¿En qué consiste la creatividad?
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¿En qué consiste la creatividad?

Actualmente manejamos muchas variantes de palabras que tienen una misma raíz y un sentido análogo: creador, crear, creativo.

¿En qué consiste la creatividad, que rasgos hacen que sean diferentes las actividades y las obras creativas de las que no lo son?

La respuesta parece sencilla. Hay un rasgo común que distingue a la creatividad en todos los campos, la novedad. Pero ésta es una respuesta simplista; la creatividad no se da cada vez que se da la novedad. Toda creatividad implica novedad, pero no a la inversa. La novedad consiste, en general, en la presencia de una cualidad que antes estaba ausente. Se busca la novedad ya sea haciendo tabula rasa o a partir del viejo árbol al que cada primavera le brotan hojas nuevas; Paul Valèry lo expresó de manera maravillosa:

Novedad, voluntad de novedad. Lo nuevo es uno de esos venenos excitantes que acaban por ser más necesarios que el alimento y cuya dosis, si al fin nos señorea, debemos acrecer, so pena de muerte, hasta hacerla mortal.

Esta novedad puede tener varios orígenes: deliberada o no intencionada, impulsiva o dirigida, espontánea o resuelta metódicamente a base de estudio y reflexión; es el sello de las diversas actitudes de las personas creativas, la expresión de sus diferentes mentalidades, destrezas y talentos. Consideramos personas creativas a aquéllas cuyos trabajos no son sólo nuevos, sino que además son la manifestación de una habilidad especial, una energía mental, un talento o un genio.

¿Por qué valoramos la creatividad?
El culto a la creatividad es un culto a la capacidad sobrehumana —divina— del hombre. Decía Stravinsky: «En la raíz de toda creatividad, uno encuentra algo que está por encima de lo terrenal». En la concepción actual la creatividad se ha convertido en la esencia del arte; esta asociación no existió mientras que la belleza fue la que definía el arte. Cuando la asociación entre el arte y la belleza se fue debilitando, aquella que existía entre el arte y la creatividad se hizo más fuerte. En los tiempos pasados se asumía que no existía arte sin belleza; hoy, en cambio, se asume que no existe arte sin creatividad.

Actualmente manejamos muchas variantes de palabras que tienen una misma raíz y un sentido análogo: creador, crear, creativo, creatividad. De todas éstas usamos creatividad para designar el proceso que tiene lugar en la mente del creador para producir sus obras y podemos llegar a conocerlas bien, pero sólo nos es dado adivinar —e intentar reconstruir— el proceso.

A principios del siglo XIX el anatomista vienés Franz Joseph Gall, etiquetó cada zona del cráneo con diversos atributos —por ejemplo, la subliminalidad, la benevolencia y la veneración— que suponía localizadas en el córtex subyacente a cada una de ellas. Gall creía que estudiando las protuberancias del cráneo podría deducir muchas cosas del carácter de la persona, entre ellas la creatividad. Aun cuando las ideas de Gall eran erróneas —por lo que la hipótesis de la localización cortical adquirió mala reputación en los círculos científicos—, hoy podemos ver —gracias sobre todo a los estudios detallados del córtex de los macacos, completados con datos humanos— que sí hay manera de localizarla en el cerebro. Sin embargo, el cerebro humano, como el resto del cuerpo, no es una estructura uniforme, tiene diferentes funciones, trabaja interconectado.

Algunos investigadores han sugerido que una mayor distribución bilateral de las funciones del lenguaje —que pedagogía, libros de autoayuda, etcétera. Los artículos acaban casi invariablemente con frases como «impulse su hemisferio derecho» o «entrene el hemisferio derecho».

La tarea primordial del hemisferio izquierdo, dicen a menudo estos artículos, es la representación lógica de la realidad y la comunicación con el mundo externo. Pensar, leer, escribir, contar y quejarse del tiempo son funciones que se atribuyen generalmente al hemisferio izquierdo, mientras que la ocupación del hemisferio derecho es la comprensión de los patrones y las complejas relaciones que no pueden ser definidas con precisión y pueden no ser lógicas. Las cualidades del hemisferio derecho, dicen estos autores, son esenciales para la actividad creativa, pero tienden a ser desarrolladas de forma inadecuada.

Si aceptamos tal distinción: que el hemisferio izquierdo es analítico y el derecho es intuitivo, podemos ir más allá y ver —tal y como lo ha hecho Carl Sagan— cómo las dos formas de pensamiento han interactuado para generar los logros de la civilización. Él dice que las actividades creativas más significativas de nuestra cultura —sistemas legales y éticos, arte y música, ciencia y tecnología— son resultado de un trabajo conjunto entre los dos hemisferios: «Podemos decir que la cultura humana es una función del cuerpo calloso».

Pero, ¿qué nos incita a seguir creando? Quizá, citando a Albert Camus: «El viajero no era más que ese corazón angustiado, ávido de vivir, en rebeldía contra el orden mortal del mundo…».

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