaciones psicológicas, las frustraciones y los complejos de inferioridad están a la orden del día; en una sociedad industrial en la que el hombre se convierte en un número dentro del ámbito de una organización que decide por él; en donde la fuerza individual, si no se ejerce en una actividad deportiva, queda humillada ante la fuerza de la máquina que actúa por y para el ser humano, y determina incluso los movimientos de éste; en una sociedad de esta clase, el héroe positvivo debe encarnar, además de todos los límites imaginables, las exigencias de potencia que el ciudadano vulgar alimenta y no puede satisfacer.

El hijo de Kriptón
Superman no es un terrícola, sino que llegó a la Tierra siendo niño, procedente del planeta Kriptón, que estaba a punto de ser destruido por una catástrofe cósmica y su padre, docto científico, consiguió ponerlo a salvo confiándolo a un vehículo espacial. Aunque crecido en la Tierra, Superman está dotado de poderes sobrehumanos.

Su fuerza es prácticamente ilimitada, puede volar por el espacio a una velocidad cercana a la de la luz, y cuando viaja a velocidades superiores a ésta, traspasa la barrera del tiempo y puede transferirse a otras épocas.

Con una simple presión de la mano, puede elevar la temperatura del carbono hasta convertirlo en diamante; en pocos segundos, a velocidad supersónica, puede cortar todos los árboles de un bosque, serrar tablones de sus tronos y construir un poblado o una nave; puede perforar montañas, levantar trasatlánticos, destruir o construir diques; su vista de rayos X le permite ver a través de cualquier cuerpo a distancias prácticamente ilimitadas, y fundir con la mirada objetos de metal; su superoído le coloca en situación ventajosísima para poder escuchar conversaciones, sea cual fuere el punto donde se realizan.

Es hermoso, humilde, bondadoso y servicial. Dedica su vida a la lucha contra las fuerzas del mal, y la policía tiene en él a un infatigable colaborador.

En realidad, Superman vive entre los hombres, bajo la carne mortal del
periodista Clark Kent. Y bajo tal aspecto es un tipo aparentemente medroso,
tímido, de inteligencia mediocre, un poco torpe, miope, enamorado de su
matriarcal y atractiva colega Lois Lane, que lo desprecia y que, en cambio,
está apasionadamente enamorada de Superman.

Clark Kent personifica, de forma perfectamente típica, al lector medio, asaltado por los complejos y despreciado por sus propios semejantes; a lo largo de un obvio proceso de identificación, cualquier individuo de cualquier ciudad americana alimenta secretamente la esperanza de que un día, de los despojos de su actual personalidad, florecerá un superhombre capaz de recuperar años de mediocridad.

La estructura del mito y la civilización de la novela
La imagen religiosa tradicional era la de un personaje, de origen divino o humano, que permanecía fijo en sus características eternas y en su vicisitud irreversible. No se excluía la posibilidad de que existiera, detrás de él, una historia; pero esa historia estaba ya definida por un desarrollo determinado y constituía la fisonomía del personaje de forma definitiva.

En cambio, el personaje de los cómics nace en el ámbito de una civilización de la novela. La narración de moda en las antiguas civilizaciones era la narración de algo sucedido ya conocido por el público.

Éste no pretendía que se le contara nada nuevo, sino la grata narración de un mito, recorriendo un desarrollo ya conocido, con el cual podía, cada vez,
complacerse de modo más intenso y rico.

La tradición romántica –cuyas raíces debemos buscar en épocas muy anteriores al Romanticismo– nos ofrece, en cambio, una narración en la que el interés principal del lector se basa en lo imprevisible de aquello que va a suceder y, en consecuencia, en la inventiva de la trama, que ocupa un papel de primera magnitud.

Los acontecimientos no han sucedido antes de la narración, suceden durante la misma, y convencionalmente el propio autor ignora lo que va a suceder.

No es casualidad que Superman sea el superhéroe más popular: no sólo es el más antiguo —«nació» en 1938—, sino también el más claramente delineado, el que posee una personalidad más reconocible.

El arquetipo contemporáneo
Esta nueva dimensión de la narración se paga con un menor carácter mítico del personaje. El personaje del mito encarna una ley, una exigencia universal, y debe ser en cierta medida previsible: no puede reservarnos
sorpresas.

Un personaje de novela debe ser, en cambio, un hombre como cualquiera de nosotros, y aquello que pueda sucederle debe ser tan imprevisible como lo que puede sucedemos a nosotros el hecho de ser comercializado en el ámbito de una producción «novelesca» por un público consumidor de “novelas”, debe estar sometido a un desarrollo que es característico, como hemos indicado, del personaje de novela.

Con la figura de Superman nos hallamos ante el ejemplo límite: el caso en que el protagonista posee, desde un principio y por definición, todas las características del héroe mítico, hallándose al mismo tiempo inmerso en una situación novelesca de sello eminentemente comtemporáneo.

La intriga y el consumo del personaje
Superman se halla en la preocupante situación narrativa de ser un héroe sin adversario y, por tanto, sin posibilidad de desarrollo. A esto se añade que, por estrictas razones comerciales, sus aventuras son vendidas a un público perezoso, que quedaría aterrado ante un desarrollo indefinido de los hechos que ocupará su memoria durante semanas enteras, y cada aventura termina al cabo de unas pocas páginas, de modo que cada episodio semanal se compone de dos o tres historias completas, cada una de las cuales expone, desarrolla y resuelve un particular nudo narrativo, sin dejar huella de sí mismo.

Estética y comercialmente privado de las ocasiones básicas para un desarrollo narrativo, Superman plantea serios problemas a sus guionistas.

Paulatinamente, se han ido proponiendo diversas fórmulas para provocar y
justificar un contraste: Superman, por ejemplo, padece cierta debilidad, queda prácticamente inerme ante las radiaciones de la kriptonita, metal de origen meteórico que, como es natural, sus enemigos procuran conseguir
a cualquier precio para neutralizar al justiciero.

Pero un ser dotado de tales superpoderes, intelectuales además de físicos, halla fácilmente el procedimiento para orillar esta dificultad, y así lo hace Superman, venciendo éste y similares obstáculos.

Es preciso, pues, enfrentar a Superman con una serie de obstáculos, curiosos por su imprevisibilidad, pero en definitiva superables por el héroe.

En tal caso, se consiguen dos efectos: en primer lugar, se impresiona
al lector con la extrañeza del obstáculo, inventando situaciones diabólicas, apariciones de seres espaciales especialmente dotados, astucias de sabios malvados para eliminar a Superman, y así sucesivamente.

En segundo, gracias a la indudable superioridad del héroe, la crisis puede ser superada rápidamente y la narración puede mantenerse en los límites de la short story.

Pero esto no resuelve nada. En realidad, vencido el obstáculo —y vencido dentro de un término prefijado por las exigencias comerciales— Superman siempre ha realizado algo. En consecuencia, el personaje ha hecho un gesto que se inscribe en su pasado, y gravita sobre su futuro; en otras palabras, ha dado un paso hacia la muerte, y al envejecer aunque sólo sea una hora, ha acrecentado de modo irreversible el almacén de las propias experiencias.

Obrar para Superman, como para cualquier otra persona, significa consumirse. Pero Superman no puede consumirse, porque un mito es inconsumible.

Es una criatura inmersa en la vida cotidiana, en el presente, aparentemente ligado a nuestras propias condiciones de vida y de muerte, por muy dotado de facultades superiores que esté. Un Superman inmortal dejaría de ser un hombre para convertirse en dios, y la identificación del público con su doble personalidad —la identificación para la que ha sido pensada la doble
identidad— caería en el vacío.

Una trama sin consumo
En Superman entra en crisis un concepto del tiempo, se resquebraja la estructura misma del tiempo, y esto no tiene lugar en el ámbito del tiempo del cual se narra, sino del tiempo en el cual se narra.

Lo cual equivale a decir que, si bien en las historias de nuestro personaje se habla de fantásticos viajes a través del tiempo, y Superman entra en contacto con gentes de diversas épocas, viajando por el futuro y por el pasado, ello no impide que el personaje se halle involucrado en aquella situación de desarrollo y consumición que, como ya hemos dicho, dede considerarse letal para su naturaleza de figura mítica.

En la historia de Superman, el tiempo que entra en crisis es el tiempo de la narración, es decir, la noción de tiempo que enlaza un relato con otro.

En el ámbito de una historia, Superman realiza una determinada hazaña —como destruir una banda de gangsters—; aquí termina la historia.

En el mismo comic book, o a la semana siguiente, empieza una nueva
historia. Si ésta se iniciara en el mismo punto en que había terminado la anterior, Superman habría dado un paso hacia la muerte.

Por otra parte, iniciar una historia sin hacer la menor alusión a que hubo otra anterior, podría llegar a sustraer a Superman de las leyes de la consumición, pero a la larga —fue creado en 1938— el público podría darse cuenta del hecho y advertir la comicidad de la situación, como ha sucedido con el personaje de la huerfanita Annie, que prolonga su infancia e inocencia desde hace décadas, y ha provocado un alud de comentarios satíricos.

Los guionistas de Superman han ideado una solución mucho más sagaz, e indudablemente original. Todas sus historias se desarrollan dentro de una especie de clima onírico —completamente inadvertido para el lector—, en el que aparece muy confuso aquello que ha sucedido antes y lo que ha sucedido después, y el narrador reemprende una y otra vez el hilo de la narración, como si hubiera olvidado decir algo, y deseara añadir algunos detalles a lo dicho.

Superman posee las características del mito intemporal, pero es aceptado únicamente porque su acción se desenvuelve en el mundo cotidiano y humano de lo temporal.

Conclusiones
Si la ideología ética de Superman representa, como así es, un sistema coherente, y la estructura de las varias historias otro sistema, la «saga» de Superman se nos aparece como un calibradísimo sistema de sistemas, del que no sería inútil examinar también la naturaleza del dibujo, las cadencias del lenguaje y la caracterización de los diversos personajes.

Superman se encuentra tan disasociado del contexto en que actúa, que su reducción al mínimo común actuable, su negarse a la posibilidad que de hecho posee —y que le conferiría verosimilitud—, aparecen tan macroscópicos y perturbadores que impiden al lector realizar un acto de fe, una «suspensión de la incredulidad» en el sentido más vulgar de la expresión; una decisión de aceptar a Superman por lo que es, un personaje de fábula, con el cual disfrutar de continuas variaciones de tema.

Y como en toda fábula, en la saga de Superman se desencadenan posibilidades de intriga que son ignoradas, servidumbre exigida por el paso de la fábula evasiva a la llamada problemática.

Rodaballo, rodaballito, que príncipe eres
Si fuera por mí, no te lo pediría,
Pero la bruja de mi mujer,
Pero la bruja de mi mujer, así lo quiere.

Así invoca el pescador al pez encantado. Y todo aquello que pide la mujer le es concedido, porque así son las leyes de la fábula. Pero cuando la mujer pide convertirse en Dios, el pez se encoleriza, y todo vuelve a la situación
miserable en que el pescador y su mujer se hallaban antes. ¿Puede una fábula alterar el orden del universo?

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