El cóndor pasa… por el segundo piso
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El cóndor pasa… por el segundo piso

En el episodio que ahora voy a relatar, se vio involucrado un amigo, apodo del «Cóndor Andino», transitaba un domingo por el segundo piso

En el episodio que ahora voy a relatar, se vio involucrado un amigo, que haciendo honor a su apodo del «Cóndor Andino», transitaba un domingo por el segundo piso del Periférico. Mi amigo se movía en una camioneta dentro de los límites de velocidad cuando alcanzó y, luego, rebasó al convoy de algún funcionario público relevante.

por Lucas Pezeta para Pexels.

A la caravana de autos la escoltaban dos patrullas que de inmediato encendieron sus sirenas. El ave de este relato no es ningún delincuente, así que, obediente, se dispuso a «orillarse a la orilla», tal y como se lo ordenaba una de las patrullas. Pero el segundo piso del Periférico es una vía rápida elevada, no fue planeada con acotamiento para que los coches se paren. Al ver que el perseguido no obedecía, el conductor de la patrulla se le emparejó y, luego de instarlo a bajar el vidrio, le recordó que le había ordenado que se detuviera.

—¡Pero es que no hay dónde pararse, oficial! —reclamó el Cóndor.

—No le hace, joven, oríllese lo más que pueda a su derecha, de favor.El Cóndor Andino se orilló y detuvo el coche tratando de estorbar lo menos posible, en un infructuoso esfuerzo por cuestiones insuperables de espacio disponible.

—Buenos días, joven

—se acercó el oficial de la ley diciendo con repentina amabilidad—. ¿Me permite su tarjeta de circulación y su licencia?

—Cómo no, oficial

—dijo el Ave mientras buscaba los papeles—. Aquí tiene.

—¿Sabe por qué lo detuve, mi joven?

—No tengo idea, oficial. ¿Me lo podría decir, por favor?

—Usted viene transitando a exceso de velocidad, joven.

—¿A 60 kilómetros por hora?

—¡Voy-voy, joven! ¡Si venía bastante más aprisa!

—Mire, oficial: usted y su contingente son muy visibles desde metros atrás. No hay muchos otros coches circulando a estas horas. Francamente, reduje la velocidad desde mucho antes justo para evitarme el riesgo de que me detuviera. Usted disculpará, oficial, pero lo que es rápido, yo no venía.

El policía, buscando apoyo, volteó a ver a su compañero, cuyo rostro regordete ya se veía también a través de la ventana de la camioneta. Era evidente que ambos sabían que el Cóndor tenía razón.

—Pues bueno, joven. Ahora sí que pue’ que lo que es rápido, rápido, no haya venido pero… ¿está vigente su licencia?

—Usted chéquela, oficial.

—Mmm —murmuró defraudado el servidor público al comprobar que la licencia no tenía ningún problema—. ¿A ver otra vez el tarjetón? —dijo dirigiéndose a su compañero. Luego, pareció ocurrírsele algo de pronto:

—¿Sabe qué joven? Tenemos que checar si el coche no es robado. No se me ofenda, pero usted sabe que estos vehículos son muy cotizados.

—-¿Tardará mucho? Tengo un poco de prisa.

—No se me impaciente, mi joven. ¡Pareja! —gritó al policía del rostro regordete—, pídales un 23-5 al 627 con 42, sobre una 32.

Pasaron algunos minutos. Luego, a través del radio que sostenía el de rostro rubicundo, llegó la respuesta en clave. La camioneta, por supuesto, no era robada.

—Ah, qué mi joven, ¿qué haremos con usted?

—¡Pues dejarme ir, oficial! ¿No ve que todo está bien?

—respondió ya irritado el pobre ciudadano.

—Pero, ¿cómo lo vamos a dejar ir? —interrumpió el otro policía—, ¿no sabe usted a cuántos salarios mínimos equivale la sanción por estacionarse en una vía rápida?

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