¿Hubo un dios de la risa?
Algarabía Causas y azares

¿Hubo un dios de la risa?

Según una antigua tradición gnóstica, el cosmos fue creado por una carcajada divina. Eso dice uno de los papiros de Leiden, un documento

El hombre —dice Aristóteles—, es el único de los animales que ríe. En algún punto del siglo VIII a.C., Licurgo, el mítico legislador de Esparta, mandó edificar una escultura de Gelos, el dios de la Risa. Nadie sabe cómo era, se ignora cuál era exactamente su función y cómo se le rendía culto. Aunque se encuentra en la esfera más baja de la jerarquía divina —debe tratarse de un espíritu, un genio o un daimon— esa estatua se ha convertido en una especie de fetiche, un amuleto que irradia un poder misterioso.

Gelos es ‘risa’ en griego, γελως; proviene del verbo γελαω, gelao que es ‘reír’, y según el Diccionario etimológico comparte raíz con sustantivos fulgurantes como brillo y centella. De aquí emanan los términos aún corrientes
de agelasta —‘el que no ríe nunca’— y uno particularmente popular: geloterapia, ‘curación por medio de la risa’.

Arqueología de la risa

Según una antigua tradición gnóstica, el cosmos fue creado por una carcajada divina. Eso dice uno de los papiros de Leiden, un documento griego-egipcio datado alrededor del siglo iii d.C. Se trata de un texto sagrado donde un demiurgo, después de alabar al dios del Sol, aplaude tres veces y luego se ríe siete —«χαχαχαχαχαχαχα»—, acto con el que engendra a los siete dioses «que abarcan el Todo». Ellos son Fos Auge —Luz Brillo—; Hydor —Agua—; Nus o Hermes —Mente—; Genna —Generación—; Moira —Destino—; Cairós —Oportunidad—, y Psique —Alma.

Cuando termina su Génesis, el creador le dice a Psique: «Todas las cosas pondrás en movimiento, todas las cosas se llenarán de alegría cuando Hermes te acompañe», y fue así que «todas las cosas se movieron y se llenaron de aliento divino de manera incontenible». Si para los gnósticos la vida surgía de la risa, ¿era alegre por consecuencia? ¿De qué forma se extingue una religión tan atractiva?

 La historia olvidada

En El nombre de la rosa, durante el último alegato entre Jorge de Burgos y Guillermo de Baskerville sobre la naturaleza humana o demónica de la risa, de Burgos advierte: «Si algún día alguien pudiese decir —y ser escuchado— “me río de la Encarnación…”, no tendríamos armas para detener la blasfemia». Entonces fray Guillermo recurre a la autoridad clásica para rebatirlo: «Licurgo hizo erigir una estatua de la risa», pero el otro parece minimizar su argumento: «Eso lo leíste en el libelo de Cloricio, que trató de absolver a los mimos de la acusación de impiedad y mencionó el caso de un enfermo curado por un médico que lo había ayudado a reír».

No queda rastro de Cloricio y su libelo en las enciclopedias, se le ha omitido de cualquier índice bibliográfico e, incluso, el único resultado que arroja una búsqueda en Internet es el párrafo aludido. Es como si Umberto Eco lo hubiera traspapelado para la posteridad atribuyéndoselo a un autor ficticio, y, siguiendo las enseñanzas de su propio villano, no nos dejara leer documento tan esotérico.

Nadie sabe en qué época vivió Licurgo, si acaso lo hizo. Historiadores antiguos lo situaban cercano al siglo ix a.C., pero las evidencias arqueológicas discrepan. Proponen que tal vez haya existido unos cien años más tarde, a principios de los 700 a.C. La tradición dicta que fue el creador del estado espartano y el responsable de convertir a los laconios en una temida potencia bélica. Esto lo hizo bajo los auspicios del oráculo de Delfos, quien le aseguró que el pueblo gobernado con sus leyes sería célebre en la posteridad. Cuando finalmente culminó con su reforma

política, Licurgo decidió volver con el oráculo y llevarle un agradecimiento en forma de tributo. Antes de partir les hizo prometer
a todos los espartanos que guardarían sus leyes hasta que él volviera; le fueron fieles siempre, porque nunca regresó.

Licurgo

Estatuas que ríen

Una parte de la leyenda de Licurgo, minúscula en realidad, es la que le atribuye haber erigido una esfinge al dios de la Risa. Plutarco, autor del recuento más pormenorizado de su vida y obra, dice que en efecto lo hizo: «Ni siquiera el propio Licurgo era descomedidamente severo», señala, «por el contrario, refiere Sosibio que aquél erigió la estatuilla de la Risa, introduciendo así oportunamente la broma, como condimento del cansancio y del método de vida, en los banquetes y en las tertulias». Éste es el inicio de la historia. Esto es lo único que se sabe de ella.

La carcajada que crea al universo

Entre los nativos de Norteamérica se mantiene la creencia de que el trickster —un tipo de demonio y bufón— no sólo se divierte con las bromas pesadas que le hace a la humanidad, además es el creador del mundo. En otras palabras: «el mundo es el juego cruel de los dioses y nosotros somos
sus juguetes». Si entendemos las cosas así, renunciamos
al principio divino, a la unidad cósmica y a la mismísima Providencia; todo se reduciría a una inmensa rebaba estelar.

Según Hesíodo, el universo surgió del Caos; según Plotino, de la fragmentación del Uno. A pesar de ello, su Panteón guarda varios nichos para deidades risueñas; de hecho, en ocasiones pareciera que el Olimpo es sede de animadas reuniones sociales. Es una corte bastante frívola, un tanto decadente incluso, se solaza con el chisme, la intriga y la agudeza. Pareciera que ahí nada es completamente en serio, al menos no los problemas de la humanidad.

La risa espartana era una herramienta pedagógica; la vida de Licurgo señala que los hombres laconios asistían a reuniones donde procuraban su mejoramiento moral «entre broma y risa». Ahí encomiaban efusivamente una acción virtuosa, así como escarnecían otra que no lo fuera. La estatuilla del dios Gelos introdujo las chanzas en los banquetes y en las tertulias; pudo haber sido más una advertencia —amable, si se quiere— que motivo de placer y esparcimiento.

Carcajadas antiguas

Καχαζω, kachazo, es ‘carcajada’ en griego antiguo; en ambos términos parece sobrevivir un reducto bullicioso, onomatopéyico.

Los menores de treinta años no bajaban nunca
al ágora, sino que realizaban sus haciendas indispensables a través de sus parientes y amantes.
En cuanto a los ancianos, estaba feo que se les viera constantemente ocupados en estas tareas, pero no que anduvieran la mayor parte del día por los gimnasios y las tertulias llamadas léschai. Y así, coincidiendo
en éstas, pasaban su tiempo dignamente unos con otros, sin preocuparse por nada de cuanto atañe
al comercio o a la tarea del mercado, sino que la principal ocupación de ese pasatiempo consistía en elogiar cualquier cosa noble o criticar las vergonzosas entre broma y risa, que suavemente conducen a la reprensión y a la enmienda.

Plutarco, Licurgo, 25

En aquella época los utensilios para calar la piedra seguían siendo de bronce —un material mucho menos resistente que el hierro o el acero— y por ello resultaba difícil que la representación escultórica se alejara mucho de la figura original de la piedra, la estatuilla de la Risa pertenece
al periodo que hoy conocemos como geométrico —siglos
X al VIII a.C.— y en los pocos ejemplos que permanecen de aquel entonces es dable ver líneas rígidas y un tanto toscas: era imposible darle libertad a los brazos o piernas, y el pelo estaba irremediablemente unido al cuello. La representación de Gelos, por ende, habría distado mucho de lo que yo imagino como «escultura griega»; sería algo más torpe, hierática, definitivamente más egipcia.

Prácticamente no existen vestigios de la comedia dórica antigua. De hecho, son pocos los documentos en dórico que sobreviven, siendo el jonio y el jonio-ático los dialectos dominantes en la escritura. Ahora sólo quedan inscripciones, epígrafes funerarios de lo que fuera una lengua viva. Pero es muy probable que en su tratado, Sosibio hablara de Epicarmo, el «Príncipe de la comedia», al que se le atribuye haberle dado unidad a este género dramático y escribir en lengua dórica siracusana.

¿El «tratado de Sosibio» que cita Plutarco es el «libelo de Cloricio»que cita fray Guillermo? ¿Se trata, en realidad, de una sola fuente extraviada que un mal copista multiplicó? Ambos parecen hablar de la risa, de los mimos, del dios Gelos y, aun así, resulta poco probable.

Mitos, dioses y éxtasis

Un equívoco recurrente: la idea
de que Dionisio es el dios de la Risa. Podría haberlo sido, su radio de influencia es muy extenso, es el arcano tutelar de todo el universo sonriente, festivo y alegre de la cosmovisión clásica. Pero lo cierto es que, a diferencia de Gelos, nunca se le designa de esta manera.

Dionisio es el dios del vino, la locura ritual y el éxtasis. En
las bacanales, en medio de la borrachera y el delirio, la risa resultaba natural, necesaria, de ahí su vinculación; pero
creo que podría tratarse de una risa diferente a la de Gelos. Con los misterios de Dionisio no se juega. Basta recordar el destino de Penteo, rey de Tebas, quien fuera castigado por proscribir su culto. El dios se encargó de hacerlo fisgonear en una fiesta exclusiva para las mujeres y, al ser descubierto, se le ajustició. Fue su propia madre quien le arrancó la cabeza.

La risa de Gelos es más prosaica, coloquial; es un «condimento del cansancio y del método de vida» laconio. A no ser que la distancia histórica me haga desvirtuar completamente su significado.

Muerte de Penteo, fresco de la casa de los Vettil en Pompeya, siglo I d.C.

Los espartanos no sólo se entrenaban en la lucha,
también buscaban la pericia en la agudeza verbal. Eso sugiere Plutarco al decir que los mayores acudían a los entrenamientos de los jóvenes para presenciar «las luchas y las bromas que se hacían unos a otros.» Al parecer, eran cualidades complementarias, ambas se practicaban en el gimnasio y un soldado laconio debía ser tan punzocortante con la espada como con la lengua.

Termina de leer éste artículo en Algarabía 164.

Palabras sobre palabras

Algarabía niños

Crea y personaliza

Revista del mes

Libro del mes

Taquitos de lengua

Algarabía en SDP noticias

¡Recomiéndamesta! con Ana Julia Yeyé

Publicidad

Publicidad