El taxi en la habana
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El taxi en la Habana

Siempre quise ir a Cuba. El «Che» Guevara es una de mis obsesiones y mi lema era «quiero ir antes de que me pongan un McDonalds en la Plaza

Siempre quise ir a Cuba. El «Che» Guevara es una de mis obsesiones y mi lema era «quiero ir antes de que me pongan un McDonalds en la Plaza de la Revolución».

Finalmente logré hacer mi primer viaje a la Isla, donde tuve la suerte de convivir con una familia de cubanos. Para ser exactos, con la familia de Mijail, un exnovio isleño muy buena onda.

La Cuba que se puede conocer cuando se tienen amigos oriundos del lugar es mucho más divertida, sin duda alguna; comprar en garrafa un ron llamado «chipetren» sería imposible si no lo haces con ellos. Por otra parte, también se ven muy de cerca las carencias y restricciones a las que han estado sujetos los isleños desde el bloqueo comercial.

Miguelito, el hermano de Mijail, estudió para telegrafista, una profesión sin mucho futuro, así que decidió poner a trabajar su Ford de los años 50 como taxi clandestino; un negocio harto socorrido entre los cubanos.

Un buen día quise ir a la paradisíaca Playa de Santa María, así que Miguelito quedó en pasar por mí a mi hotel para irnos desde ahí todos juntos. Una vez subida en el coche-taxi le dije:

—Miguelito, pasa por una gasolinera para que carguemos antes del viaje.

Ya que estábamos en la estación le pregunté cuántos litros le poníamos; él respondió que los que yo quisiera, así que para no quedarme corta le pregunté:—¿Con cuánto lo llenas?

Y él, inocentemente, me respondió con su acento habanero:

—¡Ah, no sé, nunca lo he llenado!

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