El abc del abstracto – Algarabía
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El abc del abstracto

A usted, ¿le gusta el arte abstracto? ¿Lo entiende? ¿Siente algo cuando lo contempla? O, por lo menos, ¿sabe a qué demonios se refiere

Cualesquiera que hayan sido sus respuestas, si sus ojos siguen en esta página es porque el tema, de algún modo, le interesa. Lo invito entonces a reflexionar sobre lo dicho por la maestra Anna Moszynska, a quien cito para dar inicio a este artículo: «El arte abstracto perturba a muchos debido a que aparenta estar totalmente desligado del mundo de las apariencias […]

A diferencia de los retratos o los paisajes que, se cree, representan al “mundo real”, la pintura abstracta parece referirse sólo a lo invisible, a los estados internos o a sí misma. Esto desafía al espectador y plantea desconcertantes preguntas: ¿de qué se trata esta clase de arte?; ¿es arte o mera decoración?; ¿qué trata de decir y cómo debe uno reaccionar ante él?; ¿qué criterios se usan para evaluarlo?; ¿por qué los artistas del siglo xx decidieron darle la espalda al mundo comúnmente percibido que, después de todo, le había funcionado perfectamente al arte durante siglos?».1 Anna Moszynska, Abstract Art, Londres: Thames & Hudson, 1990.

¿Qué es eso de abstracción?

Para tratar de contestar todas estas preguntas, aclaremos primero los conceptos básicos. El drae define abstracción como «la acción y efecto de abstraer», o sea, «separar por medio de una operación intelectual las cualidades de un objeto para considerarlas aisladamente o para considerar el mismo objeto en su pura esencia o noción». En palabras más burdas —y para el propósito que nos ocupa—, abstracción es un proceso de reducción o simplificación de un concepto, fenómeno o forma hasta su expresión mínima esencial. En el lenguaje del arte, una abstracción es una forma u objeto «destilado» del mundo real y reducido a una expresión gráfica muy sencilla. Un ejemplo mundano de abstracción son las señales distintivas de hombre y mujer que se colocan en las puertas de los sanitarios públicos, construidas mediante formas geométricas básicas.

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La abstracción siempre ha estado presente en todas las artes plásticas, ya que el mero hecho de representar un objeto real a través de la aplicación de pigmentos sobre un sustrato —o sea, pintar o grabar— o de la manipulación de ciertos minerales —o sea, esculpir— es, en sí, un proceso de abstracción. Sin embargo, la diferencia entre el arte abstracto y el que no lo es —que llamamos «arte figurativo»— estriba en el «nivel de abstracción» que existe en la representación pictórica; esto es, el grado en que la representación imita o intenta reproducir al sujeto percibido.

Entendámoslo así: la abstracción en un retrato de Jacques Louis David (1748-1825) o en un grabado de Albrecht Dürer (1471-1528) es muy baja, ya que los sujetos representados son fácilmente reconocibles y el autor imita con bastante fidelidad los detalles de la apariencia del retratado; un bodegón de Cézanne (1839-1906) o un paisaje de Seurat (1859-1891), en cambio, se desligan de la imitación fiel de los objetos percibidos y usan una abstracción moderada para representar la misma realidad que David o Dürer, aunque los sujetos todavía son identificables.

Por su parte, en la obra cubista de Pablo Picasso (1881-1973) o Georges Braque (1882-1963), la abstracción es alta, ya que, aunque sigue representando la realidad, evita la imitación del objeto y lo simplifica e interpreta a tal grado que la forma original es apenas distinguible. Finalmente, en el arte abstracto «puro» de Klee (1879-1940), Mondrian (1872-1944) o Kandinsky (1866-1944) no existe intención de imitar, simbolizar o representar ningún sujeto del exterior, así que sus motivaciones —o sea, lo que los artistas desean declarar— van más allá de la narrativa y la anécdota, y apelan más a la percepción intuitiva de su espectador. La triste realidad es que el transistor de la intuición es justamente el que a muchos se les ha fundido.

Abstractos así nomás, porque sí

Hagamos un poco de historia, que siempre ayuda, ya que el tránsito hacia el arte abstracto2 Vale la pena señalar que la abstracción no fue un invento de los artistas occidentales, ya que el «arte menor» del Medio Oriente, África y Oceanía siempre había tenido acusados rasgos abstraccionistas, los cuales se usaban frecuentemente como elementos decorativos y simbólicos. no se dio de manera aislada, sino que respondió a un marco social, intelectual y de desarrollo tecnológico.

A finales del siglo xix, el mundo occidental era impulsado por la proliferación de las máquinas, la producción de objetos en serie, el desarrollo de los vehículos automotores y los avances en las ciencias aplicadas que modificaban radicalmente los planteamientos de la vida cotidiana.

Por otro lado, Albert Einstein y su teoría de la relatividad (1905) habían echado por tierra la creencia de que el mundo físico y el transcurso del tiempo eran absolutos e inmutables, al demostrar que eran relativos y que dependían del «punto de vista» del observador.3 v. Algarabía 26, especial de verano, junio 2006, Semblanzas: «Einstein y la relatividad»; pp. 38-41. En el campo de la óptica, el descubrimiento de los rayos x probó la existencia de diversas percepciones de la realidad, mientras que el advenimiento de la fotografía —que es capaz de ofrecer una «copia perfecta» de lo observado— permitió a los artistas cuestionar la necesidad de crear una reproducción convincente de lo real.

Los artistas, inspirados por el espíritu vanguardista que proliferaba, empezaron a buscar nuevas formas de responder al mundo que los rodeaba. Así, el asombro que causaban la energía y la velocidad del arranque del siglo se transformó en pinturas cinéticas y futuristas que trataron de corresponder a la nueva estética generada por la marcha desenfrenada de las máquinas; la idea de la relatividad en función del punto de vista del observador inspiró a los cubistas a representar objetos desde una multitud de perspectivas para otorgarles un contexto más amplio; el empleo de la fotografía para perpetuar y reproducir la realidad liberó a los artistas de la necesidad de atender la apariencia externa y permitió que se abocaran a la representación de realidades internas o de un orden más subjetivo y emocional; finalmente, los estudios en materia de física, psicología y percepción del color dieron elementos para dotar a las composiciones cromáticas de un valor intrínseco y no condicionado a la recreación exacta de la naturaleza. O sea que, como acotó Fernand Léger, si la expresión pictórica cambió, fue porque la vida moderna lo hizo necesario.

¡Vivan las diferencias!

Queda claro, entonces, que las narizotas fuera de su lugar, el frío geometrismo, los rayones salvajes y las grandes plastas de pintura que aún nos intrigan tienen una razón de ser. Pero si, aún después de haber leído las líneas anteriores, sigue sintiéndose extraviado, quizá sea de utilidad enumerar puntualmente algunas de las diferencias que, según diversos estudiosos del tema, existen entre el arte figurativo y el arte abstracto:

  • El arte figurativo pretende reproducir, con mayor o menor fidelidad, la realidad. En tanto, el abstracto realiza una interpretación subjetiva de la misma.
  • Los figurativos consideran la utilización de los materiales como un medio para hacer una declaración artística referida a la realidad —es decir, aplican rasgos de pintura verde para, por ejemplo, recrear un árbol—. Para los abstractos, la generación del objeto pictórico es ya una declaración artística que no necesita referirse a la realidad externa.
  • El arte figurativo apela al placer en la contemplación de elementos familiares para el espectador. El abstracto busca evocar realidades internas de manera indirecta, a través de la expresividad de rasgos pictóricos puros.

Si quieres conocer más diferencias entre el arte figurativo y el arte abstracto, consulta Algarabía 34.

Francisco Masse es diseñador gráfico, por lo que para él la abstracción es cosa de todos los días. Aún así, confiesa que la obra de Picasso no lo entusiasma mucho y que, en cambio, transpira con los cuadros de Pollock. Sin embargo, confiesa que lo que realmente le quita el sueño es el desdibujo de Francis Bacon, aunque algunos lo califiquen de feo… A Bacon, no a él.

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