Los adioses
Desde el palco

Los adioses

Protagonizada por Karina Gidi, la segunda ficción de Natalia Beristáin es un intento fallido por enaltecer la figura de Rosario Castellanos.

El acto de escribir resulta casi siempre una declaración no sólo de guerra, sino una hazaña de valentía, de vulnerabilidad. Es una manera de enjugar las lágrimas, de gritar a través de las letras, de sacar una espina que se encuentra clavada muy dentro del alma. El acto de escribir es, también, una manera de escapar de la realidad misma, de inventar mundos nuevos, de experimentar a través de una narrativa la vida que quisiéramos poseer. Escribir es una manera de fragmentar el alma y depositarla en un pedazo de papel, en una hoja en blanco, es una radiografía a nuestro interior y a la vez una ficción que nos esforzamos en creer.

Resulta justo decir que ese acto tan íntimo y a la vez tan público que significa escribir está supeditado en casi todas sus manifestaciones al contexto histórico, sociológico y personal en el que viva inserto el escritor en cuestión. Para Rosario Castellanos, su vida inició cuatro años después de terminada la Revolución mexicana, a la edad de 23 años mueren sus padres y, posteriormente, se recibe como maestra en Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM; su tesis se enfocó en la cultura femenina y en 1953 obtuvo el premio Rockefeller del Centro Mexicano de Escritores.

De los hechos anteriores no se menciona ―ni se profundiza― prácticamente ninguno de ellos en Los Adioses, de Natalia Beristáin.

La promoción de la cinta se ha ensalzado con dos poderosos términos: feminismo y literatura, dos temas que son prácticamente un pretexto para construir un melodrama, el cual, sí, aborda aristas delicadas: la opresión masculina ante la mujer, la violencia en el matrimonio, la inclemencia de la maternidad; sin embargo, en el filme se descarta un tratamiento adecuado de estas vertientes y, peor aún, no se le otorga un escaparate necesario al verdadero valor que posee la obra de Castellanos; al contrario, el guion menoscaba su figura intelectual y explota las dolorosas batallas personales que la persiguieron desde que conoció a Ricardo Guerra, filósofo con el que compartió su vida.

En cuanto a la factura de la segunda ficción de Beristáin sólo se pueden rescatar ciertas escenas, como un pequeño plano-secuencia que describe uno de los tantos altercados entre Castellanos y Guerra (interpretados por Daniel Giménez Cacho y Karina Gidi, la última incluso recibió el Ariel de Plata por su actuación) en esta ocasión la pelea comienza porque Guerra le “propone” a su esposa dejar sus clases de manera indefinida en la Facultad de Filosofía y Letras para que pueda cuidar como se debe a su pequeño hijo Gabriel. Durante esta secuencia el conflicto se ve exacerbado por el llanto del bebé y la total desesperación de Castellanos por intentar cuidar y contentar a lo que aparentar ser dos niños, en vez de contar con un adulto que la apoye.

En ese sentido, la estructura narrativa de la película se fragmenta temporalmente, en contadas ocasiones la presencia en pantalla de la pareja durante su estancia en la universidad (encarnados por Tessa Ia y Pedro de Tavira) hace un intento por contextualizar la actual relación tóxica que, según relata la historia, es un martirio interminable de amor-odio, codependencia y repudio. Estas pequeñas regresiones a la década de los cincuenta sólo consiguen provocar un ritmo inconsistente durante el metraje, pues las situaciones ―genéricas y sin verdadera profundidad temática― no retoman el inicio de la trayectoria, ni los móviles que impulsaron a la escritora a ser la eminencia intelectual y ejemplar que realmente fue.

No obstante, habrá que reconocer que Beristáin posee un sentido cinematográfico de calidad, desde su ópera prima No quiero dormir sola (2012), es posible reconocer en su estilo un ojo peculiar, existen algunos momentos de profunda belleza visual en Los adioses, registros que llenan de nostalgia al ver la Biblioteca Central de Ciudad Universitaria o las librerías de viejo, los close-ups al rostro siempre desolador de Castellanos evoca momentos fácilmente identificables en la vida de toda mujer. Si el motivo de la cinta no hubiese sido la vida de la escritora, pudiera haberse convertido en un interesante estudio sobre el machismo frente al éxito de una mujer brillante. Mientras que el feminismo, sólo se puede considerar un tema recurrente gracias a la constante inserción de voz en off donde se narran escritos donde Castellanos desmenuza la feminidad y la fuerza que requiere sobrevivir como mujer en este y en cualquier país.

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