«No me entran las carnes…»
De boca en boca

«No me entran las carnes…»

están muy largas y no me caben.

Era una cálida tarde de verano en la redacción de Algarabía. El sol pegaba con fuerza sobre las ventanas que parecían derretirse. El único ruido que acompañaba al sopor era el de rápidos dedos que golpeaban sobre los intonsos teclados de las computadoras. Entonces, en el momento en que callaron por un segundo los sonidos de oficina, se escuchó la voz alelada y sosa del diseñador que exclamó:

—Oigan… córtenle al artículo de «el Kobe», porque no me entran las carnes.

Después de un segundo de estupor, la redacción arrancó en tal estruendo de carcajadas que más de uno estuvo a punto de morir ahogado. Sin embargo, al diseñador no le pareció gracioso su «autoalbur involuntario», y volvió a reclamar con un tono aún más pasmoso y zonzo:

—No sean tontos: están muy largas y no me caben.

Entonces Jorge F. Camacho —conocido en esta redacción como «el Kobe», por su semejanza con los bueyes de Japón que son cuidados como príncipes—, autor del texto sobre los cortes de carne, respondió con su peculiar acento norteño:

—Mire, compa, usté agárrese los tobillos y tosa… ¡verá cómo le cabe medio Dios!

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