El pantalón de domingo
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El pantalón de domingo

La rotura de aquel pantalón estaba llamada a ser una más de las que por cientos se daban a diario en las escuelas.

Ser niño hacia mediados de los 60 del siglo anterior y asistir a una escuela que no era mixta, implicaba asumir códigos no escritos pero implícitos en las conductas que uno debía observar frente a todo mortal, bajo riesgo de ser nombrado con ignominiosos adjetivos como coyón, metiche, rajón, chismoso, chilletas, lambiscón, barbero, mariquita, joto, miedoso.

Lo anterior quedaba apuntalado cuando se tenía un padre que, bajo la frase «Primero muerto que tener un hijo acusica», había sido categórico sobre algunas conductas inaceptables. El primer recuerdo que tengo de cómo las admoniciones paternas sobre el decoro podían ser aplicadas, es el de cuando mi hermano Toño tuvo un incidente con un compañero de aula a quien le rompió el pantalón, producto de su férrea manera de defender el área en una cancha de futbol.

La rotura de aquel pantalón estaba llamada a ser una más de las que por cientos se daban a diario en las escuelas, pero entrada la tarde y mientras hacíamos la tarea, sonó el teléfono y, al contestar, mi madre se enteró de que la llamada era para ella y que la buscaba la mamá de Rojo, el chico del pantalón roto que así se apellidaba.

Lo que mi madre —Josefina— respondía al teléfono eran cosas como: «No, mi hijo no me dijo nada; hombre, pues son accidentes de niños; seguramente no lo hizo a propósito; bueno, y si lo que traía puesto era su pantalón de domingo, pues para qué lo mandan así a la escuela; no, no se preocupe, mañana mando a mi hijo con el dinero; sí, buenas tardes».

En paralelo a esta charla, Toño me veía y sotto voce expresaba: «Ése fue el maricón de Rojo que ya fue de chismoso». Colgando el teléfono, mi madre miró a Toño para interrogarlo sobre el asunto, mismo que Toño confirmó, aclarando que había sido un típico accidente futbolero. Mi madre, indignada, nos decía que a ella jamás se le ocurriría importunar a la mamá de algún compañero para exigirle la paga de un pantalón ni de nada que nos hubieran roto jugando y que, antes de eso, y tan terminal como mi padre, «primero muerta».

Al día siguiente Toño se presentó ante Rojo y, entregándole el dinero exigido, le atizó un soplamocos acompañado por la frase: «Por maricón». De Rojo jamás supe ya mayor cosa. De Toño, sé que sigue aborreciendo a los acusicas y que aquel pantalón dominguero fue tan sólo el primero de una larga lista, porque Toño sigue defendiendo el área con un ahínco del que sólo pueden resultar pantalones rotos, de los que ya no podrá haber reclamo alguno porque hace ya muchos años que Josefina partió hacia un lugar en donde, quiero pensar, no está localizable al teléfono y en donde el haber sido acusica debe ser impedimento para entrar.


Javier Nuño Morales añora las épocas en que la autoridad moral de los padres y de los mayores existía, incuestionable, y era suficiente argumento para formar —muy lejos de correcciones políticas y de eufemismos—a generaciones que no resultaban traumadas ni por un regaño ni por un aleccionador tortazo bien puesto en el momento y en el lugar correctos.

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