Conchudo
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Conchudo

Palabras del arcón de la abuelita.

Algunas de las palabras más sabrosas, de ésas que nos llenan la boca, aquellas que nos recuerdan la infancia o la adolescencia, suelen, hoy en día, ser objeto de menosprecio o burla porque ahora nos suenan chistosas, cacofónicas, rimbombantes o —al contar con esa solemnidad y severidad que alguna vez les otorgamos—, nos resultan honestamente viejas.

Y es que para nosotros, esas conversaciones «entre adultos» que de niños sólo podíamos escuchar, sin la pretensión de participar en ellas, tenían mucho de enigmático y expresivo. En ellas podíamos oír, por ejemplo: «¡Qué conchuda, doña Mary! No se dignó quitar su coche de la entrada y tuve que meter las bolsas cargando desde la banqueta, pasando por el estacionamiento, hasta el departamento».

En ese contexto, y según una de las definiciones del DRAE, conchudo es un adjetivo coloquial que designa a alguien indolente, que no se afecta o conmueve.

Es muy probable que el origen de la palabra conchudo, según este uso, sea concha. Es factible pensar que cuando a alguien se le dice así, se alude al hecho de que la persona de quien se habla, al hacer algo indebido y censurable, mantiene una cara imperturbable, sin enrojecimiento y sin ninguna alteración visible. Se aísla, «hace concha» o se enconcha —palabra castiza— para hacerse invulnerable, indiferente a lo que puedan opinar los demás.

Sin embargo, en el uso del día a día, los adultos —y en especial, las madres— dotaban a esta palabra de más de un significado. Conchudo también podía significar «sinvergüenza, caradura» —sobre todo cuando se dirigían al hijo desobligado que se había ido de parranda en lugar de hacer lo que le correspondía en casa—, acepciones que también aparecen en el DRAE.

«Ese Alberto resultó un conchudo, me pagó una miseria por el trabajo y lo presentó como suyo».

Si en México las generaciones de hoy han sustituido la palabra conchudo por apático o, más francamente, güevón —que en otros países significa algo muy distinto—, esto bien nos puede demostrar que, en el fondo, este vocablo siempre ocultó su significado más artero —la temible quinta definición del DRAE—, y que nos tendió la trampa que en su misma esencia yace cautelosa, sagaz.

Palabra tan hábil que uno pensaría que «no rompe un plato», además porque, pensamos, le parece inútil hacerlo —no le interesa, pues—, pero, al final, se agazapa para que las demás hablen por ella, actúen por ella, arriesguen el pescuezo por ella, respiren por ella, aparezcan ante los demás, escondiendo cada vez el rostro del peligro. ¡Qué palabra, este lobo con piel de oveja! Palabra-subsuelo. Palabra-adrenalina. ¡Qué palabra tan conchuda… ¿O no?

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