El pequeño corrector
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El pequeño corrector

Una casablioteca, debería ser un invento que todos tengamos en casa.

Después de 20 años, mi mamá me regaló a mi hermanito G; es decir, yo le llevo 21. Desde que lo vi por primera vez me enamoré de él, lo cuidé y jugué, a pesar de que le había advertido a mi madre que en mí no tendría una niñera. Para cuando nació G, yo me había ocupado en fundar su hoy desbordada casablioteca con algunos ejemplares infantiles.

Además, lo animé a dibujar hasta que pintó la puerta de su recámara y la tuve que limpiar para aliviar el disgusto de mi madre, no sin antes tomarle una foto ahí paradito junto a su obra maestra. Fui más allá todavía: en Navidad y Reyes Magos le traía regalos, y de esos buenos, grandotes, espectaculares que se colocan al pie del arbolito.

Cuando G tenía como 4 o 5 años se había fascinado con un libro de barcos que mi tío D tenía en su recámara. Mi hermanito todavía no sabía leer, pero mi tío, cariñoso como fue siempre y generoso con quien demostraba interés por saber, le había explicado lo que veía y él se aprendió todo de memoria; entonces el siguiente enero, en esa única mañana en que los niños no necesitan que nadie los saque de la cama, puse junto a su zapato un barco de juguete; ni más ni menos que el barco pirata de Playmobil. Cuando lo armamos, erguimos los mástiles y subimos las velas, le conté no sé qué cuento utilizando a los muñequitos como protagonistas y al barco como escenario; por momentos ambos parecíamos tener la misma edad.

Foto tomada por Abby Chung para Pexels.

Horas más tarde, durante la merienda de la rosca de reyes, G jugaba a no más de un metro de mí y mi prima E, a quien le contaba que los muñequitos tenían sus alfanjes, uno de ellos, un garfio, otro, su pata de palo y, uno más, su parche en el ojo. Le expliqué que el barco estaba aún más impresionante porque no le faltaba detalle:

— Tiene los tres mástiles y la canastita que va en el más alto para ver a lo lejos, un timoncito que da vueltas y las velas se amarran a los palos horizontales excepto una, la que se sujeta al pico ese que los barcos tienen al frente…

Fui interrumpida abruptamente por la vocecita severa y refunfuñona de G, que me corrigió frunciendo la nariz, claramente molesto por mi ignorancia del lenguaje marítimo:

—¡Bauprés!

Nos miramos mi prima y yo un tanto contrariadas, y al unísono dijimos:

—¡Niño mamón!

G, que parecía tener respuesta para todo, esta vez se quedó callado.

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