Bigote
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Bigote

El origen de la palabra bigote es un tanto oscuro.

Si hay algo que la cultura popular sabe hacer a la perfección es mostrar y divulgar los arquetipos y estereotipos que la sociedad debe seguir. En el caso particular del vello facial masculino, los ejemplos se dan desde antaño: los dioses griegos se erguían hirsutos para conquistar señoritas; en los regimientos franceses, todos los soldados debían llevar el bigote perfectamente trazado y delineado; en México, los mariachis, rancheros, galanes de todo tipo y caballeros indiscutibles como Pedro Infante, Jorge Negrete, Luis Aguilar, Vicente Fernández y hasta el mismísimo Mauricio Garcés ostentan esa común estética facial.

Sin embargo, el origen de la palabra bigote es un tanto oscuro. Por ejemplo, hay quienes proponen que dicha palabra viene de viga, ya que la forma del vello guarda ciertas similitudes con esta estructura. De esto se desprende otra idea: seccionar la palabra en un prefijo, bi, ‘dos’, y un sufijo, gote, ‘gota’». Otros dicen que es un galicismo tomado de la palabra bique —en algunos dialectos bigue—, que quiere decir ‘cabra’, y que, de alguna manera, relacionaba las apariencias de dicho animal con el rostro del «hombre mostachón». Empero, estas y otras hipótesis se desechan por estar poco documentadas o ser inverosímiles.

Foto de Cottonbro en Pexels.

Así pues, todo parece indicar que el origen de esta palabra se halla en la anécdota. Remontémonos a la Guerra de Granada, en el siglo XV, en la que «gentil gente que se llamau a los soyços» llegó a España para servir a los Reyes Católicos en la lucha contra los moros. François Rabelais caracterizó a tales soyços—ahora mejor conocidos como suizos— a partir de su juramento «bei Got» —¿le suena el inglés by God?—, que al español se traduciría como «¡por Dios!», y que acompañaban con el ademán de llevarse la mano al mostacho haciendo la señal de la cruz y besándola. Tanto llamó la atención y asombró esta blasfemia a las tropas españolas que, en consecuencia, terminaron relacionando los rostros y los gestos con las palabras. Así fue como ocurrió la traslación semántica de bigot, que, de ser un saludo, se convirtió en el «pelo que nace sobre el labio superior».

Sea cual fuere el origen de la palabra, hoy en día ésta posee un matiz diferente a la de su prima mostacho. Mientras que con bigote nos viene una idea de pulcritud y cuidado, de un vello acicalado y delineado —cuando no de un vello ralo parecido a la «chocoleche» o «tres bigotes de grosella», como se dice por ahí—, con mostacho es imposible dejar de imaginar una línea de cerdas de grandes proporciones, semejante a la que portaría una morsa con perezoso orgullo; un gran estropajo en el que se adhieren trozos del deguste culinario recién experimentado.


Juan José Nuño ha rebasado el umbral de los cinco años de estudio y ahora se adentra en las fauces de la vida real —y ya usa bigote—. En sus ratos de ocio mantiene relaciones tormentosas con la más querida de sus concubinas: la literatura. De las reconciliaciones de sus encarnadas y banales peleas han nacido algunos accidentes afortunados.

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