Porque lo digo yo… ¡que soy tu madre!
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Porque lo digo yo… ¡que soy tu madre!

Las mamás educan, corrigen, alientan, advierten y concientizan; también se desesperan, estallan y tienen arranques.

«Mi hijo Moshe es el mejor de todos, paga 3 mil pesos cada semana a un doctor para que lo escuche por una hora y, ¿de quién habla?
¡De mí, de su madre!»
decir de una buena madre.

En otro artículo mío hablé sobre mis años de infancia y sobre cómo han cambiado las cosas desde que éramos niños, y aunque lo cierto es que la forma en que las mamás de hoy educan a sus hijos es distinta a la de aquellos días, también es cierto que las mamás «de todos los tiempos» conservan comunes denominadores.

Y es que, a pesar de que pudieran parecer arcaicos, muchos de esos «métodos educativos» —enojos, gritos, sombrerazos, chantajes y, en fin, todo el arsenal de frases y armas, letales o no, que usaron con nosotros nuestras mamás— funcionaron o, lo que es peor, siguen funcionando, porque yo a mis hijos me los traigo bien giritos con el «uno… dos… tres».

Las mamás educan, corrigen, alientan, advierten y concientizan; también se desesperan, estallan, tienen arranques y, sobre todo, chantajean y amenazan. Las ocasiones son varias y diversas, pero sus cantaletas siempre son las mismas. He aquí algunas de ellas:

Para los mal portados
A los incorregibles se les amenaza con: «te voy a enderezar de un solo guantazo» o «mejor reza para que esta mancha salga de la alfombra» o «te voy a dar para que llores por algo» o «vas a dormir calientito». Y cuando la mamá empieza a dar nalgadas a uno y el hermano se burla, exclama contundente: «orita voy contigo», y el remate es algo como: «para que veas
lo que te pasa cuando te portas así» o bien: «date de santos que estoy cansada; si no, ¡te hubiera ido peor!».

Retobar
Contestarle a la madre puede ser demoledor: «no me contestes», «no me retobes», «no me rezongues» o, en forma de oxímoron: «¡cállate y contéstame!». Y ante tus rezongos, te dice: «si me vuelves a contestar, te voy a poner a hacer buches de lengua y diente» o «te voy a voltear la cara de un
manazo» o, peor aún: «vas a ir a recoger los dientes a casa de doña María» —que vivía enfrente—. Y si osabas levantarle la mano, la respuesta era implacable: «se te va a secar».

Accidentes y pleitos
Cuando, por andar de inquieto, uno termina con un golpe o sangrando, la respuesta no es precisamente consoladora: «eso te pasa por…» o «hasta que se queden ciegos, mancos o tuertos van a entender». Ante los pleitos a golpes, mamá nos reprende con un «déjense de pelear, que son hermanos», o con frases hechas: «juegos de manos son de villanos». Pero si los golpes siguen, entonces revira con una retahíla de insultos del tipo de «¡ordinarios!, ¡pelados!, ¡majaderos!, ¡crápulas!, ¡canijos!» y hasta «¡fariseos!». Y las lágrimas del vencido son enjugadas con un tajante: «¡ahora te aguantas!».

Foto: sp.depositphotos.com

Nadie hace nada
Normalmente los hijos no cooperamos con las labores de la casa ni recogemos lo que tiramos, por lo que a todos nos han tocado reproches como: «¡labregones!, ¡bolsones!, ¡talegones!»; si es muy mexicana: «alza tu tiradero», o, si no lo es tanto: «tu muladar» o «tu zahurda». Y luego puede quejarse mientras levanta el tiradero con lamentos como: «aquí nadie hace nada», «todo mamá, todo mamá», «parezco su criada» o «pero ya verás: en tu época no va a haber quien te ayude». También puede soltar indirectas del tipo: «a ver, tú que no estás haciendo nada…» o «tú, m’ijito, que estás más cerca, ayúdame». Y cuando ve que el desorden del cuarto del hijo no tiene remedio, exclama resignada: «dejarían de ser hombres» o «mejor cierra el cuarto para que no se vea tu chiquero».

Frente a las visitas
Para fomentar las habilidades sociales de los niños, mamá recurre a los consabidos: «saluda, m’ijito…», «¿cómo se dice?», «pórtate bien», «te comes todo lo que te den», «di gracias» o «sí, ¿qué…?», mientras que para disimular las metidas de pata del pipiolo, nada como un: «¡niño!, ¿dónde
has visto eso?», «m’ijito, mejor cállate», o indirectas como: «no, si de veras no entendemos» —que es otra forma de decir: «te lo digo Juan, entiéndelo tú, Pedro»—. Pero, ya en corto, el pellizco furtivo viene con un «tú y tu bocota» o, si ya está a punto, con amenazas: «síguele y verás» o «lúcete».

Las cosas perdidas
Madres e hijos siempre andamos buscando cosas perdidas, ya sea porque los hijos las perdieron —«nomás das vueltas y no buscas», o «sólo buscan por encimita», o «…con los ojos»— o porque la memoria de la madre es deficiente —«pásame eso que está en mi cuarto que está encima de la cosa ésa»—. La sentencia final es clara: «no, si nunca encuentran nada».

En la mesa
Aquí ya hemos hablado de la hora de la comida, que es un tema insoslayable en este artículo, con frases como: «¡no te levantas hasta que te lo acabes!», «¡te lo comes o te lo pongo de sombrero!» —una tía literalmente lo hacía—, «usa los cubiertos, comes como animalito» o «como peladito de la calle». No faltan amenazas: «te lo vas a comer; escoge: ¿con nalgada o sin nalgada?», chantajes: «hay niños pobres que no tienen qué comer», o frases hechas: «comes como pelón de hospicio» o «el que come y canta loco se levanta».

Chantaje
El chantaje es inevitable en la relación maternofilial: «me van a matar de un coraje», «mira cómo me pongo por tu culpa», «con ustedes no se puede», o variantes peores: «claro, como estoy pintada», «como yo no cuento», «nadie me hace caso» o algunas más radicales: «ya se acordarán de mí», «me vas a extrañar», o el lapidario «guárdate esas lágrimas para cuando yo me muera».

Malas palabras
Una madre cuida que el niño hable bien y, para enmendarlo, la señora es correctiva: «si vuelves a decir eso, te suelto una bofetada», aséptica: «te voy a lavar la boca con jabón —o con lejía—», detectivesca: «¿dónde has oído eso?», o, de plano, autoritaria: «para gritar, ¡grito yo!».

Foto: Liza Summer


Pasivoagresiva
Cuando te ven vestido o arreglado para salir, las mamás recurren a la agresividad velada, a la ironía y al sarcasmo para expresar su opinión: «¿me estás pidiendo permiso o me estás avisando?», «¿a poco vas a salir así?», «¿qué son esas visiones?» o, peor aún, «¿ves cómo así sí te ves bien?», o «hasta que por fin te arreglas». Al final, ante la reacción del chamaco, exclama: «no, si no se les puede decir nada…» o «ya me pedirás algo…».

Saliéndose del huacal
Los hijos crecen, se hacen adolescentes y, ante las salidas, la mamá arremete con la artillería más pesada de su repertorio: «¿a quién le pediste permiso?», «¿qué horas son éstas de llegar?», «¿que no se cansan nunca?», «andan de la Ceca a la Meca» o «andan como pulgas en pretina». Cuando llegas a deshoras: «¿dónde andabas?», «aquí no es hotel», «me tienen con el Jesús en la boca, bajé a toda la corte celestial», «qué, ¿te mandas solo?», o,
si uno es más osado: «cuando regreses, vas a encontrar tus cositas allá afuera». Y ante la rebeldía, la respuesta es: «cuando te pagues tus cosas, podrás hacer lo que quieras» o «mientras vivas en esta casa…».

También cuando pones la música a todo volumen hay réplicas: «¿estás sordo o qué?», o con audífonos: «ustedes de grandes van a oír menos que yo», u «ojalá que como te aprendes las canciones te aprendieras las lecciones». Y cuando le preguntas quién llamó: «yo no soy tu recadera», y si le pides que le diga algo a alguien que te llama: «yo no digo mentiras» o «díselo tú».

Dinero
Las frases del dinero son proverbiales y consabidas: «claro, como a ustedes no les cuesta», «me mato trabajando y ustedes desperdiciando», «no compro nada», «ves burro y se te ofrece viaje», «¿crees que soy banco?», «¿creen que barro el dinero?», «¿crees que el dinero sale de los árboles?» o «de la manga».

Amenazas, advertencias o «así es y punto»
O lo que es lo mismo: «hay de dos sopas: la de fideos y la de jodeos; y la de fideos ya se acabó». Y es por eso que la mamá dice cosas como: «si te caes, mejor te matas, porque yo no voy a estar jalando un carrito con una niña tullida», o «el que se quedó, se quedó», o «es la última vez que los saco»,
«si se van a matar, háganlo fuera que acabo de limpiar». O simplemente cuenta: «te doy tres… ¡uno!, ¡dos!…» O, ya más en cancha: «le voy a decir a tu papá», o «ésta es la mamá que te tocó y ni modo», o la máxima muestra de amor maternal: «yo te traje a este mundo… ¡y te puedo sacar de él!».

Cuando la paciencia se acaba
Ya desesperada, la mamá exclama: «¡de veras contigo!», o «con ustedes no se puede», o «tú no entiendes, ¿verdad?», o «no tienes llenadera», o «siempre es lo mismo contigo». O estalla con cosas como: «¿en qué idioma te lo tengo que decir?», «¿hablo en chino?», «les entra por un oído y les sale
por el otro». O, si ya de plano no puede, se tira a la yugular con cosas como: «¡eres igualito a tu padre!» o «tu hija va a ser peor que tú».

Agradeciendo
«¡Qué razón tenía mi mamá!», decimos muchas veces, y ella lo sabe; por eso afirma: «¿quién más que yo, que soy tu madre y te quiero tanto, va a saber qué es bueno para ti?», o «algún día me lo agradecerás», o «es por tu bien».

Así, las madres serán siempre las madres y sus frases persistirán hasta el fin de la historia. Por eso lo mejor es obedecerlas y ni tratar de quejarse —o reconciliarse— con ellas, porque, cuando tratas de hacerlo, te dicen: «mira, ya tus quejas cuéntanselas a tu psicoanalista», y dicho en sus propias palabras: «¡porque soy tu madre! Y, aunque tengas 80 años, seguiré siendo tu madre»

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