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Dos poderosas razones

¿Por qué a los hombres les fascinan los senos? Es la pregunta del millón, esa que a lo largo de la historia han intentado contestar miles

La fascinación parece ser una obsesión. No es casual que en muchos idiomas los senos reciban diversas denominaciones; en México solemos usar desde los términos
 más científicos hasta los más coloquiales, así como otros
 de origen prehispánico, los eufemismos, y todos aquellos adjetivos que hacen alusión a tamaños y medidas: mamas, tetas, chichis, pechos, nenas o niñas, gemelas o hermanitas, domingas, pechugas, lolas, bubis o bubs, melones, limones, balones, chuchús y un largo etcétera.

Para responder a esta pregunta trascendental, las teorías abundan, y van de lo más abstracto a lo meramente vulgar. Por lo pronto —y a la espera de una verdad absoluta—, presentamos desde el punto de vista científico las hipótesis más aceptadas hasta el momento.

Cuestión de evolución

«¡Mírame a los ojos!» es la demanda
 de las mujeres cuando la vista de los hombres se desvía hacia su escote. Al parecer, este comportamiento tiene
 sus raíces en la evolución de la especie humana.

En el aspecto biológico, la obsesión por los senos es inusual: de entre los mamíferos, los hombres son los únicos con una fijación sexual por mirar, acariciar, besar y chupar los pechos femeninos, mientras que las mujeres son las únicas hembras cuyos senos crecen en la pubertad y se quedan así por el resto de su vida.

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Esto podría deberse a que unos pechos bien desarrollados indican que una mujer es saludable y apta para la reproducción, e incluso para la supervivencia. Según la opinión del antropólogo Marvin Harris1 Marvin Harris, Nuestra especie; México: Alianza Editorial, 1991., nuestros antepasados homínidos tuvieron que enfrentarse en muchas ocasiones a climas extremos y situaciones adversas. En estas circunstancias, las mujeres que contaban con una mayor reserva de grasa en sus pechos parecían más sanas, resistentes, capaces de asegurar
la descendencia y, por tanto, más atractivas sexualmente para los varones.

«La razón de que el busto rebosante adquiriera la facultad de excitar a los machos humanos se debe a que existe una relación entre éste y el éxito reproductor» Marvin Harris

Por otro lado, el humano tiene otra característica que lo distingue de los demás mamíferos: suele tener relaciones sexuales frente a frente, a diferencia de otras especies, en las que el macho se coloca detrás de la hembra. De ahí que, mientras que en algunas familias de monos la hembra desarrolla traseros atractivos, una mujer con busto generoso provoca una mayor excitación en su compañero sexual quien, a su vez, tiene el ancestral interés en transmitir sus genes.2 Esta teoría la desarrolla Desmond Morris en El mono desnudo.

La cultura se impone

Sin embargo, no en todas las culturas predomina esta obsesión. Por ejemplo, en algunas tribus de África y Oceanía, donde las mujeres andan con los pechos al descubierto, éstos no despiertan la libido masculina. Esto es un indicativo de que la atracción por los senos puede ser también cultural.

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Marvin Harris considera probable que la práctica de cubrir los pechos a la vista pública los convierta en un fetiche erótico, por lo que su atractivo natural, velado por el misterio, se multiplica. Y no sólo eso, la excitación en los varones aumenta aún más cuando esa parte del cuerpo femenino por fin se descubre y se exhibe ante ellos.

Asimismo, la atracción por determinado tamaño del busto puede ser una moda en la que influye el ambiente cultural y los factores históricos.

Por ejemplo, en los años 20 del siglo pasado, la tendencia era que la ropa femenina ocultara los senos hasta el punto de que quedaran planos, y esto no impidió que los hombres se sintieran atraídos por ellos tanto como
en la década de 1950, cuando la moda dictó que los pechos fueran exuberantes y se mostraran con pronunciados escotes

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La química cerebral entra en acción

Por su parte, el neurocientífico Larry J. Young rechaza las teorías anteriores y se inclina por una de tipo neurológico que tiene que ver con el lazo establecido entre una madre y su hijo durante la lactancia.
Cuando una mujer da a luz su hijo toca, acaricia y se alimenta de sus pechos. Esta estimulación envía señales al sistema nervioso y el cerebro de la madre, las cuales liberan un neuroquímico llamado oxitocina3 Una hormona conocida como «la molécula del amor», por los efectos placenteros y estimulantes que produce en el organismo., que relaja sus músculos para que expulse la leche con más facilidad.

Al parecer, el tamaño de los pechos femeninos se ha incrementado desde hace varias décadas, y no precisamente por cuestiones evolutivas

La atención de la madre se centra en el bebé cuando lo está amamantando. Entonces, la oxitocina actúa en conjunción
 con la dopamina —otro neurotransmisor—, y ello hace que el rostro del pequeño, su contacto, su aroma y toda la experiencia de alimentarlo se vuelva agradable, lo cual estrecha el vínculo entre ambos.

Así, cuando un hombre besa o masajea los pechos de una mujer durante una relación sexual, el cerebro registra la misma serie de reacciones que al amamantar: ella orienta su atención a la cara, la voz y el olor de su compañero.

Lean este artículo completo y terminen por conocer las razones que nos llevan a responder la pregunta original en Algarabía 113.

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